Edición mensual - Junio 2011 - Historia

Ojo de pez ... Ojo de pez ... Ojo de pez

Tiempo de cambios

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 236 - Historia

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Llega junio, después de la resaca de las elecciones municipales y regionales y unos reparadores (salvo para el bolsillo) días de asueto que nos han transportado a muchos de nosotros durante unas jornadas al país de Nunca Jamás. Pero llega el fatídico día 1 y ¡zás! nos topamos de bruces con la dura realidad.

Como si fuese la crónica de una muerte anunciada, aires de cambio, no sabemos si para mejor o para peor, soplan a nuestro alrededor, ilusionando a unos y decepcionando a otros, pero en todo caso dejando tras de sí un halo de incertidumbre nada tranquilizador. Pues bien, como hacemos siempre, en medio de este vacío de poder, echamos la vista atrás para ver cómo resolvían nuestros antepasados los cambios de ciclo, en este caso la renovación de los oficios municipales y nos detendremos en el Puertollano de siglos pretéritos.

La estructura de los ayuntamientos de hace cientos de años era semejante a la actual. En lugar de uno había dos alcaldes, uno representante de los hidalgos del lugar (una minoria de terratenientes) y otro de los plebeyos, la inmensa mayoría; tenían competencias de gobierno y justicia, llegando a poder condenar a muerte a sus paisanos y se paseaban por todo el término con vara alta de justicia (símbolo de su poder).

Por otra parte había entre siete a diez regidores, precedentes remotos de los actuales concejales; uno se encargaba de preparar la fiestas (como la del Voto que se aproxima, por cierto), a otros dos se les confiaba la gestión del pósito (una especie de banco de trigo, que prestaba dinero o cereal, bien para sembrar, bien para convertirlo en pan), y todos se turnaban para cada semana a la hora de revisar las tiendas y controlar los precios de las mercancías que se vendían en el lugar, para evitar fraudes y estafas; según la época de la que estemos hablando se trata de empleos perpetuos (comprados al rey, que pasan de una generación a otra de la familia) o anuales (elegidos entre los vecinos de Puertollano, pero no de las aldeas, como El Villar, Cabezarrubias e Hinojosas).

También había un alférez mayor de Puertollano, sin más oficio ni beneficio que tener voz, pero no voto en las reuniones de alcaldes y regidores, pero encargado de la distinción honorífica de portar la bandera de la villa en procesiones y actos públicos; se trataba de un oficio que solo satisfacía la vanidad de quien compraba con dinero dicho privilegio y que solía degenerar en altercados públicos cuando pretender extralimitarse en sus funciones meramente protocolarias.

Además estaba el mayordomo (que hacía de tesorero y administrador de las tierras de propios, es decir de las propiedades de la comunidad (como la dehesa boyal por ejemplo, donde pastaban las bueyes de los vecinos, así como de varios quintos de pasto de ovejas en el Valle de Alcudia). También había un escribano del concejo, cuyo trasunto hoy sería el secretario del ayuntamiento, con las mismas funciones de dar fe corporativa de reuniones y actos jurídicos, aunque nombrado directamente por los alcaldes, en la práctica bajo sus órdenes. Aparte de un portero (que limpiaba las dependencias municipales y convocaba a cabildo o junta a los ediles), un número indeterminado de alguaciles (lo que hoy sería la policía municipal) y dos alcaldes de la Santa Hermandad (guardas de campo, uno por cada estado, más honoríficos que efectivos).

Todos los años se renovaba al menos la cúpula del consistorio, el día de San Miguel (29 de septiembre), que hacía del fin del verano un auténtico añonuevo en el mundo campesino en que se movían nuestros antepasados. Por esas mismas fechas cumplían los arriendos agropecuarios y los pastores se ajustaban (rubricaban contratos orales) con sus amos. Los procedimientos más habituales fueron los encantaramientos y las votaciones; en el primero de los casos se escribían los nombre de los alcaldes candidatos en un trozo de papel recubierto de una bola de cera, se echaba a un cántaro o sombrero y un niño menor de 8 años de edad sacaba dos de estas cédulas para proveer ambos cargos; si se trata de votaciones, los vecinos votan a sus preferidos y luego se recuentan los votos de la urna.

Además, desde la Edad Media está los concejos abiertos, es decir que todos los vecinos con voz y voto (los que pagaban impuestos y tenían casa abierta más de diez años en el casco urbano), se reunían en la plaza, después de oír misa de 12 en la Asunción (con el fin que los alumbrase el Espíritu Santo), para votar a mano alzada decisiones que se consideraba trascendentales para todos los habitantes: vender tierras municipales, cambiar de santo patrón, levantar una ermita nueva (la de San Gregorio, por ejemplo se hizo así), construir un puente, arreglar los caminos o simplemente introducir una fiesta nueva en el calendario local (de ahí el nombre de Santo Voto que tiene la llamada antes Fiesta de las Bodas, en recuerdo a una epidemia de peste negra que asoló medio mundo).

Una curiosa institución de siglos atrás eran los juicios de residencia. Es decir, el juicio que obligatoriamente hacía el equipo concejil entrante al saliente y que revisaba de manera más o menos minuciosa, según los casos y los intereses de cada momento, las cuentas de la hacienda municipal, los procesos civiles y criminales instruidos por los alcaldes (resueltos solos o acompañados de abogados profesionales), etc. En general, examinaban con lupa la conducta tanto pública como privada del personal vinculado al ayuntamiento, aunque solían ser bastante condescendientes en sus condenas. De este modo, casi siempre se termina multando a los alcaldes por las irregularidades que se les prueba.

Así pues, sobre todo en los siglos XVI y XVII, dichos juicios de residencia fueron un poema de desaciertos y una ristra interminable de malas prácticas y excesos de los que hacían gala quienes tenían el poder durante un año: sobornos (por ejemplo los mercaderes les daban regalos para hacer la vista gorda y poder vender productos de contrabando, como la pólvora, la sal o el tabaco); cohechos (protegiendo con sentencias judiciales indulgentes a sus amigos o familiares, aún a sabiendas que habían perpetrado algún delito); corruptelas de todo tipo (como permitir la entrada de ganados de forasteros en dehesas vecinales o cortar de leña de sus propios criados, cuando no se quedaban con la carne de caza decomisada a los furtivos o se aprovechaban de las mujeres encarceladas); fraudes del pósito (robando, dinero o trigo, los mismos regidores que debían velar por su integridad), excesos sin cuento (así era demasiado frecuente que se empleasen con dureza contra los mendigos o forasteros por las razones más nimias, mientras que solían beneficiar a los poderosos del lugar en sus decisiones cotidianas); vida inmoral (hay alcaldes que abandonan a sus mujeres por sus amantes o alguaciles que se cobran en carne de las prostitutas que vivían en chozos o cabañas alrededor del casco urbano).

Hay casos especialmente tremendos, como cuando en 1536 los alcaldes apalean a unos andaluces hasta matarlos, solo por no quitarse el sombrero cuando pasan a su lado, a la salida de misa; o cuando en 1634 los regidores especulan con el trigo encamarado en el pósito local (que estaba en la Calle San José, en lo ahora es un colegio público), vendiéndoselo a hurtadillas a los aldomoveños y permitiendo que el pueblo se muriese de hambre; por no hablar del gitano linchado en 1722, al pegar fuego los alguaciles al chozo en el que vivía, a orillas del Ojailén. Además, casi todos siguen el conocido axioma “administrador que administra, y enfermo que se enjuaga, quiera o no quiera, algo traga”, dejando tiritando las arcas municipales. De este modo, pocos alcaldes antiguos miran por el bien público, cuando deben elegir entre obrar con justicia u obrar según sus intereses… Y sin embargo, estos ejemplos no pueden hacernos perder el norte.

En democracia, los servidores públicos tienen que servir al pueblo que les elige y a quienes se deben, y no servirse de su cargo para medrar a toda costa. Gracias a Dios, y a la Constitución, al menos cada cuatro años podemos elegir a nuestros representantes y existen procedimientos (censuras, auditorías, la voz del cuarto poder, los propios jugados) para denunciar irregularidades y atajar sinrazones. El pueblo ha hablado y ahora que cada cuál que aguante su vela. Confiemos en la entrega y el buen criterio de nuestros gobernantes para poder remar todos en la misma dirección. Y si no… que la Magdalena y el Fondo Monetario Internacional nos guíen.