Edición mensual - Virgen 2010 - Colaboraciones

¿Y usted, de qué se ríe?

Víctor Morujo

Nº 227A - Colaboraciones

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Si por casualidad se le ocurre hacer un chiste sobre mujeres policía de Melilla, tenga en cuenta que se le echará encima el Partido Popular; si el chiste es sobre marroquíes, ya sabe que tendrá enfrente a la plana mayor del Partido Socialista; y si la gracieta en cuestión es sobre saharauis, se las tendrá que ver con Nemesio de Lara en persona en el mejor de los casos, o con Florentino López Montero en el peor, y ninguna de das dos van a ser experiencias agradables, créanme.

En estos tiempos en que la corrección, política o no, se ha llevado hasta extremos tan dogmáticos que, en algunos casos, roza lo ridículo (recuerden lo de las “miembras”, que también ha sido dicho en Puertollano oficialmente) y en la mayoría de ellos supone que, de hecho, no podemos soltar un chascarrillo, oficialmente, sin que alguien se dé por ofendido, oficialmente. Recuerden el episodio de Antonio y Marién y sabrán a qué me refiero. La gente de la calle, que a menudo vive felizmente ajena a tanto tiquismiquis, se sonríe en privado de los ofendidos (y las ofendidas), mientras aún practica el sano deporte de la ironía popular, que muchas veces no deja títere con cabeza, y lanza carcajadas sin disimulo cuando se le escapa alguna ocurrencia populachera al ofensor (u ofensora); pero hay indicios de que esta moda de ponerse “retieso” ante todo lo que signifique chanza está empezando a calar en el padrón, y la prueba más palpable es que están empezando a escasear los chistes buenos, especialmente sobre nuestros políticos: a mí, personalmente, no me han contado un solo chiste bueno sobre Rajoy o Zapatero, y cuando digo bueno me refiero a que más allá de la sal gorda contengan esa enjundia, ese sano veneno de la crítica inteligente que se precisa para que un dicterio prevalezca y sea celebrado.

En este país, hacer oposición y criticar han terminado por consistir en ir de “siesos”, y en propagar en el ambiente el mal rollo. Ya sea por influencia del panorama basurero televisivo, que es la viva imagen de ese “malrollismo”, o porque los humoristas famosos, atados a esa columna de la corrección en sus espectáculos catódicos, no pueden enseñar el mordiente que tenían Tip y Coll, Gila o Mary Santpere, el público no recibe estímulos y se está volviendo soso. Hay excepciones que confirman la regla, como el equipo de “Muchachada Nui”, que sin embargo es muy pop y poco mayoritario, o algún pequeño destello desde Paramount Comedy pero, mientras que la carcajada salvaje y cruda se ha vuelto a poner de moda en Estados Unidos gracias a los hermanos Farrelli, Kevin Smith, Judd Apatow y sus respectivas escuelas, las consecuencias en el cine español, que son cosas como “Pagafantas”, aún queriendo, no se atreven a cruzar la línea roja del pasarse de la raya. Aparte de “El Roto”, ya no quedan en España humoristas negros de la talla de Chumi Chúmez, y el ingenio del chiste gráfico está limitado a Idígoras y Patxi (aunque, a veces, nuestro Alcobendas tiene sus puntos). Forges ya no es lo que era, y Gallego y Rey son poco menos que un recuerdo. Berlanga y Manolo Summers son ya un espectro de nostalgia en el cine español. Sólo nos queda Torrente, nos guste o no, que pronto volverá (en 3D, por cierto).

Es curioso que, quienes no hace muchos años buscábamos las carcajadas salvajes y descerebradas en las películas de Mariano Ozores, en las que nos reíamos con o de nuestro subdesarrollo según el caso, ahora las tengamos que encontrar en esas “americanadas” que antes los críticos denostaban y ahora ensalzan por su descarnada visión de la comedia. Menos mal que la falta de desparpajo nacional la podemos suplir con “Algo Pasa con Mary” o “Resacón en Las Vegas” porque, como tuviéramos que conformarnos con Woody Allen, que se repite más que los pinchitos de la caseta de los comunistas, íbamos arreglados.

Así pues, en este extra de feria, invito a todos ustedes a que propaguen la carcajada a diestro y siniestro, porque sólo quien es consciente de sí mismo se beneficia de la maravillosa terapia que es el humor, por muy salvaje que éste sea. Y si no, fíjense en algunos colectivos que nunca se ofenden cuando se hacen chistes sobre ellos, como los catalanes, los andaluces, los de Tomelloso o los mariquitas: de hecho, cuando los cuentan ellos resultan el doble de desternillantes. Al igual que la fiesta de los toros, con bota y puro, hay que convertir en patrimonio cultural patrio los chistes de “el inglés, el francés y el español”, que son tanto más celebrados cuanto más burro resulte el representante nacional en el lance al que se enfrente con los extranjeros de turno.