Edición mensual - Virgen 2010 - Colaboraciones

Oficios tradicionales perdidos de Puertollano

Los aguadores

El Archivo Municipal de Puertollano viene realizando desde hace dos décadas una serie de actividades que tienen como fin rescatar y dar a conocer aspectos de nuestra historia. Hace unos años pusimos en marcha una nueva experiencia muy bien acogida que consiste en explicar cómo eran los oficios tradicionales que el avance de la técnica arrinconó y los dejó como huella de la historia. Para ello, confeccionamos unidades didácticas para darlos a conocer a la comunidad educativa y asociativa de nuestra localidad. Hoy, vamos a recordar uno de aquellos oficios de entonces, los aguadores.

Luis F. Ramírez Madrid

Nº 227A - Colaboraciones

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En épocas lejanas, el acceso al agua limpia y potable era un auténtico problema, por lo que nuestros antepasados acudían a por ella a las fuentes y manantiales disponibles. Pero como no había en todas las zonas o bien quedaban lejos, esta necesidad la atendían los aguadores, unos dinámicos profesionales, cuyo cometido era facilitar agua fresca a los vecinos en sus domicilios, en caminos y en lugares de reunión determinados. Los aguadores iban provistos de unos recipientes (cubas, cántaros o botijos) con agua que daban a beber en un vaso de hojalata a quienes requerían sus servicios obteniendo a cambio el pago de una pequeña cantidad económica.

Un poco de historia

Como tantos otros municipios, el nuestro sufrió en su momento el problema de la distribución del agua a nivel comunal. Hace varios siglos, la existencia de agua apta para abastecer a sus pobladores era un verdadero problema. El agua se bebía de las escasas fuentes y manantiales existentes, utilizando para otros menesteres la escasa agua extraída de los pozos. Nuestros antepasados debían recorrer un largo camino para recoger el agua que diariamente necesitaban, pero cuando precisaban grandes cantidades, se veían obligados a hacer varios viajes al día a las fuentes, un ingente trabajo que les ocupaba varias horas cada día, circunstancia que justificaba la presencia del aguador. Queda constancia de su existencia como oficio a partir del siglo XVIII porque, desde entonces, para ejercer como tal se precisaba licencia de la primera autoridad municipal. Había aguadores que trabajaban a pie y aquellos que transportaban su carga en un animal al que se había engalanado adecuadamente para dirigirse a recolectar agua a las fuentes y manantiales públicos para, posteriormente, transportarla hacia el vecindario, anunciando con el sonido rítmico de los repiques de su campana que el líquido vital estaba disponible.

Ordenanza para regular esta actividad

Con la presencia de los aguadores, el Ayuntamiento se vio en la obligación de establecer ordenanzas con el fin de regular las actividades de la naciente actividad y tratar de hacerlas compatibles con el uso de éstas por los vecinos, que tenían derecho a servirse de sus caños. Y, con el propósito de evitar abusos en la recogida del agua, se destinaron en las fuentes diferentes caños para cada uno. En el último tercio del siglo XIX, se ordenó que se multiplicara el número de abrevaderos para que los animales y las personas bebieran en lugares distintos ya que durante varios siglos la fuente del agua de la plaza del Pozo, y el abrevadero estuvieron situados a escasos metros una del otro, por lo que hombres y animales se confundían en los escasos metros que tenía la primera fuente de la localidad, la cual trasladaría su emplazamiento una calle más abajo (Fuente del Pilar) porque impedía el tránsito de los carros.

Acarreando agua

Durante mucho tiempo, en gran parte de las casas del municipio existía un pozo con agua, que se utilizaba para todo (fregar, hacer la colada, regar las macetas y plantas, beber las caballerías,…etc.) menos para beber. Las viviendas que no tenían pozo, se surtían de los de los vecinos o de algunos que existían en la vía pública, realizados por los vecinos con consentimiento de la autoridad municipal. Aunque para atender las necesidades familiares una gran parte de mujeres iban a por agua, con cántaros en la cintura y en la cabeza o en un carrillo de mano para portear dos o cuatro cántaros, los que de verdad acarreaban agua eran aguadoras y aguadores que llenaban sus cubas en las fuentes y las transportaban en pequeños carros tirados por asnos. Después recorrían la localidad con un carro vendiendo el líquido y facilitando a sus vecinos el abastecimiento de sus hogares, previo pago del dinero convenido. El agua en las viviendas se almacenaba en tinajas de diferentes tamaños y en las casas acomodadas, el personal de servicio era quien se encargaba de que el agua no faltase. Por eso cuando escuchaban el “tilín, tilán” de la campana salían al encuentro del aguador y les solicitaban el servicio con un: “Aguador, écheme usted un viaje”. Los aguadores, además de llevar el agua a las casas con las tradicionales cubas, también actuaban de recaderos, por lo que los aguadores siempre tuvieron una merecida fama de laboriosos y fieles, ya que fueron personas que tuvieron que soportar los rigores del tiempo (calor, lluvia, etc.) e ir cargados siempre con grandes recipientes.

Ganancias con el calor

Los aguadores acrecentaban sus ganancias en verano, pues además de realizar los portes a las casas de los vecinos, podían atender las necesidades de las aglomeraciones que se formaban en torno a fiestas y eventos típicos del buen tiempo, que es la época donde la sed apretaba más. De este modo, la “cuerda” de ganado, las ferias, la procesión de la Patrona, las corridas de toros, la fiesta de San Juan, los mítines,…etc. eran oportunidades para que los aguadores realizaran beneficiosas operaciones teniendo en cuenta que tenía excelentes aliados en el calor, la situación de las calles que facilitaba polvaredas y las prendas de vestir de entonces, elementos todos ellos que contribuían a provocar la sed.

Agua corriente y desaparición de los aguadores

Con el paso del tiempo aparecieron las “fuentecitas” por varios barrios de la localidad y en los años cincuenta del siglo XX, la construcción del Pantano permitió la llegada de agua corriente a los domicilios mediante cañerías, solucionado el problema del abastecimiento de agua en Puertollano. Aquello significaba contar en el acto y sin desplazamientos con agua barata y en cantidad gracias a la eficacia del nuevo método de distribución, que contribuyó a mejorar la higiene y la salud de todos. Ese adelanto ha contribuido al bienestar de los hogares y, hoy en día, a todos nos resulta impensable tener que llenar una bañera con tinajas transportadas a lomos de un animal de carga para disfrutar de un relajante baño. Y, como es lógico, al no tener espacio en la nueva sociedad, los aguadores desaparecieron dejando uno de tantos oficios para el recuerdo. Un oficio que nos ha dejado anécdotas curiosas como la de un aguador (el “Bernardo”) que, en el último tercio del siglo XIX, se distinguió por utilizar el canto como reclamo para sus parroquianos; las disputas existentes entre varios aguadores para recoger agua de la Plazuela del Pozo y de la Fuente del Pilar, especialmente en una de las sequías temporales de la fuente agria, cuando la fuente del agua dulce (con 11 litros de agua por minuto) era el único sustento de los vecinos; o la de ver pasear, cargado a más no poder, al bueno de “Isabelo” acarreando agua a domicilio por un “patacón”.