Edición mensual - Junio 2010 - Sociedad

Vicente Escudero, el último barquero del parque, reclama agua “buena” para el humedal

El fiel escudero de Las Tablas

J. Carlos Sanz

Nº 224 - Sociedad

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Recuerda la primera vez que salió con la barca a pescar. Apenas tenía cinco años, en aquella época por Las Tablas corría un montón de agua, en plena noche porque es el momento idóneo para obtener un buen botín. Junto con sus aparejos, con la inseparable rejaca, el pequeño Vicente Escudero porta un carburo con el que poder alumbrar el paso de la barca por la superficie del agua. Desde aquella noche han transcurrido la friolera de 77 años pero hay algo que permanece incólume en la vida de Vicente Escudero, su inseparable vínculo con Las Tablas, el humedal manchego por antonomasia, el ecosistema donde aún puede verse a este último barquero, memoria viva de un hábitat que ha sufrido todo tipo de avatares.

De la desecación a su recuperación y conversión en Parque Nacional, su continua dependencia con un Acuífero 23 desangrado por miríadas de pozos para regadío que esquilmaron el parque hasta el punto que la Unión Europea estuvo a un paso de quitarle la categoría de “nacional”. Nadie daba un duro por Las Tablas hace unos meses; entonces llegó el período de lluvias más copioso de los últimos 60 años y casi la totalidad de la superficie del humedal se inundó de nuevo, el nivel freático del Acuífero 23 creció una bestialidad y la clase política se vanagloria de comprobar que Las Tablas han resucitado. Desde la llegada de la primavera un aluvión de personas visita a diario el parque para embriagarse del agua que encharca cada recoveco, echan miles de fotografías y se pavonean por las pasarelas creyendo que este ecosistema está plenamente recuperado.

Pero los que de verdad conocen el parque, como es el caso de Vicente Escudero, no echan las campanas al vuelo, no trenzan discursos triunfalistas, tan sólo guardan silencio, en su interior seguro que coletea el gusanillo de la satisfacción por ver Las Tablas en todo su esplendor pero no se fía un pelo porque sabe que la situación actual es un espejismo. Con 82 años, Vicente Escudero es ya leyenda en Las Tablas, tanto que en la exposición permanente del Centro de Interpretación Molino del Molemocho (situado a la entrada del parque) hay un panel donde aparece él fotografiado remando una barca mientras atraviesa el humedal. Ser el último barquero no le hace tener un carácter pretencioso, todo lo contrario; Escudero rezuma humildad, mira con ojos vivarachos que te radiografían y de esa mirada de comadreja se desprende astucia, cierto toque ladino. Su código genético lleva el cromosoma del humedal. Escudero nació en la ribera del parque, “nací aquí dentro” me dice señalando un cobertizo del caserón donde me recibe y al que acude todos los días pese a que vive en Daimiel. Allí vivió la familia Escudero, ocho hermanos dedicados a la pesca en el humedal, en unos años donde más de 300 familias de Daimiel, Torralba y Malagón se ganaban la vida con la captura del cangrejo autóctono, “salían de 12 a 14.0000 kilos de cangrejos pero de los buenos” añade en tono pizpireto. El cangrejo de río, el maná que se capturaba a espuertas durante los meses de verano cuando se levantaba la veda pero que se extinguió por la invasión del americano. Aquello fue antes de la desecación del humedal, antes de que “echaran las aguas malas en el parque” evoca este Caronte del humedal manchego, auténtico fundamentalista en la defensa de un ecosistema que ha sido sometido a todo tipo de tropelías.

Escudero sólo ha visto el mar una vez “cuando me llevaron los Pinilla” y no le duelen prendas al asegurar que aquella experiencia no le gustó, ni punto de comparación con las aguas mansas del humedal. A él no le hace falta viajar, conocer otros lugares, qué necesidad puede tener alguien tan ligado a un entorno como Vicente Escudero. Confiesa que hacía más de seis años que no veía Las Tablas como están ahora aunque por aquel entonces el agua no se mostraba en una extensión tan vasta porque el carrizo y la enea la camuflaban. Se realizó una labor de desbroce aunque durante el mes de junio toda esa vegetación volverá por sus fueros y el parque “pegará un cambiazo muy grande” con la llegada de aves migratorias. Escudero espera un auténtico desembarco y mientras tanto, en los días previos a la marabunta, está contento por haber visto especies que hacía tiempo no visitaban el parque, caso de la cachariza, un ave parecida a la codorniz “con un comer que tiene ese bicho” adorna Escudero al que se le iluminan sus rasgados ojos glaucos.

Según él, durante junio el parque se transforma en un hervidero de fauna: aves de todo tipo, nutrias, peces, un espectáculo para los amantes de la biodiversidad que se manifestará en su totalidad a lo largo de este mes. Pese a sus achaques, desde hace semanas sufre de mareos, Escudero sigue saliendo con su barca; es el único que cuenta con licencia en el parque para hacerlo, goza de esa inmunidad que poseen los arcanos, los conocedores al dedillo de un territorio que es su propia anatomía. “Me tengo que echar un rato porque se me va la vista, me han mandado un tratamiento y he pasado días buenos” comenta el longevo Escudero al que los vértigos no le achantan. El mismo día que le visitaba acababa de dar un paseo con su barco a la zona de un molino desvencijado conocido como Las Higuerillas “donde iba con mi mujer a coger espárragos”. Hacía la tira de tiempo que no iba por allí, “no quería ni ver ese sitio porque me recordaba a mi mujer que en paz descanse” revela Escudero mostrando su único punto débil, el trauma que le produjo la pérdida de la persona que más amó, a la misma altura que el amor que profesa a Las Tablas. Parece que el viejo Escudero por fin acepta la marcha de su mujer, sus paseos en barca son la prueba de esta redención, “nadie sabe la de islas que tiene el parque” agrega para darle un toque intriga a la conversación.

Tantos años pertrechado con su inseparable perchel (la vara de chopo que usaban los barqueros del parque), con el carburo, con la rejaca, atributos inseparables de alguien que mantiene un oficio en peligro de extinción inminente pese a que Escudero hable de un sobrino (celador en el parque) al que enseñó desde pequeñito, “es muy listo y sabe mucho porque le he enseñado yo” asevera.

Es optimista con la situación futura de Las Tablas, menciona las tuberías que han puesto y que han vertido agua en condiciones. Aquello fue poco antes del diluvio de este invierno y Escudero se congratula de una actuación que fue importante para mantener el humedal en situación estable pese a su gravedad. Es la llamada tubería manchega, una de las medidas incluidas en el Plan Especial del Alto Guadiana, ese bálsamo de Fierabrás que durante tantos meses han estado insistiendo los políticos como única solución de futuro para el parque.

Pero la conversación da un viraje radical cuando le menciono el mal que los pivos de riego causan al parque. De inmediato, su rostro se inflama, su mirada echa chispas, su voz se vuelve grave, amenazante, “no quiero ni verlos, me llevo muy mal con los agricultores de por aquí, pivos en todos lados”. Le he tocado en su fibra sensible, en su oposición visceral a unos artilugios que parecieran monstruos metálicos con patas, chupópteros insaciables de agua, vampiros mecánicos que exprimen al parque, que están por todos lados, que asedian al humedal desde hace años para desgracia de Escudero que no los puede ni ver, “hay algunos que ocupan dos kilómetros” comenta con aire colérico dando a entender que si por él fuera no quedaría ni uno.

Se me hace inevitable que me cuente su parecer sobre el hecho de que la comunidad de regantes haya solicitado incrementar sus derechos de explotación ante la ingente cantidad de agua caída; “de eso no quiero ni hablar porque me pongo peor” y a modo de reminiscencia recuerda lo mal que lo pasó en la época de la desecación donde estuvo a punto de cometer “un desacierto y si estoy aquí es por mi mujer que en paz descanse”. He abierto la caja de los truenos, por su boca sale un torrente de críticas a una actuación que sólo sirvió para encauzar las aguas del Azuer y el Guadiana, arañar tierras para cultivos que nunca se materializaron “y donde luego soltaron millones a la hora de la expropiación”. Actualmente, el estado está comprando tierras por toda la parte perimetral del parque, está adquiriendo pozos de riego pero Escudero cree que es una medida “que no vale para nada”.

Es el momento de la pregunta del millón ¿Hay futuro para Las Tablas? Escudero contesta con un tajante “no creo que vuelvan a secarse porque con las nuevas tuberías echarán agua”. Fue una solución draconiana, acometer una obra faraónica para trasvasar agua del Alto Guadiana aunque Escudero critica la dejadez de políticos de la zona que en los momentos de extrema gravedad no hicieron acto de aparición. En cambio, tiene palabras de agradecimiento para los periodistas del País, “esos tíos son los que más han hecho para que viniera agua buena, esos han metido mucha caña” expresa dejando entrever que en su cruzada contó con aliados.

Vicente Escudero, que desde chiquitillo se forjó en la pesca de cangrejos, capturas que luego se llevaban a los pueblos cercanos donde había veces “que los patios de las casas estaban llenos de gente esperando”. Una singular lonja del humedal manchego donde se compraban peces como los cachuelos, bocato de cardinale según Escudero “ni la merluza está como eso de bueno”. Añade que hay rumores de gente que los ha visto estos días. Atrás quedaron los días cuando las aguas del Guadiana y el Cigüela confluían en el parque, relata Escudero que aquello era ambrosía para los cangrejos que aparecían por doquier y para el resto de pesca. Sin embargo, desde la desecación aquello no se ve y apela al agua “buena” de la tubería manchega como único remedio para que Las Tablas no vuelvan a secarse. No hay medias tintas para él, descarta esa opción que se estaría barajando desde algunas instituciones hidrográficas, la de construir depuradoras en los pueblos de alrededor antes que el agua vierta en el humedal. “Eso es veneno” sentencia de manera tajante, “todo eso no vale para nada, es guarrería y si viene al parque desaparece porque no lleva más que veneno”.

Y lanza el siguiente “recado” al comisario de aguas de la Confederación del Guadiana: “ese va a llevar canela como me entere de que se hace lo de las depuradoras”. Oído cocina, que nadie se pase de la raya, que nadie ose a tomar decisiones sin que Escudero dé el visto bueno. Con 82 años, es leyenda viva, no pasa una, se convierte en enemigo acérrimo de aquel que pretenda ir de salvador de un ecosistema único en La Mancha, que vuelve a renacer aunque sea temporalmente. La herida sigue en carne viva y el único tratamiento, que cuenta con el beneplácito de Escudero, es la tubería manchega, la transfusión de aguas lejanas para un parque donde hay días en que se ve a su último barquero atravesando el humedal para dar testimonio de que sigue vivo. Si bien, Escudero no termina de fiarse, “veremos más adelante lo que pasa”.