Edición mensual - Mayo 2010 - Historia

Ojo de pez ... Ojo de pez ... Ojo de pez

Entre la desconfianza y la credulidad

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 223 - Historia

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Señoras y señores, vivimos instalados en la desconfianza. Desde hace tiempo, miramos a los políticos por encima del hombro, presuponiendo que son corruptos, y les aplicamos sin más el refrán castellano que reza “administrador que administra y enfermo que se enjuaga, quiera o no quiera algo traga”; en tanto que observamos con incredulidad los cantos de sirena que nos auguran unos brotes verdes que presagiarían la salida de la crisis económica que nos corroe. De los sacerdotes, idem del lienzo; entre que las nuevas generaciones no se acercan a un altar más allá de la fiesta-celebración-negocio-mediaboda en que se han convertido las comuniones y la triste fama que se han granjeado, al estallar por tierra, mar y aire, los mil y un casos de pederastia que han salpicado a algunos de sus miembros y han contaminado a toda la iglesia, la verdad es que no nos extraña que no veamos un monaguillo en misa desde hace lustros. Pero es que tampoco nos fiamos de nuestros vecinos más cercanos, recelando de inmigrantes, gitanos o gente joven, casi, casi por sistema (y mucho más si están tatuados o “piercingeados”). De los médicos y abogados ¿qué decir? Quien más y quien menos huimos de ellos como de la peste y Dios te libre si caes en sus manos; no hay más que recordar la maldición gitana “pleitos tengas y los ganes”. Los meteorólogos no dan una, pese a los medios ultramodernos de los que disponen ahora a su alcance y su soniquete socorrido de nubes y sol para todo el año nos mosquea, sin predecir no tan solo tsunamis sino tan siquiera fuertes aguaceros. A los restaurantes chinos nos entramos por miedo a comernos a su abuelo sobrenadando en medio de la sopa de aleta de tiburón (¿dónde diablos se entierra esa gente ? Y es que, en general, tampoco no queremos saber exactamente que es lo que comemos, por miedo a enterarnos que ingerimos clembuterol, transgénicos u hormonas a punta de pala (no se si saben que el colorante E120 ó ácido carmínico procede de la cochinilla, un insecto parásito del nopal mexicano aclimatado a Canarias, empleado tanto en el carmín de labios como en determinadas bebidas o la mayoría de las confituras de fresa); y si no que se lo pregunten a Evo Morales, que achaca la calvicie o la homosexualidad a la desordenada dieta occidental, ponderando los beneficios de la coca. Por cierto que sobre la Coca-Cola también corren leyendas urbanas horripilantes: que si todavía emplea cocaína; que contiene azúcar para matar a un diabético; que si vale para quitar el óxido de los motores; que si sirve de desatacador de las tuberías; que si merma el tamaño de los genitales... Si fueran ciertos tales rumores, la mitad de la población mundial estaría usando esa bebida en los talleres de coches y la otra mitad nos estaríamos mirando al soslayo para abajo cuando fuéramos a mear

Y sin embargo parece que necesitamos creer. Y cuanto más descabellado sea el rumor o más desesperado nos encontremos, con más ahínco damos por cierto lo que llega a nuestros oídos. De tal modo que la gente recurre a supuestos videntes para que adivinen su futuro o les realicen una limpieza astral. La parapsicología todavía tiene su público, aunque el furor de los años 70 por los ovnis parece haberse capitalizado ahora solo por la industria de Hollywood. Además, crecepelos y crecepenes pululan en las cadenas de teletienda, en que se han terminado convirtiendo tanta TDT. La Virgen sigue apareciéndose en El Escorial, para regocijo de beatas y vergüenza del resto de los creyentes. Iker Jiménez se ha convertido en un auténtico fenómeno mediático (hasta a mí me tiró los tejos). La red de redes, internet, se ha convertido en un filón inagotable de rumores y de frikis que lo mismo sostienen que acaban de ver a Jesús Gil y Gil de sarao en el Caribe (a semejanza de Curro, el perro de la bonoloto, como un vulgar aprendiz de Elvis Presley), como te dan una receta infalible para reconvertir unas simples gafas graduadas en un artilugio de visión nocturna atraviesarropa, ideal para adolescentes salidos y viejos verdes. Casi nada.

En realidad, parece que cuanto más modernos nos creemos, más retrocedemos al pasado. No obstante, algunos de nuestros antepasados ya pusieron en solfa la credulidad supersticiosa de la que se hacía gala por estos lares siglos atrás.

Pedro Curuelo, un teólogo aragonés con arrestos, escribe en 1530 un famoso tratado contra la superstición y la superchería, donde denostaba la fe ciega en la astrología o la hechicería, dos lacras de la época. A fines del siglo XVI, el magistrado Jerónimo Castillo de Bobadilla criticaba con rigor la pasión por las milagrerías, apariciones y prodigios que tanto fascinaban a los españoles del Siglo de Oro. Vélez de Guevara, un escritor del barroco español, muy crítico con la credulidad de sus paisanos, en una obra suya titulada el Diablo Cojuelo, se burla de la supuesta intervención demoníaca en la vida cotidiana; así, ambienta la siguiente escena costumbrista en la plaza mayor de Écija (Sevilla), junto a la fuente ornamental de la villa:

“estaban unos ciegos sobre un banco, de pies y mucha gente de capa parda de auditorio, cantando la relación muy verdadera que trataba de cómo una maldita dueña se había hecho preñada del diablo y que por permisión de Dios había parido una manada de lechones, con un romance de don Alvaro de Luna (un archifamoso político del siglo XV castellano, acusado de brujería para apartarle del poder) y una letrilla contra los demonios que decía:

Lucifer tiene muermo;

Satanás, sarna,

y el Diablo Cojuelo

tiene almorranas.

Almorranas y muermo,

sarna y ladillas,

su mujer se las quita

con tenacillas”.

Por su parte, el erudito Mayans, un ilustrado valenciano del siglo XVIII, criticaba con dureza las creencias populares de su tiempo, tronando contra imbecilidades tales como la costumbre gitana de portar entre sus pertenencias un imán, piedra que les otorgaba una supuesta invisibilidad frente a la justicia. Es curioso, pero todavía en el siglo XIX entre los bienes decomisados a los calés hallamos estos imanes “embrujados”.

No hablaremos aquí de las cartas de toque (talismanes contra las enfermedades o los accidentes, antecedentes remotos de las estampitas religiosas) o los abecedarios cuyas letras se comían una cada día hasta acabar con las fiebres intermitentes (tercianas); como tampoco de las higas de azabache contra el mal de ojo y otros adminículos indispensables en el arsenal del buen supersticioso.

Para más inri, en medio de la actual crisis económica y de valores, la red de redes nos amenaza con el (pen)último presagio catastrofista: el calendario maya, que sitúa el fin del mundo en el 2012. Estábamos pocos y parió la abuela.

Espero, sin demasiada convicción, que el año que viene lo que terminen de una vez por todas sea la ignorancia, la desesperación y la tontería que, con visos de verosimilitud, invaden nuestra existencia. En este sentido, la creencia desmedida en fuerzas sobrenaturales que intervienen en nuestras vidas o la fe ciega que algunos han depositado, tanto en la ciencia como en las nuevas religiones, lo único que hacen es intentar responder a nuestra impotencia frente a los problemas de siempre si no ¡fíate, de la Virgen y no corras! Ah, y disfruten de la feria, que la tenemos a la vuelta de la esquina.