Edición mensual - Febrero 2010 - Puertollano

Orificios

Descrédito

José Rivero

Nº 220 - Puertollano

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Por descrédito aludimos a una disminución o a la pérdida de la reputación de las personas, y también a una disminución del valor y la estima de las cosas. Y curiosamente interesa más subrayar lo referido a las cosas (valor y estima), que a las personas (reputación, que al final es un problema de nombre propio). La confianza que nos merecen determinados colectivos aparece subrayada por ese membrete del descrédito: no sólo los políticos, los jueces, los periodistas y los banqueros aparecen recorridos por tales atributos en acusado descenso y en pronunciado declive. Pero con ello, sólo obtenemos el contento de los tontos por los males, que son muy extendidos.

Pero de todos los descréditos el más constatable es el que padecen los políticos; que dicen ser nuestros representantes, pero que luego olvidan con facilidad la comisión delegada de esa representación. A los otros sujetos del descrédito, no los hemos votado o elegido y por eso su descrédito nos afecta de forma diferente. Es decir hay un descrédito instrumental que corrompe a la sociedad y sus instrumentos; y hay un descrédito funcional que corrompe el funcionamiento de esa misma sociedad. Si se juntan ambos, el desbarajuste puede resultar explosivo.

Parte del descrédito creciente de la política y de los políticos, tiene que ver con su creciente aislamiento del común de la ciudadanía. La burbuja que se crean en rededor suyo, no solo aísla de la intemperie civil y de los contagios ciudadanos, sino que altera la visión del exterior, como si de una lente se tratase. Y por ello hablan a través de esa lente.

Bastaría recuperar las imágenes de la detención de Juan López de Uralde en la cumbre del Clima celebrada en Copenhague, para entender lo que venimos diciendo. En el momento de la detención, López de Uralde portaba un pequeño desplegable en que se podía leer: “Los políticos hablan, los líderes actúan”. Que en suma, querría decir menos palabras y más hechos. Es decir, y no sólo desde Greenpeace, la visión de los políticos es la de los poseedores de un discurso muy lleno de retórica y carente de sentido práctico.

La otra cuestión relevante tiene que ver con las dificultades que hayan los políticos, para mantener principios de autocrítica, dados como son, de forma habitual, a la más esmerada de las autocomplacencias. Cuando son interpelados, rara vez reconocen sus errores. Todo se debe, en unos casos, a ‘la herencia recibida’; a los imponderables históricos; y en otros casos, a la deslealtad de las fuerzas de oposición que todo lo desfiguran y alteran.

Valga como ejemplo de todo ello, las recientes entrevistas realizadas a Rodríguez Zapatero y a Soraya Sáenz de Santamaría en un medio informativo nacional, para visualizar lo dicho o lo leído. Entrevistas ambas que, a la vista de lo que se trasluce, podrían haberse realizado así mismos. Para contestar a sus propias preguntas, bastan y sobran los entrevistadores. Más aún, cuando los entrevistadores se muestran aristados y afilados, se escudan, o lo pretenden, en el derecho subjetivo del entrevistado a contestar o no.

Constatado el descrédito de la casta, algunos practican ciertas formas complacidas de autismo político. Y ya se sabe que el autismo no deja de ser un enroque en sus propias posiciones. Desde el autismo como posición personal problemática (la concentración habitual de la atención de la persona en su propia intimidad), al autismo de los dirigentes políticos media un abismo. Un autista por sí sólo, planteará problemas a su entorno familiar; pero un político autista nos complica la vida a todos los ciudadanos.