Edición mensual - Febrero 2010 - Historia

Ojo de pez ... Ojo de pez ... Ojo de pez

Febrerillo el loco

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 220 - Historia

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“Febrerillo el loco, que sacó a su padre al sol, y después lo aporreó”, reza el antiguo refrán castellano, recordando lo traicionero de un mes que aunque aparenta coincidir con el fin de la temporada invernal lo cierto es que suele arrojar las temperaturas más bajas por nuestra zona. Sin embargo no vamos a hablar aquí de nuevo de las inclemencias de la penúltima ola de frío, viento y agua, antes llamada invierno, sino de la eclosión del carnaval en las postrimerías de la más rigurosa de las estaciones del calendario anual.

El carnaval, como las antiguas carnestolendas o antruejo, surge del deseo de las comunidades antiguas por celebrar que habían superado los meses con más muerte, hambre y calamidades de todo el almanaque. Tiempos de darle caña a la matanza atrojada en las cocinas, ya seca al calor de la chimenea, y de probar el vino de la última vendimia o de agotar la bodega de años precedentes. Días de júbilo y desenfreno en vísperas de la Cuaresma y la Semana Santa próximas, pero también de rebajar la tensión social en un mundo encorsetado en estamentos dominados por la jerarquía de la sangre y del dinero. Además, había que cargar las pilas antes de comenzar las duras faenas agropecuarias venideras, aprovechando el parón del momento.

El jueves lardero suponía el comienzo oficial de la fiesta de los sentidos. “Jueves lardero, longaniza sen el puchero”, avisaba el refranero popular, indicando el pistoletazo de salida carnavalero. En muchos pueblos todavía se celebra este día con salidas al campo y degustación de chacina en grupo. Vamos, como nuestro día del chorizo, pero vinculado al carnaval y no desangelado en medio de la nada, por mucho encanto local que tenga.

En el Libro de Buen Amor, donde se cita el Valle de Alcudia por primera vez que sepamos en una obra literaria de enjundia, don Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, en pleno siglo XIV, recrea en el episodio de la batalla incruenta entre don Carnal y doña Cuaresma; uno defiende los placeres de la carne y la otra la abstinencia y el recogimiento propios de la Cuaresma. El término lardero proviene del latín lardum (grasa o tocino), y se refiere a la costumbre de comer tales alimentos los días anteriores a la espartana Cuaresma católica. En algunas partes de La Mancha todavía permanece fosilizado el verbo lardear referido a merendar productos porcinos, vetados después.

Pues bien, a partir de entonces, mozos solteros y jóvenes casados callejeaban por el pueblo, ensabanados o desenmáscarados, persiguiendo a las mozas y cortejando a sus novias de forma descarada, mientras iban cargadas con sus cántaros a por agua a las fuentes. No obstante, a veces los atrevimientos suben de tono, como cuando a fines del siglo XVIII unos muchachos de Puertollano interrumpen un corro que habían hecho sus vecinas en la Calle del Convento (¿hoy calle Aduana?), arroyando a algunas de ellas al grito de “¡rabo!”. Suponemos que se cogerían los chicos de la mano y entrarían corriendo en medio del corro, haciéndose ver de forma tan torpe que termina con cinco chavalas magulladas. Poca cosa, pensaríamos ahora, pero al asunto termina con una denuncia ante los alcaldes del lugar y alguna reprimenda a los implicados, suponemos.

Asimismo, en las aldeas de Puertollano, como Cabezarrubias e Hinojosas, los jóvenes se entretenían jugando al cascaporro o la cascaporrina, que de ambas manera se llamaba en el pasado. Según la tradición oral conservada en aquellos lugares, parece ser que mozalbetes, junto a hombres hechos y derechos, tomaban los cacharros cascados de sus casas (pucheros quebrados, macetas despicorradas, jarras desbocadas…); iban a la plaza, se ponían en círculo y jugaban a tirarse unos a otros tales objetos de barro ya inservibles, de modo y manera que a quien se le caía el suelo debía pagan una cuartilla (o arroba) de vino a sus compañeros de diversión. Dicha costumbre, que todavía se recuerda a fines del siglo XIX, hace que queden pocos vestigios de la tradición alfarera de Puertollano en “pequeño formato” y que apenas contemos con muestras de nuestra famosa olla del Voto. Así es la vida.

Otra cuestión eran los excesos, delitos, vejaciones e incluso desórdenes que amparaban juegos no tan inocentes. En este sentido, los archivos municipales rebosan información sobre abusos sexuales de hombres a mujeres, bofetadas entre borrachos, empujones entre convecinas, burlas al cura, desacato a la autoridad y sin sinfín de impudicias y conflictos.

Hace casi dos siglos, una hortelana rabanera llama puta a una puertollanera, por burlarse de sus coles. De las voces pasan a las manos y las manos a las coces. Bonifacia, que era como llamaba la forasteras, en pleno fragor dialéctico, se engancha de los pelos de María de los Dolores y le arranca un mechón “como el hopo de una raposa” (el rabo de una zorra, vamos). Lo cierto fue que arañazos, y hasta escupitajos, dejan a Lola hecha un guiñapo. Todavía dolorida y con la cara marcada, acude antes a la justicia que al médico, dejando constancia que tanto su cuerpo como su dignidad había sido vilipendiada por una “verdulera, acostumbrada al arado, que ha hecho de mí lo que ha querido y me dejó como Cristo en el Gólgota… que hasta a su marido pega cuando se le pone en el papo y ni va amisa ni sabe lo que la vergüenza”. Bonifacia, acostumbrada a lidiar con mayores contrincantes, continúa sus quehaceres cotidianos y hasta se pavonea los días siguientes por Puertollano (donde venía a vender sus productos), hasta que unos ensabanados el martes de carnaval le dan una paliza a plena luz del día. Malos tiempos para la lírica.

Ahora es otra cosa. Concursos de murgas, desfiles de agrupaciones locales, fiestas de disfraces organizadas por bares o discotecas, colegios que se suben al carro del carnaval… Todo mucho más oficial, menos espontáneo, más preparado y enlatado. Sin duda, algún resquicio de aquel espíritu trasgresor y popular de antaño puede rastrearse entre los devotos de don Carnal, pero está travestido por el disfraz del tiempo. Desfigurado. Desvaído.

Incluso se traiciona al calendario y a la tradición, sin importarnos lo más mínimo. Solo tres ejemplos. Halloween se ha impuesto al Día de Difuntos y comienza a hacerse célebre la frase anglosajona de “truco o trato”, pronunciada por una niña disfrazada de bruja granuda, que sin embargo no se viste (o la visten, mejor dicho) por carnaval. Por otra parte, las murgas, copiadas del carnaval gaditano a través de los ojos catódicos de CanalSur hace lustros que arrasó con las antiguas estudiantinas de antes de la Guerra Civil, tal vez menos ruidosas y efectistas, pero no menos sarcásticas. Pero, sin duda, el caso más palmario es que el desfile de carnaval, que se ha convertido en una cita del bolo carnavalero regional, se celebre el sábado o el domingo siguiente al Miércoles de Ceniza, sólo para no hacerlo coincidir con el que se realiza en Ciudad Real. Carnaval en Cuaresma, ni más ni menos; todo un sacrilegio

La verdad es que vamos disfrazados todo el año. Uniformes, monos de trabajo, cascos de obra o gorras de policía, chándal para ir a tomar cañas y todo un sinfín de capas para camuflarnos o escondernos con/de los otros o para engañarnos a nosotros mismos. Esta vida es un carnaval… y las penas se van bailando, pensarán algunos. Trasgrede que algo queda, opinarán otros. En fin, reflexiones sobre lo que hubo y lo que hay vertidas por un cuarentón enamorado de su ciudad. En todo caso no me queda más que exclamar ¡Felices carnestolendas, paisanos!