Edición mensual - Enero 2010 - Sociedad

Nombrar un nenúfar

Eugenio Blanco

Nº 219 - Sociedad

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Verdísimo, como una mancha selvática, me llegó hace un mes el poemario Babia – Detroit de Chema T. Fabero a casa. Es un libro doblemente concebido por Chema: no sólo son de su larga cosecha los poemas, también es suyo el diseño y la elección de todos los recursos de la impresión que ponen en pie la publicación.

Como imagen, como inicio de una novela de época, sería hermoso decir que Chema es un poeta que se ha criado en una imprenta, paladeando el olor de la tinta y la luminosidad de los diferentes papeles. Me lo imagino, envuelto en esta fábula, leyendo los libros aún calientes que fabrican las máquinas, algo así como cultivándose a través de la palabra recién impresa, caliente aún, definitivamente inolvidable.

Lo conocí en la Casa de Cultura de Puertollano hace tres años. Me lo presentó un amigo común, Juanma Romero. Estaba presentando una interesante exposición con su anterior socio, otro Chema. La exposición consistía en una traslación a la imagen, a través del diseño, de sus poemas. Recuerdo que leyó ante el micrófono de Juanma y mi grabadora un poema que se llamaba Bilbao. Mientras lo leía yo viajé a un martes o a un jueves con lluvia, a una tarde bilbaína de chimeneas con humo y ventanas empañadas. Y eso me gustó y pensé que Chema T. Fabero tenía una cualidad importante para un poeta: que sabe llevar de excursión al lector.

Y es un poco lo que ya propone, incluso desde el título con Babia-Detroit, un viaje por los contornos más insondables de la condición humana: la pasión ante la nada, el temor –o no tanto- al vacío y el deleite por las categorías de lo provisional.

Todo esto, sí, pero con un punto –evanescente, esto también- de humanización. Porque el billete de tren o de avión o de tiempo que nos propone Chema nos aproxima Babia, esa tierra que podría ser el inicio de los confines de la cavilación, y nos lleva a Detroit, a esa ciudad de la metalurgia norteamericana donde suena un buen jazz y juega un equipo de baloncesto que se llaman los Pistons.

Porque hay un intento de dotar al potente existencialismo que exhalan sus poemas –habla de él Manuel Juliá en el prólogo del volumen- de un decoro pop, en un intento azaroso de crear un swing sinfónico que concuerde con la fibra más sensible, “de alma desusada”, de esta Biblioteca de Babel, que diría Borges, que él ha concebido durante alguna década reposada.

Chema T. Fabero se ha pasado media vida escribiendo poemas, auscultando el poderío del aire y viajando por el mundo sin moverse de Babia, o de Granada. Ha leído a los maestros, de uno y otro bando, y ha trufado el volumen de citas, demasiadas para mi gusto, porque inclinan mucho el sentido del poema. Sigue en Babia, pero se escapa de vez en cuando a Detroit para seguir siendo ese hippie con cara de linotipista, con bigote recio y mosca frondosa debajo de los labios. Escribe cosas bien hermosas. A veces ve un nenúfar y, como buen poeta, se para, lo observa y es capaz de nombrarlo.