Edición mensual - Navidad 2009 - Colaboraciones

Tiempo de cuentos

Eduardo Egido

Nº 218A - Colaboraciones

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Parece mentira que ya esté aquí de nuevo la Navidad. Aparte de hacer este comentario, que mucha gente compartirá, no resulta fácil escribir acerca de las fiestas que dan comienzo y final al año. Salvo que se posea el talento de Dickens o la ilusión de un niño. El talento dickensiano no abunda, aunque no es menos cierto que el escritor lo alimentaba con el trabajo sin tregua y que su muerte se debió en buena medida al agotamiento que le provocó su prolífica obra. En cuanto a poseer la ilusión de un niño, juzguen ustedes si es moneda corriente.

No resulta fácil escribir sobre la Navidad. Bien pensado, siempre queda el recurso de escribir un cuento. Un breve cuento de Navidad. Nada más propio. A ojo de buen cubero, de cada tres cuentos, dos son de Navidad. Los cuentos de Navidad emocionan sin excepción y, las más de las veces, logran que una furtiva lágrima resbale por la mejilla del lector o de la sentimental lectora –que en esto no hay distinción de sexos- ya que por medio de la lectura se sienten transportados a la propia infancia porque inevitablemente se ponen en el lugar de los enternecedores protagonistas.

En todo cuento de Navidad que se precie hay elementos comunes que no pueden faltar. No es preciso esforzarse demasiado para que vengan a la memoria. Veamos.

Un frío antiguo, de los de antes, reina en las calles de la ciudad y la nieve desciende copiosamente hasta cubrir el suelo y los árboles. A veces, el viento arremolina los copos y arranca los gorros de lana multicolor de las cabezas de los niños y los sombreros de copa de las testas de los caballeros. Las damas, previsoras, han hecho bien en anudar sus tocados bajo la barbilla. No obstante, las calles se encuentran animadas y una nutrida corriente humana deambula de acá para allá: algunos para visitar a unos parientes y hacerles entrega del regalo navideño; otros, precisamente van en busca de los regalos que sus múltiples quehaceres les han impedido comprar hasta ahora; un grupo de niños patina en las congeladas aguas del río, al fondo de la escena; no falta un voluntarioso coro formado por niños y mayores que ofrece villancicos a los conciudadanos con la esperanza de recaudar unas monedas que indefectiblemente destinarán a obras de caridad. Se hacen acompañar de zambombas, panderetas, rabeles, carracas y demás útiles musicales propios de la ocasión. De las chimeneas de las casas suben volutas de humo que se pierden en el  cielo.

Con ser frío el clima, existe en estos cuentos un frío más gélido aún y más terrible: el corazón del desalmado –si es que un desalmado puede tener corazón- es un témpano de hielo más duro que la superficie sobre la que vimos patinar a los niños. Un hielo tan endurecido que unidas todas las desgracias del mundo no lograrían fundirlo. Naturalmente, se trata del desalmado que atormenta al infantil protagonista. Hay que imaginarlo decrépito, con el cráneo despoblado y guedejas encrespadas en el cuello. Nada cuesta suponer que camina encorvado, cubierto por un sobretodo que arrastra los faldones, con la vista clavada en la albura refulgente, ajeno a la felicidad que le circunda. Se encamina, no cabe duda, a su lóbrega covacha donde toda inhospitalidad toma asiento. Dispuesto a cenar su aguachirle y su mendrugo y a meterse luego en su desvencijado camastro. Por más malvado que se muestre, el horror del lector no estará exento de un atisbo de compasión humana.

Sólo resta componer el retrato del niño protagonista. Bien parecido aunque de ojos tristes. Sus padres no pueden mantener a la numerosa prole y lo han confiado, vana esperanza, a la tutela de una institución benéfica  hermanada al patio de Monipodio en la que se aprenden con rapidez las malas artes con las que burlar el hambre. No pueden evitarse los abusos donde impera la ley del más fuerte y allí sufre el niño las afrentas de los mayores. En la calle tampoco se enderezan las cosas y el protagonista se cruza en la vida del desalmado, que lo enrola en su juvenil tropilla de asaltantes callejeros. A partir de aquí, las peripecias se suceden sin descanso y vapulean de continuo las menguadas carnes del muchacho.

Con mimbres así se teje un cuento de Navidad a la antigua usanza. Si se quiere actualizar, cámbiense algunas circunstancias y no hará falta modificar los prototipos, que a día de hoy sobran los ejemplos. Desalmados, desvalidos y miserias existen hasta decir basta. Pues nada, ya se tiene compuesto  el marco para contar un cuento en la próxima Navidad. El año que viene. De aquí a nada, como queda dicho.