Edición mensual - Navidad 2009 - Colaboraciones

Una Noche Vieja inolvidable

Luis García Pérez

Nº 218A - Colaboraciones

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Desde siempre me han gustado las fiestas navideñas. No sé si es porque se respira un halo familiar especial, o porque como son las más consumistas y yo soy un poco goloso, sobre todo para los turrones, los mazapanes y sobre todo para los mariscos y ese derroche de regalos que nos entrecruzamos con los familiares; el caso es que siempre estoy deseando que llegue la Nochebuena, la Nochevieja con sus cavas de primera calidad y sobre todo por los famosos cotillones, a los que mi mujer y yo somos asiduos desde siempre.

Aquel año de comienzos de siglo, como nos visitaban nuestros hijos, decidimos que lo celebraríamos en casa y que cada cual aportara lo mejor de lo mejor para la cena. Mira tú por cuanto, aquel 31 de diciembre de 2.001, los preparativos para mi mujer y mis nueras habían sido trabajosos y nos las prometíamos todos muy felices. A última hora, nos dimos cuenta de que nos faltaban los percebes, las nécoras y las uvas, esto último algo indispensable para una noche tan especial. Entonces me dieron la orden, a eso de las cinco de la tarde, para que fuera a comprar al supermercado los productos culinarios que aún faltaban.

Al regresar a casa, ya anocheciendo, vi por la acera contraria a mi piso a un sujeto sospechoso. Sí, sí, se trataba de Venancio Regúlez un alumno poco aventajado que finalmente había logrado colocarse a sus treinta años en una editorial de renombre y se dedicaba a vender enciclopedias por toda Castilla La Mancha.

Durante los últimos días de clase me estaba estrechando el cerco con toda clase de regalos para intentar después venderme nada menos que los 104 tomos del Espasa por una cuota mensual insignificante de 60 euros mensuales durante diez años.

-Una ganga, don Ricardo, una verdadera ganga para esta joya, esta oferta sólo se la hago yo a los verdaderos amigos, y usted fue mi mejor profesor.

-Y tú Venancio uno de mis peores alumnos, por eso estás vendiendo enciclopedias con tan buena labia-pensaba yo para mis adentros.

-Así un día tras otro, durante los recreos en el instituto estuvo estrechándome cada día más y más el cerco con nuevos regalos: Una estatuilla en bronce de El Pensador de Rodin, dos relojes de pulsera, un jarrón estilo Luis XV y muchas más cosas. ¿Cómo puedes negarle a un sujeto así una visita a tu domicilio, y menos aún después de aquellas reproducciones tan perfectas de los impresionistas franceses que tanto habían gustado a mi mujer?

-Que sí, D. Ricardo, que ahora cobra la extraordinaria y anda bien de fondos.

-Sí, hombre, pensaba yo para mis adentros .. Y los agujeros que tengo, ¿qué?

Por fin concertó una cita para el siguiente para un miércoles, dos semanas después de su última visita , ya próximas las vacaciones navideñas. Mi mujer me tenía ya avisado de que no quería ya ni un libro más en casa, por mucho que se tratara de nuestro gran amigo Venancio Regúlez.

Con mi bolsa de exquisitas viandas en la mano, traté de burlarlo entrando por la parte posterior que desde el garaje tenía acceso a los ascensores.

En efecto, no había trascurrido cinco minutos cuando el portero sonó con tres largos pitidos. Me asomé por el video y efectivamente se trataba del “Pelmazo” vendedor.

-Decidle que no estoy, que he salido a hacer cosas urgentes y no regresaré hasta cerca de las doce campanadas. ¿Cómo iba yo a imaginar que el “plomo” este había elegido nada menos que un 31 de diciembre para su operación de ventas?

Al carajo con él, ya volverá otro día. El Venancio es de los que no abandonan así porque así.

Bajé por la escalera de incendios de nuevo a la calle para ver si espantaba a mi cazador en noche tan señalada. Pero que si quieres arroz…

-No, no, D. Ricardo no volverá por lo menos hasta las once.

-No sé preocupe, le esperaré aquí en la calle hasta su regreso. No hay prisa.

-Al cabo de media hora otros tres pitidos en el portero, cuando yo ya estaba en casa y con las luces del salón apagadas.

Nuevos diez minutos y ahora seis largas llamadas que me hacían verdadero daño en mis tímpanos. Me asomé por el balcón exterior y allí seguía mi cazador fumándose un cigarrillo tras otro. Las llamadas al videoportero aumentaban cada vez más en intensidad y disminuían en cuanto al tiempo: cada ocho minutos, cada cinco cada tres minutos, y finalmente cada minuto, diez nuevos timbrazos.

Apagué las luces del salón y le rogué a la vecina que si subía un joven con un maletín a mi casa y una gabardina, le advirtiera que nos habíamos ido a cenar con una hija y no regresaríamos hasta el mediodía de Año Nuevo.

En efecto a los dos minutos, ya estaba llamando con alarmante tono al timbre del sexto B. Me asomé por la mirilla y claro. El Venancio de todos los coj… Vaya Nochecita…

Mi vecina cumplió escrupulosamente desde la puerta del sexto A del número 64 del Paseo de San Gregorio:

-Señor, mis vecinos no están. Creo que pasarán la noche en casa de su hija.

- No puede ser, hace poco el salón tenía las luces encendidas y D. Ricardo es hombre de palabra.

Aquella Nochevieja fue especial. Yo para burlar al “Pelmazo”, me refugié por la escalera de incendios hasta el cuarto de contadores. Pero la serenata en do mayor y sostenido continuó toda la noche, mientras el “plomo” paseaba por el pasillo inasequible al desaliento. Cuando sonaron las primeras notas del Concierto de Año Nuevo, salí de mi escondite. ¿Sería ya hombre libre? Pues no, pacientes lectores. Allí estaba “El pesado” con todo su catálogo, que sólo se atrevió a decirme: Se ha retrasado un poco D. Ricardo. Y hace mucho frío.