Edición mensual - Navidad 2009 - Colaboraciones

El ocaso de una época

Víctor Morujo

Nº 218A - Colaboraciones

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El pasado cuatro de diciembre, al conocer el fallecimiento del cineasta Jacinto Molina, Paul Naschy para el mundo, Christopher Lee comentó que, hasta ahora, quedaban dos pero, a partir de ahora, ya sólo queda él. Comprendan la importancia de esta frase: significa, ni más ni menos, que asistimos al ocaso de una forma de hacer cine de terror, que hemos llegado a una época en la que los hombres lobo y los vampiros no dan miedo (en el caso de la saga “Crepúsculo” incluso dan grima), y que la dictadura adolescente en los cines ha puesto de moda otros esquemas: zombis por doquier, el llamado “torture porn” de películas como “Saw”, el picadillo de jóvenes, tanto en el campus como de excursión, asesinos en serie – cada uno de ellos con su propia máscara y “herramienta”-, o historias filmadas a base de cámara temblona, que usan la trampa del falso documental para disimular su falta de ideas.

Sin embargo, también hay que decir que el viejo estilo no está perdido: el subgénero de casas encantadas ha producido dos de los más sonados éxitos españoles recientes (“Los Otros” y “El Orfanato”), las películas de la saga “Crepúsculo”, de puro góticas, pueden incentivar a la chiquillería a acudir a ver historias de fantasmas como las de antes y, ahora que nuestro hombre lobo patrio ha pasado al olimpo de los indispensables, el otro gran licántropo del cine, Larry Talbot, aullará a la luna llena en enero, con la cara de Benicio del Toro y un maquillaje a la antigua usanza, sobre la cara del actor. Además, también en enero, llegará a las pantallas una de las películas españolas más prometedoras del género, con ecos de Lovecraft. Es la última película de Paul Naschy y, por esas ironías del destino, se titula “La Herencia Valdemar”.

Habrán pensado que soy un antiguo al respecto, pero no están acertados del todo. Hay películas actuales, como “Monstruoso”, “The Host” o “Exorcismo en Connecticut”, que están entre mis favoritas. Mi predilección por las películas fantásticas no se mide por su fecha de rodaje, sino por el alma que contengan. El fantástico es el equivalente a los cuentos de hadas de antaño: la imaginación es el instrumento para hablar de las zonas más oscuras del alma. Para que una película de miedo no sólo sea una serie de sobresaltos esporádicos, para que nos perturbe, tiene que hablar de nosotros mismos.

Este artículo ha sido inspirado por la muerte de Paul Naschy y quisiera hablar de él, cuyos inicios, como los de tantos otros, fue fruto de la casualidad. De joven iba para deportista y, merced a su físico, consiguió papeles de extra en “Rey de Reyes” (de romano, claro), y en “55 Días en Pekín”, que terminaron por hacer que le picase el gusanillo. Se introdujo en el mundillo como ayudante de producción y script. Un buen día, influenciado por su película favorita (“La Zíngara y los Monstruos”), escribió un guión que tenía vampiros y hombres lobo. Este trabajo interesó a un productor español que estaba en tratos con colegas alemanes para hacer una película en tres dimensiones y, como con conseguían encontrar un actor que quisiera ser el protagonista, hicieron una prueba al bueno de Jacinto y les gustó. En “La Marca del Hombre Lobo” (que se acaba de editar en DVD por primera vez en España), no sólo nació Paul Naschy, que es el nombre artístico que tuvo que inventarse, sino también Waldemar Daninsky, el hombre lobo polaco atormentado por su maldición, y para redondear la faena, su gran éxito comercial dio el pistoletazo de salida al cine de terror español que, durante más de una dñecada, vendió más entradas en todo el mundo que todos los almodóvares, amenábares y balaguerós juntos.

Eran películas muy cutres porque los productores de la época no tenían escrúpulos a la hora de amasar cuanto más dinero con el menor presupuesto posible. Había unas normas: tenía que haber varios despelotes femeninos (para la versión internacional, a ser posible una de ellas de violación), no más de seis o siete actores con líneas de diálogo, no más de cuatro o cinco localizaciones, incluyendo interiores y exteriores, dos semanas de rodaje con sólo siete mil metros de película (una de hora y media son tres mil, así que imagínense el margen que había para equivocarse), y dos semanas de montaje, incluyendo efectos especiales y doblaje en varios idiomas. Para empeorar las cosas, a algunos cineastas, como el propio Naschy, Jesús Franco, León Klimovski o Amando de Osorio, les encargaban una media de tres películas al año, lo que significa que, entre rodaje y rodaje, tenían apenas tres meses para inventarse una historia, escribir un guión, buscar localizaciones, elegir actores… Así no había manera pero, a pesar de ello, sí había otra cosa: un inmenso amor al oficio, un amor propio a prueba de presupuestos, y una falta de prejuicios originada por la carestía.

Paul Naschy era de esos. Participó en más de cien películas, la mayoría malas, pero algunas muy originales, otras interesantes, e incluso alguna buena, como “El Jorobado de la Morgue”, en la que pudo demostrar que era buen actor. Aunque se le conoce por sus peripecias lobunas, lo cierto es que tocó casi todos los palos, incluso la comedia, ya que apareció en “Aquí Huele a Muerto”. Por el camino, fue hombre lobo, Fu Manchú, Jack el Destripador, exorcista, mago hindú, explorador en películas de Tarzán, momia egipcia rediviva, Drácula, Señor feudal vuelto a la vida, pero también policía (en “Disco Rojo”), hizo “giallos” de asesinos en serie al estilo de Dario Argento, con títulos tan surrealistas como las del italiano (“Una Libélula Para Cada Muerto”), e incluso abordó, con bastante acierto, el drama rural español tan en boga en la época, como “El Huerto del Francés”, o el cine político con “Muerte de un Presidente”, una película sobre el atentado que mató a Carrero Blanco que tuvo la mala fortuna de hacerse casi al mismo tiempo que “Operación Ogro” que, como era de un director izquierdista italiano, fue a la que la industria le prestó atención.

Es demasiado poco espacio para hacerle justicia, hay varios libros monográficos sobre él, pero, por encima de todo, es el único icono friqui mundial surgido en España, y el único actor nacional que tiene una web no oficial hecha por sus fans (www.naschy.com). Nadie más lo ha conseguido.