Edición mensual - Julio 2009 - Sociedad

En las bambalinas de la democracia

J. Carlos Sanz

Nº 213 - Sociedad

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Fui uno de los “elegidos” por la Junta Electoral de Puertollano-Almadén para integrar una de las numerosas mesas electorales que el pasado 7 de junio se habilitaron para que la ciudadanía pudiera ejercer su derecho al voto. Era la primera vez que participaba en esta experiencia y al parecer, por lo que nos comentaba una de las agentes enviadas por la Subdelegación del Gobierno en Ciudad Real para recabar datos de participación y ofrecer avances de los mismos, en esta ocasión la presencia de gente joven era superior a otras elecciones.

Se supone que el sistema que asigna la composición de las mesas electorales se hace por sorteo entre todos los ciudadanos que figuran en la lista del censo electoral aunque sorprende la reincidencia de este método supuestamente aleatorio. Lo digo porque pude comprobar cómo varios de los suplentes de la mesa electoral en la que participé se quejaban de que una vez más habían sido llamados “a filas”. Fue el caso de una mujer que con muestras visibles de enojo aseguraba que llevaba cinco elecciones seguidas sin poder zafarse de tal obligación. Una de dos, o son los elegidos vitalicios a modo de sacrificados mártires por la causa democrática o es una cuestión de mala suerte. Me inclino a pensar en lo segundo pero son muchos los testimonios de conocidos, familiares y amigos que relatan el frecuente número de veces en los que han sido llamados para ser integrantes de una mesa electoral; lo que me hace pensar en que algo falla en el sistema de asignación.

Confabulaciones al margen, he de admitir que la experiencia deja huella. No por su carga didáctica (no se aprende gran cosa y tampoco te supone un viraje en la concepción positiva y enriquecedora que uno posee acerca de lo útil que es un sistema democrático) sino por la cantidad de situaciones imprevistas que los que componemos la mesa electoral tenemos que resolver sobre la marcha. Digamos que prevalece el método “Do It Yourself”, el hazlo-tú-mismo, pues no hay ninguna persona designada para explicar a los advenedizos miembros de una mesa electoral cómo deben realizar correctamente sus funciones.

Para eso, ya hay un “manual de instrucciones” en forma de librito y que adjuntan con el resto de documentación que hay que manejar. Entre las actas de constitución de la mesa, las actas de sesión, las actas de escrutinio, el listado de votantes que a lo largo del día acudirán a las urnas a votar y que deben ser anotados, el listado del censo perteneciente a la mesa electoral en concreto, los votos por correo escrupulosamente cerrados en sobre, la lista de interventores asignados para la mesa, aquello se convierte en un pandemónium burocrático que apabulla a los ingenuos componentes de la mesa electoral que de repente se ven la responsabilidad de rellenar adecuadamente todos y cada uno de los documentos necesarios.

Menos mal que los interventores y apoderados de los distintos partidos políticos hacen la función de guías informativos porque sino qué sería de los incautos miembros de la mesa electoral que no tienen ni puñetera idea de lo que hay que hacer. Para eso, como decía, ya tenemos el manual de instrucciones que uno tiene que leerse antes de que se abran los colegios electorales. Lógicamente, ni da tiempo ni uno encuentra la motivación suficiente para memorizarse de “pe a pa” lo que el librito de marras te obliga a hacer durante el transcurso de la jornada electoral.

Para más inri, la papeleta más desagradable le corresponde al presidente de la mesa que días antes es llamado para recibir un cursillo acelerado en los juzgados. Sesión estéril por cuanto se limitan a informarles de modo somero y poco más. Vamos, que una sensación de desamparo y desinformación invade a los componentes de la mesa electoral quienes en su intento por salir del atolladero del modo más lícito acribillan a preguntas y dudas a los apoderados e interventores.

Total, que si estar “a salto de mata” es la consigna que comparten los integrantes de la mesa electoral, las carencias básicas en numerosos votantes tampoco van a la zaga. Cuán sorprendente fue comprobar que un volumen destacable de ciudadanos acudía a la mesa electoral sin saber de antemano si era allí dónde les correspondía votar. Con varios meses de antelación, todos recibimos en nuestro domicilio la tarjeta censal donde te especifica con pelos y señales el lugar exacto donde realizar el sufragio, es decir, el distrito, la sección y la mesa concreta. Pues bien, la tarjeta censal se convirtió en protagonista de la jornada por su ausencia. La mayoría, o no sabía dónde la había dejado, o no tenían conocimiento de haberla recibido o se les había extraviado entre la montonera de papeles. Eso se traduce, en que muchos votantes están deslocalizados, sin las coordenadas exactas donde dirigirse por lo que el reguero de gente equivocada de mesa fue constante, tanto que uno ya se cansaba de repetir lo mismo: “¿No ha traído la tarjeta censal? Ahí aparece el distrito, sección y mesa que le corresponde”. Las respuestas oscilaban entre un lacónico “Ah, pues no me la he traído” hasta gestos de asombro porque en las anteriores elecciones “siempre he votado en esta mesa”.

Con el transcurso de la jornada, uno termina acostumbrándose a este rosario intermitente de votantes en “tierra de nadie”. Aunque también se producen situaciones que a estas alturas provocan vergüenza ajena; al menos, cuatro veces tuvimos que bajar con la urna para que votantes discapacitados pudieran ejercer su derecho dado que nuestra mesa electoral estaba situada en la segunda planta de un colegio y subir las escaleras es el único acceso posible. Ya no digo que haya que construir un ascensor o habilitar como fuera rampas de accesibilidad, pero no es de recibo que los ciudadanos discapacitados se vean en esta tesitura, teniendo que informar de su impedimento a los agentes de la policía nacional y viéndose obligados a permanecer en el recinto de entrada hasta que los miembros de la mesa electoral bajan a su encuentro. ¿No se contempla la posibilidad por parte de la Junta Electoral correspondiente de habilitar en la planta baja de los colegios electorales urnas para discapacitados y así no tengan que vivir situaciones farragosas?

En definitiva, luces y sombras del entramado democrático que adquieren una dimensión más consistente cuando uno se ve en la otra parte, en este caso detrás de una mesa electoral. Porque ya que te toca el “marrón”, uno quiere hacer las funciones del modo más digno posible y la opinión unánime que compartíamos muchos miembros de mesas electorales es si la administración no posee un método más discriminatorio, esto es, llamar a personas que realmente estén necesitadas de percibir el incentivo económico que te entregan ese día. En concreto, y como concepto de “dieta” se nos pagó 61,20 euros, cantidad que es bienvenida pero a buen seguro que sería mucho más necesaria para ciudadanos que en estos momentos se encuentran en situación de desempleo o carestía económica. Los que afortunadamente, por ahora, conservamos un empleo no es que despreciemos tal cuantía pero en coyunturas de crisis como la actual, la administración pública correspondiente debería priorizar la asignación de personas o porqué no tomar una medida salomónica, disponer de una base de datos en la que figuren ciudadanos en paro y que ese día podrían recibir un plus económico para aliviar algo sus apuros monetarios. Personalmente, estaría dispuesto a renunciar de mi puesto en una mesa electoral a cambio de que designaran a alguien necesitado.