Edición mensual - Julio 2009 - Historia

Ojo de pez ... Ojo de pez ... Ojo de pez

Trabajos de chinos

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 213 - Historia

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Oígo en la radio que en Mataró, una ciudad-dormitorio situada en el extrarradio de Barcelona, se ha desmantelado una red mafiosa china que mantenía un entramado de locales donde sus paisanos trabajaban de condiciones penosas, cercanas a la semiesclavitud, encerrados sin ventilación ni luz natural, con mordazas (para evitar que charlen y se entretengan) y durante muchas más horas de las que soportaríamos cualquiera de nosotros. Noticias como ésta nos salpican todos los días, pero lo que es todavía más dramático es la reacción de estos desesperados inmigrantes: han protestado ante periodistas y autoridades, solicitando de forma airada que vuelvan a abrirse estos infames negocios clandestinos. Y es que ha lo largo de su vida, y la de sus antepasados, estas condiciones infrahumanas ha sido las mismas, o aún peores. No conciben otro modo de ganarse la vida. Y es que lo que ahora llamaríamos explotación antes se denominaba simplemente trabajo.

Las condiciones laborales en el pasado eran tremendas. Las faenas se prolongaban de sol a sol. Durante la cosecha del grano, por ejemplo, los labriegos dormían en la era con el fin de madrugar para emprender la faena y evitar robos de mieses; todas las labores del campo era manuales y los horas de sol coincidían con la del calor más sofocante del verano (cuentan que las camisas de los segadores se tenían de pie, como las capas de toreros, del sudor que les consumía), la cantimplora del agua no daba abasto y los botijos de abaja, refrescada a la sombra de un árbol, o la bota de vino peleón eran sus únicos consuelos.

Los pocos que no eran labriegos tampoco podían presumir de unas formas de vida mucho más fáciles. Por ejemplo los serranos dormían en chozos de madera y ramas en mitad del monte y en pleno invierno, cerca de sus rebaños de ovejas o cabras, siempre amanazadas por lobos y espantadas. Aunque por regla general trabajaban solos o acompañados por otros pastores, a veces se llevaban a sus esposas con ellos, no faltando las que parían en tales cabañas temporales en unas tan condiciones tan miserables que no era raro que se murieran la madre, el hijo o ambos. Todo a cambio de unos borregos al año, unas abarcas y algo de ropa al año, según se acordaba cada añoa el día de San Miguel.

Curiosamente muchos artesanos también trabajaban a la intemperie. En el siglo XVI, en plena fiebre por la confección de paños de lana en nuestra comarca, en invierno los tejedores metían sus telares en la ermita de San Mateo (hoy iglesia de la Soledad), seguramente para evitar el frío y la lluvia, además de para no se ensuciara el tejido. Ellos por lo menos sólo laboraban de sol a sol; las velas de cera eran demasido caras y los candiles podían provocar algún incendio en las cochambrosas casas-talleres donde laboraban, vivían y morían. Tanto es así que, con poco que acompañaba el clima, se sacaban los aperos de trabajo a la calle, para aprovechar la luz natural al máximo y demostrar su maestría profesional ante sus potenciales clientes.

De los alfareros ¿qué de decir? Debían acarrear leña para los hornos, extraer arcilla cerca de ríos o arroyos, atender las cocciones interminables y hacerse cargo de otras penurias no menos molestas. En tanto que los curtidores trabajaban con productos malolientes como el palomino (detritus de paloma) para eliminar el pelo del cuero animal y el proceso de fabricación era largo y tedioso. Por dichas razones ambos oficios se sacaban a las afueras del casco urbano, porque los reglamentos municipales evitaban apesadumbrar a los vecinos con aromas insoportables y el fuego cerca de las viviendas.

Por su parte, quienes elegían servir a alguna familia o amo tampoco tenían la vida resuelta sin trabajo ímprovos ni vejaciones sin cuento. Una niña de 7 ú 8 años de edad, cuyos padres no pudieran mantenerla, entraba en casa de algún paisano más o menos acomodado mediante contrato oral o escrito. Sólo disponía de algún camastro donde dormir y un plato de comida diaria, además de algo de ropa y unos zapatos por el trabajo de un año, a cambio acarrear agua en cántaros, limpiar la casa, coser, cocinar y lavar en el río o en algún lavadero; aparte atender algún “trabajo extra”, que solía incluir sumisión sexual a sus amos, desplantes y mostrar en todo momento una docilidad cercana al servilismo. Eso sí, al cabo de diez años, le aguardaba una muda de ropa nueva y unas pocas monedas que le garantizaban una dote mínima para poder casarse con alguno tan miserable como ella.

Si eso acontecía con los hombres y mujeres libres, los esclavos y esclavas eran punto aparte. Nacidas en cautividad o, lo que era casi peor, privadas de la libertad durante guerras, capturas o revueltas por el mero hecho de ser de color o religión diferente, caso de los moriscos (hispanomusulmanes) rebelados, los negros subsaharianos o los magrebíes. A cambio de pan y techo de por vida debían entregarse en cuerpo y alma a sus dueños, que disponían de ellos para presumir o para explotarlos trabajando por cuenta propia o ajena, quedándose con sus hijos para sustituirles en su vejez y castigándolos son severidad si se mostraban insumisos. En todo caso tampoco es que fueran objeto de torturas y malos tratos perennes, sobre todo porque se trataba de una inversión económica que no podía acometer cualquiera y porque eran un lujo para sus amos. Lo curioso es que cuando, a veces, sus dueños agradecidos deciden concederles carta de horro (libertad), algunos no saben qué hacer, tras permanecer toda su existencia en las casas de sus amos, sin preocuparse lo más mínimo de un futuro que se lo daban, mal que bien, resuelto desde prácticamente su nacimiento.

Entre las familias normales, las mujeres solían llevarse la peor parte de las tareas domésticas, siempre amarradas al cántaro de agua que transportaban a su casa a la cadera o encima de un rodillo sobre sus cabezas. Para ellas nunca había vacaciones (un concepto en las antípodas de su día a día) y sus escasos ratos de ocio o esparcimiento (como se les prefería llamar en la época) lo pasaban rezando el rosario con sus vecinas, tarareando cancioncillas mientras zurzían ropa o leyendo a la luz de los candiles. Y todo eso mientras eran menospreciadas por una sociedad patriarcal y machista hecha a medida de los hombres, plagadas de prejuicios misóginos. Por ejemplo, una mujer con la menstruación no podía acercarse por las siembras para que no las perjudicasen y aún en su propia casa eran consideradas impuras, evitando manipular determinados guisos.

En definitiva, recuerdos de otros tiempos, muy distintos y distantes de los nuestros. En todo caso parece evidente que si la liberación de la mujer se ha hecho en parte implicando a los hombres en los trabajos domésticos y en parte comtratando mano de obra femenina (inmigrantes sobre todo); en términos semejantes, la prosperidad del mundo desarrollado se debe en buena parte a que el resto de la humanidad que se puesto a trabajar en peores condiciones laborales y por un sueldo mínimo.

Sería muy fácil conformanos con haber quedado atrapados en el chocolate del pastel y olvidarnos de quienes han nacido en países desfavorecidos por la historia. Nuestros hijos juegan al fútbol con balones cosidos por niños asiáticos de su misma edad y si aquí nuestros chavales se pasan las horas muertas clickeando en las viodeconsolas sus juegos bélicos, en buena parte de África los niños de la guerra desfilan ante los autoproclamados movimientos de la liberación con un kalasnikof al hombro. Malos tienpos para la lírica.

Hombres entregados a cambiar el curso habitual de las cosas como Vicente Ferrer, considerado un santo en la India, nacen pocos sobre la tierra. Para nuestras conciencias es mejor mirar hacia otro lado. Es para lo que, consciente o inconscientemente, nos han educado y que perfeccionamos desde el mismo momento que echamos los dientes. Ojos que no ven… Feliz estiaje, paisanos.