Edición mensual - Abril 2009 - Cultura

Manuel Juliá: “No creo que hoy se pueda hablar de poesía manchega”

Después de más de una década sin publicar, Manuel Juliá vuelve al ruedo editorial con dos libros, “Cuarenta latidos” y “Sobre el volcán la flor”, su último libro de poesía, editado por la Biblioteca de Autores Manchegos. En esta entrevista el director de FENAVIN y ESPAÑA ORIGINAL desvela a Chema T. Fabero algunas de las claves de su realidad literaria.

Chema T. Fabero

Nº 210 - Cultura

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Chema T. Fabero: Han pasado casi once años desde que publicaste tu primer poemario, “De umbría”, y después de tanto tiempo de silencio reaparece tu nombre en el escaparate de las librerías con dos obras, “Cuarenta latidos”, que se presentó hace apenas dos semanas, y ahora, casi de inmediato, este nuevo volumen de poesía, “Sobre el volcán la flor”. ¿Qué ha pasado para que vuelvas a editar, y además por partida doble, después de tantos años?

Manuel Juliá: Yo no creo demasiado en los géneros, pero, bueno, por tener unas referencias que nos ayuden a movernos por estos derroteros, creo que la razón de esto puede encontrarse en el hecho de que, a diferencia tal vez del artículo periodístico o la narrativa, que son géneros que uno puede hacer que surjan mediante el esfuerzo y el trabajo, el hecho de escribir poesía necesita sin embargo la condición previa de que te lo pida el cuerpo, por decirlo de una manera muy gráfica y muy directa, sin que esto quiera decir que la poesía no necesita una elaboración y una técnica. Recuerda que era Lorca, un poeta que puede parecer instintivo, el que dijo aquello de que uno no es poeta sólo por la gracia de Dios, sino por la técnica y el esfuerzo.

C. T. F.: Sin embargo “Cuarenta latidos” creo que tiene un origen distinto.

M. J.: Sí. “Cuarenta latidos” es un libro que surge por una petición que me hacen desde la editorial Almud y desde el diario La Tribuna para recoger algunos de los artículos que vengo publicando en la última página de ese periódico, algo parecido a lo que hicimos con mi anterior libro, “Intemporal”. Lo que sucede es que cuando me pongo a ello veo que el resultado tiene muy poco que ver con la idea primera. Creo que en el total del libro apenas hay un veinte o un treinta por ciento de artículos periodísticos en realidad, porque lo que hago es inventar un libro escribiendo una serie de nuevos artículos.

C. T. F.: Por supuesto, este libro tiene una coherencia poética que no tiene “Intemporal”

M. J.: Efectivamente. “Intem-poral” no es ni más ni menos que una muestra de lo que había escrito en Diario 16 y El Mundo.

C. T. F.: En tanto que “Cuarenta latidos” puede calificarse como un libro de prosa poética.

M. J.: Sí. Es un libro en el que intento reflejar el enfrentamiento de lo físico con la conciencia. Dar espacio a esa posibilidad que tenemos los seres humanos de inventarnos el mundo en soledad, lo que no deja de ser una necesidad.

C. T. F.: Tú primer libro de poesía lo editó la BAM cuando tenías 44 años, el segundo con 54. Nadie puede decir que has tenido prisa por ver tu obra poética publicada.

M. J.: Bueno, de todas maneras tú sabes que yo tengo un pasado literario anterior a “De umbría”, muy anterior. Yo era, por decirlo así, el poeta oficial de “Poesía Hispánica”, la revista que dirigía José García Nieto.

C. T. F.: Y esta labor literaria tuya parece refrenarse cuando entras en política.

M. J.: Yo entro en política a principios de los años ochenta y pospongo entonces mi labor literaria. Hasta entonces escribía en diferentes revistas e incluso llegué a ser finalista del premio Adonais con un libro que, desgraciadamente, perdí. Fue un libro que tuvo muy buena acogida entre aquella gente con la que yo entonces me relacionaba, como Félix Grande, Fernando Quiñónes... Es decir, en esos tiempos yo tenía lo que se podría llamar una “realidad literaria”. Después entro en política y...

C. T. F.: Claro, la política no permite muchas más actividades. Que yo recuerde, porque nos conocimos entonces, tu primer paso fue el de Coordinador del Área de Juventud en el ayuntamiento de Puertollano.

M. J.: Eso es. Luego fui segundo teniente de alcalde en Puertollano y diputado provincial, y de ahí pasé a iniciar un camino político que no tiene nada que ver con la poesía.

C. T. F.: ¿Y no te remuerde la conciencia un poquito?

M. J.: Pues me remuerde bastante por el hecho de haber estado 14 años sin haber seguido desarrollando mi actividad literaria.

C. T. F.: Regresando entonces a la poesía, lo cierto es que tanto “De umbría” como este recientísimo “Sobre el volcán la flor” se han publicado en la Biblioteca de Autores Manchegos. ¿Tú crees que se puede hablar con propiedad de una poesía manchega hoy?

M. J.: Yo pienso que no. Hubo un momento en la historia en el que se podía hablar de una poesía manchega, pero yo creo que hoy eso no existe. Si comparamos la poesía que se escribe hoy en La Mancha con la de entonces vemos que se han ido eliminando una serie de símbolos que de algún modo daban sentido a esa supuesta poesía manchega, como la cardencha, el molino...

C. T. F.: Ya, lo eminentemente rural sobre todo. No es lo mismo “poesía manchega” que “poesía escrita en La Mancha”, sin embargo todavía quedan bastantes epígonos de Juan Alcaide o de Eladio Cabañero.

M. J.: Sí, pero aunque existan todavía quienes mantienes esos símbolos no parece suficiente razón para hablar de poesía manchega como tal. Por lo demás yo creo que es muy difícil establecer puntos de relación entre unos autores y otros aún cuando pertenecen a una misma generación. Superado el primer punto de encuentro vemos que, por ejemplo, en la llamada Generación del 50, la obra de Caballero Bonald tiene muy poco que ver con la de Gil de Biedma, porque cada uno lleva una deriva distinta. Y algo más o menos parecido puede ocurrir hoy con la poesía escrita en La Mancha. Por poner un par de ejemplos, la poesía de Miguel Galanes se aproxima al esteticismo, en tanto que a González Moreno lo veo más cercano a un movimiento de nueva vanguardia evolucionado hacia cierto existencialismo.

C. T. F.: Volviendo a “Sobre el volcán la flor”, Jesús Barrajón dice en el prólogo que el espacio por donde se mueve este libro tuyo está determinado por el sentimiento y el pensamiento de la muerte, y ahí están Heráclito y Hegel para dar testimonio de ello. Por otra parte no hay que ser muy avispado para saber que, junto al tema de la muerte, también está el otro gran asunto universal, el amor.

M. J.: El libro tiene un premeditado matiz filosófico. Tomo una de las famosas frases de Heráclito que luego desarrolla Hegel maravillosamente y que está relacionada fundamentalmente con un concepto, que también desarrolló Nietzsche en la teoría del eterno retorno, en el sentido de que puede haber un mensaje implícito en todo que viene a decir que realmente la muerte no existe, sino que todo es una transformación interminable. Yo analizo la cuestión de la muerte desde ese punto de vista y luego, intento, desde la poesía, desde la capacidad de generar belleza que tenemos los seres humanos, plantear la posibilidad de lanzar algún tipo de mensaje de perdurabilidad.

C. T. F.: Es verdad que en general no se puede negar la estrecha relación de la filosofía con la poesía, pero con todo, que nadie se confunda, “Sobre el volcán...” no es un libro filosófico.

M. J.: Desde luego. Parte de una relación muy estudiada entre Heráclíto, Hegel y Nietzsche, pero a partir de ahí el discurso es por encima de todo un discurso poético.

C. T. F.: Citaré a dos autores que sé que te interesan especialmente: Winstan Auden y Francisco Brines. El primero dijo alguna vez que el tema era sólo la percha donde colgar su poesía. En similar dirección, Francisco Brines, en una entrevista que tuve ocasión de leer hace unas semanas, afirmaba que nunca ha escrito un poema sabiendo de antemano lo que quería decir. ¿Para Juliá, el tema del poema ocupa también un lugar secundario?

M. J.: Toda escritura tiene dos componentes, por un lado la necesidad de transmitir algo y luego, por supuesto, la capacidad o el talento para hacer eso. A partir de aquí puedo decir, siendo un poco malévolo, que yo escribo porque es la única manera de que no me corten cuando hablo. Pero, en fin, la base de la escritura está sin duda en la necesidad de transmitir.

C. T. F.: Uno puede leer un poema, por ejemplo “Esquina” de este libro tuyo, y hacerlo con la pretensión de diseccionar cada verso, como si tuviera que explicarlo a un auditorio. Pero después de enumerar las significaciones e interpretaciones posibles del poema, las literales y todas las que puedan derivarse, uno se daría cuenta de que no ha acabado, de que aún falta por explicar un valor último que no se alcanza mediante una consecuencia lógica y que sin embargo se intuye como el sentido verdadero y definitivo del poema.

M. J.: Esto me trae a la cabeza a san Juan de la Cruz y a T.S. Elliot, dos autores que hacen un estudio profundo de su obra en este sentido. En concreto, T.S. Elliot hace una explicación profunda de uno de sus primeros libros en el que va detallando de dónde saca cada idea, el cómo de cada verso. Pero tiempo después, en una entrevista, llega a afirmar que nunca volvería a hacer una cosa así, porque prefiere mantener el misterio, el enigma, como parte fundamental de la obra.

C. T. F.: Pero además está la imposibilidad de lograr una explicación completa.

M. J.: Claro. El mismo Freud crea la historia del subconsciente y en última instancia, en el fondo, estaba diciendo que ni siquiera somos dueños de nuestras propias palabras. O sea, ni siquiera el escritor tiene todas las claves de todo lo que dice.

C. T. F.: Otra cosa que me llama la atención del libro, desde un punto de vista formal, es la puntuación.

M. J.: Bueno, podemos pensar que cierta puntuación es un corsé y que la eliminación de estos corsés en la literatura lleva mucho tiempo inventada. Hay momentos en los que lo que se pretende expresar es algo muy auténtico que puede no atenerse a una puntuación formal. Por supuesto, el resultado tiene que ser el adecuado y no entorpecer su lectura.

C. T. F.: Antes has hecho referencia a la generación del 50. Yo recuerdo que José Agustín Goytisolo a partir de cierto momento decide eliminar comas y puntos y comas porque decía que nuestra gama de puntuación resultaba viciada.

M. J.: Ya, pero con eso se ha escrito El Quijote, por ejemplo. Yo creo que no hay que darle más importancia. En el fondo se trata de un proceso de libertad creativa. Es como preguntarle a un director de cine por qué pone más luz o menos luz en determinada escena. En mi caso yo pretendo mantener un discurso concreto para el lector.

C. T. F.: Hegel y Heráclito, Jhon Clare y Winstan Auden, Juan de la Cruz... Pero ya desde el prólogo, todos parecemos obviar a un autor y a unos versos que se antojan capitales aunque sólo sea porque dan título a la obra. Me refiero, por supuesto, a Bécquer y a su rima XXII.

M. J.: Bueno, yo es que no recojo el verso directamente de Bécquer. Concretamente, aunque por supuesto había leído antes la rima de Bécquer, en realidad ésta me debió de pasar desapercibida. En realidad yo lo recojo de Montale, que a su vez lo tomó del poeta español. Montale es un poeta algo oscuro, pero que a mí me encanta, y la idea que tomo de él es la que viene a decir que sobre el volcán, que puede simbolizar la muerte, termina creciendo la vida, la flor.