Edición mensual - Marzo 2009 - Cultura

Antes de su supresión

El Carnaval de Puertollano

Luis F. Ramírez Madrid

Nº 209 - Cultura

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Que el Carnaval de Puertollano tiene una salud frágil, puede ser. Que estuvo totalmente prohibido en la ciudad desde 1939, es cierto. Pero eso no quiere decir que Puertollano no haya tenido tradición carnavalera. no, porque el Carnaval de Puertollano llegó a tener bastante relevancia, coincidiendo su mayor esplendor con los años republicanos, en lo que a participación y vistosidad se refiere. La llegada al poder de los republicanos hizo posible una etapa con una amplia y dinámica vida asociativa política, sindical y cultural lo que afectó positivamente al desarrollo de las fiestas y tradiciones de la localidad, consiguiendo que los carnavales tuvieran un eco importante entre la población que se echaba a las calles a disfrutar del desenfreno ataviados con vestiduras apropiadas y enmascarados para evitar ser identificados.

Fiesta de la libertad

Las líneas que siguen, esbozan sintéticamente el desarrollo de la ancestral fiesta de la “libertad” años antes de que la Dictadura prohibiera el espíritu y la esencia de la fiesta, años en los que el Carnaval era una fiesta con gran aceptación entre la población y en las que tenía su justificación toda expansión, por liviana que fuera, convirtiendo esas fechas en unas jornadas de animación inusitada. Y si por alguna razón, algunos ciudadanos no habían preparado el disfraz con tiempo, o querían dar la sorpresa, quedaba el recurso de acercarse a última hora a uno de los traperos de las calles céntricas para disponer de un disfraz e incorporarse así a la algarabía callejera. En ella tomaba parte un segmento de la población considerable, en grupo o individualmente.

Murgas y desfiles

Aquello era el Carnaval. Las mojigangas de diablos, carantoñas y botargas, eran el cortejo extravagante que anunciaba el reinado de la sinrazón y el disparate, del desenfreno de las pasiones y del libertinaje, de los instintos delirantes y de los desmanes. Charangas y estudiantinas, chirigotas y comparsas, coros y murgas, desfilaban por las calles cantando letrillas jocosas que aludían generalmente a sucesos locales de años y a vecinos concretos descritos con agudeza satírica, deteniéndose en cada casa, ante los grupos de personas reunidos en las calles y en los comercios para recibir donativos. Los martes tenía lugar por las calles céntricas de la ciudad un desfile de gigantes y cabezudos a los que seguían miembros de la Banda de Música, en medio de una población llena de colorido y algazara, que abarrotaba las aceras de las calles por donde transcurría el desfile.

Bailes de disfraces

En esas fiestas no podían faltar los bailes de disfraces que las agrupaciones políticas y culturales organizaban para disfrutar del Carnaval, lo que pone de manifiesto la importancia y categoría que tenían los carnavales de entonces. La “Casa del Pueblo”, el “Gran Teatro”, el “Círculo de Recreo”, el “Centro”,... etc., fueron locales que, años tras años, rebosaron de un público ávido de juerga, a pesar de los conflictos sociales generados por la escasez de trabajo en la localidad durante aquellos años. Los bailes de fiestas que acogían el genio alegre y nocturno de Puertollano duraban de cuatro a seis días y en todos ellos se otorgaban una serie de premios, después de haber celebrado por las tardes unos bailes infantiles.

El entierro de la sardina

El entierro de la sardina indicaba que las fiestas iban tocando a su fin, aunque la traca final era el siguiente domingo con la rotura de piñatas. Una ceremonia burlesca representada por hombres, mujeres y niños vestidos de negro que, dando gritos lastimeros y llorando fingidamente, seguía el ataúd de la sardina. Ese desfile de hombres y mujeres enlutados, celebrando la muerte de la sardina, significaba el final de la alegría y la diversión, y daba entrada a una época de sacrificio y penitencia como es la Cuaresma.

Carnaval y ordenanzas

Durante la celebración de los carnavales, las ordenanzas municipales permitía a los ciudadanos circular con disfraz hasta el anochecer, siempre que no ofendieran a la moral, pero prohibían los cantares obscenos y las palabras injuriosas, así como “utilizar latas, campanas o cencerros para molestar al vecindario”. Tal estado de libertad no era del agrado de algunos ciudadanos que aducían que era una “inmensa locura” en la que prevalecía la fiebre por gritar e insultar y que solo servía para que “muchas jóvenes perdieran su honra a causa del libertinaje del carnaval”. Pero la mayoría de la población no hacía caso de esas desaforadas opiniones y se lanzaba a disfrutar animadamente durante los cuatro días, con sus respectivas noches, que duraba el Carnaval.

Doble vara de medir

Tenemos constancia de la visita a los calabozos de centenares de personas por vulnerar las prohibiciones prescritas por las Autoridades y, sin embargo, a principios de los años 50 se consintió una velada organizada por el personal de la multinacional francesa de Peñarroya, una función muy animada, en la que abundaron la alegría y los disfraces del mejor gusto y que se prolongó hasta las últimas horas de la madrugada. La doble vara de medir de las autoridades gubernativas y municipales se ponía de manifiesto una vez más al tolerar aquella celebración de lujo a la que todos sus asistentes llegaron con disfraces variados: trajes de hawaianas, campesinas, hadas, novias, gitanas, zíngaras, sastre, peluquero, maharajaes, un coyote mejicano... Una fiesta por todo lo alto, con un ambigú bien servido y que, a decir del cronista, contribuyó a darle mayor realce a esa fiesta de Carnaval.

Carnaval prohibido

La instalación del régimen totalitario en 1939 causó un grave deterioro a esta fiesta popular, que fue suprimida por decreto. Con el fin de evitar repercusiones, las prohibiciones en la celebración de la fiesta en la localidad fueron mayores que en otros lugares ya que por entonces Puertollano era una ciudad emblemática para el Estado por la explotación de las pizarras bituminosas. A pesar de esos intentos de poner coto, el paso del tiempo ha mantenido los rostros cubiertos, las alusiones eróticas y la desconsideración al decoro y la moralidad. Pero esa situación de arrinconamiento durante cuatro décadas de la celebración del Carnaval puertollanense, le hizo mucho daño a la fiesta, tanto que costará años y un trabajo decidido y generoso de las peñas de Carnaval para volver a disfrutar de una fiesta tan popular y participativa como la que tenía Puertollano hace unas siete décadas.