Edición mensual - Julio 2008 - Puertollano

Arquitectura personal de Puertollano: 7) Las Trescientas

La ciudad blanca

Eugenio Blanco

Nº 201 - Puertollano

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Sólo falta el tufo de la tormenta para que Las Trescientas sea el barrio veraniego a perpetuidad de Puertollano. Una pequeña isla blanca en el entramado industrial de la ciudad. Las Trescientas parecen emular una eterna urbanización de verano de Benalmadena o Matalascañas, con el mar siempre a punto de intuirse y con la neblina de la tarde siempre encontrándose con las fachadas.

Las calles silenciosas, silenciosas porque la primavera siempre tiene ese punto dilatante que acaba recreándose en las aceras tranquilas. Y las ciudades con brío, claro está, deben tener su tono reflexivo, su barrio lento, donde las gentes reposan de toda la carga azogada de la jornada. El tempo insólito del barrio rescata el recuerdo de las miradas de los ancianos en la punta de los balcones.

Es uno de los perfiles más acotados de Puertollano, un entramado sutil y andaluz, que propaga el poderío de las tardes de sol y que hace que cerca del centro de la ciudad se establezca un foco clarísimo donde refulge la estatura corta de los niños, los andares chulescos de los gatos y el sonido de los triciclos.

Las Trescientas tiene ese conato dominical de la vida. Un barrio para leer el diario mientras la luz impacta en los cristales de las gafas de sol, erosionando así la percepción sufrida de los días. Es el barrio lúdico, el barrio de las puertas verdes, de los zócalos amarillentos, de los llamadores oxidados, de las fachadas blancas, que parecen que han sido enjalbegadas por un ejército de mujeres mayores después de la siesta.

La iglesia dibujada

Hay una estampa tremendamente tierna en Puertollano que no se reivindica lo suficiente y es sin duda una de las imágenes más bonitas que ofrece la ciudad. La iglesia de San José, con su color crema y sus formas sencillas, se coloca en el centro de Las Trescientas, como un estuario donde comienza a embarcar el barrio, e impone una estética sencilla e irrenunciable.

Parece una iglesia de mentira. O una iglesia muy de verdad. De esas iglesias que los niños dibujan en Primaria con los trazos que les marca su conciencia bucólica. Se podría decir que es una imagen de iniciación, una fotografía sentimental de la primera visión que uno plasma del mundo. Porque en la España donde yo crecí lo primero que se aprendía a dibujar era una iglesia.

Toda la vida llenando las láminas de plástica de iglesias y de arroyos cristalinos con chopos en las riberas. Toda la vida evocando la fachada de la iglesia de San José, con sus columnas rechonchas y con su pórtico protegido, con su campanario intuido, por sus tejados antiguos. Toda la vida pintando en la memoria las líneas marrones que definían la iglesia de nuestra infancia.

La iglesia de San José es una de los lugares queridos de la ciudad, seguramente porque es una de los rincones de la ciudad que más está como fondo en los portafotos de las casas: ¿quién no ha ido a una Comunión celebrada en esta iglesia? Y es que es una zona casi diseñada para los domingos de primavera, para que las familias luzcan los trajes de siempre, las corbatas nuevas y la felicidad de mesa camilla.

Es el dibujo, uno de los dibujos, de la clase media que a través de la ventolera religiosa representa los relieves de la felicidad de una ciudad provinciana enclavada en las coordenadas de Occidente. Los tíos con las cámaras de video, los abuelos orgullosos, las niñas vestidas como princesas y los niños manchándose en los jardines que rodean la plaza su impoluto traje de marinero.

La plaza hundida de San José, con unas escaleras que nivelan la parcela diáfana del espacio con las calles, ha sido el territorio de toda una generación que ha crecido jugando en la calle. Ahora, bajo el terror del miedo a todo, la administración ha puesto en el centro de la plaza un cartelón antiestético que reza con carraspera de abuelo cabreado: ‘Prohibido jugar al balón’.

La iglesia, su plaza, ha sido y es el punto de encuentro del barrio. Donde lucía las llamas de la hoguera de San Antón, donde los párrocos pensaban en sus homilías y los viejos fumaban con parsimonia tabaco de liar. Los jardines de la plaza siempre fueron sencillos para que la iglesia, tan infantil y altruista con la belleza, no se sintiera de menos.

Un mundo de niños

En un mundo dominado por los niños y donde el ritmo del tiempo es marcado por los ancianos, la generación que tira del carro, los cuarentones, se debe limitar a no dar ruido. Porque Las Trescientas es un barrio para que los niños crezcan sanos y para que los ancianos entrenen el valor de la emoción. La generación que está en medio es la que va a trabajar con la misma naturalidad que suena diariamente la campana del colegio Calderón de la Barca. Es una generación entre dos aguas, entre dos nostalgias.

Se ha diseñado una ciudad noblota, con espacios limpios y con esquinas muy literarias. Será el color blanco, que empapa todo como si los marineros de Sanlúcar de Barrameda hubieran cedido los planos de sus callejos y de sus aguaceros con sal. Una ciudad pequeña para que sus habitantes tengan siempre la cara quemadilla por el sol templado de la tarde.

Hay un montón de anécdotas que refrendan que las calles de Las Trescientas son algo así como una expedición continua de boy scouts, pero a su aire. Hay un recuerdo en las mañanas de sábado donde uno de los dueños de una tienda de los soportales que giran hacia la plaza extendía pegamento en los escalones para que los muchachos no se sentaran allí a terminarse la bolsa de gusanitos. Los pantalones se quedaban ajados, como si un chicle se hubiera pegado con mala leche en los vaqueros recién planchados.

En estos relatos se establece la conciencia temperamental de un lugar, su impulso interno y su leit motiv emocional. Como tantas y tantas ventanas taladradas por los balones de reglamento, ante el estupor y la risa nerviosa de los niños que sabían que la trayectoria infame de la pelota les iba a hacer tener que despedirse de ella. Ése era el precio de la travesura: un balón que no volvería a recibir puntapiés.

La Magdalena

Dos porterías tristes y oxidadas, enfrentadas como un amor imposible, separadas por una extensión de arena demasiado pisada. Así se encuentra ahora el campo de fútbol de La Magdalena. Años atrás era un referente del deporte juvenil: todos los fines de semana se llenaba de jóvenes con espinilleras que ensayaban el orden caótico en el fútbol.

Los niños, mientras se producían los partidos, cazaban grillos en las inmediaciones al terreno de juego. Los hombres iban a ver los partidos después de salir de tomarse el campanazo en El Tropezón. Las mañanas de los sábados y los domingos discurrían, así, entre los gritos de los porteros, el sol embriagador en lo alto y las camisas con dos botones desabrochados para que la pelambre canosa del pecho de los espectadores con aliento a moscatel mostrara el aire obrero de la parroquia.

De vez en cuando, como en todos los barrios que son barrios de verdad, sonaba la sintonía del afilador y las amas de casa salían con un par de navajas, y ya había un buen rato de conversación a orillita de la puerta de la casa.

El olor a pan

En las inmediaciones a la calle Asilo, cerquita del colegio San José, se instalaba el horno de Carrión. Un impenitente olor a pan sacude los estómagos vacíos de media mañana. Las amas de casa iban al horno con su bolsa de tela. Y si veían a sus niños les daban el desconchón de la punta de la barra.

En ese vértice casi, en el del olor a pan, desemboca una de las arterias más importantes de Puertollano, la calle Goya. Se podría decir que la calle Goya es una gran vía de la ciudad, paralela a avenida Primero de Mayo y nacida perpendicular a Gran Capitán, esta calle atraviesa el centro bajo de la ciudad para serpentear en su último tramo por la ciudad blanca.

Hablando del centro bajo de Puertollano, el que está al sur de Primero de Mayo y que es articulado por la calle Goya, destaca nombrar la calle Bailén donde se aglutinaban algunas tiendas de golosinas y se enclavaba el callejón de Rodríguez Ulloa, donde me llevaba mi padre cuando yo era pequeño en un intento por mezclar su infancia con la mía. Nunca le dije que la Virgen que recala en esa zona me daba un poco de miedo.

Más debajo de la calle Bailén, bordeando Las Trescientas, y sin llegar a las eras, se ensanchó un barrio residencial muy caluroso, que va a conectar casi en actitudes con el antiguo Abulagar, una zona donde predominan un montón de talleres mecánicos, donde siempre se ve a los currantes, con un mono como el de los pilotos amateurs, limpiándose las manos con jirones de papel.

Y claro nos falta evocar las eras, el lugar donde los bichos se hacen feroces. Los niños apartaban los trigales antiguamente para jugar al escondite. Y llegaban a su casa, en la Travesía Alta o en la calle Escuelas, hechos unos eccehomos. Llegaban anticipando la reprimenda de las madres intranquilas, pero tan felices que tenían la sensación de que gozaban material de sobra para narrar las maravillas del mundo cuando se hicieran mayores.