Edición mensual - Julio 2008 - Historia

Cartas desde Toledo

La escultura urbana en Puertollano (XLII)

José D. Delgado Bedmar

Nº 201 - Historia

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Los lectores de “La Comarca de Puertollano” que sigan esta ya muy larga serie de “Cartas desde Toledo”, que venimos publicando desde hace tres años y medio sobre la presencia de elementos escultóricos y monumentales en las calles, plazas y jardines de nuestra localidad, habrán comprobado que no son muy numerosas las obras de filiación religiosa en nuestro paisaje urbano, algo que se ha “corregido” parcialmente en los últimos años con la inauguración de hasta tres monumentos que han venido a plantear un homenaje colectivo a las figuras de tres santos del siglo XX, aunque dos de ellos fueran proclamados ya en el XXI: San Juan Bosco, San Pedro Poveda y Santa Ángela de la Cruz, los dos primeros vinculados a centros educativos y la última a otro de tipo asistencial (al tiempo que religioso), como es la residencia de ancianas de las Hermanas de la Cruz.

En la última entrega tratamos del proceso de creación del monumento que en 2003 sufragaron e inauguraron algunos de los antiguos alumnos salesianos en homenaje a Don Bosco sobre la puerta del que fuera su colegio. Y con este reciente monumento enlazamos para volver a tratar la tipología de las obras directamente vinculadas a edificios religiosos, pues hay que recordar que ya en la cuarta entrega de esta serie analizamos un buen ejemplo, como es la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que campea sobre la torre de la iglesia parroquial de la Asunción.

Como es bien sabido, no son precisamente abundantes las obras de este tipo, pero en Puertollano contamos con este edificio parroquial, el más antiguo de los que quedan y el más importante de cuantos ha habido nunca en la localidad, y que presenta aún hoy una buena cantidad de elementos escultóricos (la gran mayoría de ellos en forma de relieve) que se extienden por todo su exterior y que conforman un completo conjunto de piezas, con un buscado sentido decorativo y con una importantísima carga simbólica en muchas de ellas que no muchos saben interpretar correctamente.

Habrá que comenzar diciendo que la configuración arquitectónica de la parroquia tal y como la vemos hoy en día, corresponde a unas obras que se comienzan a mediados del siglo XVI, que van a determinar la eliminación de un anterior y más pequeño edificio medieval. No creemos que sea momento ahora para trazar una historia más amplia de esta emblemática edificación puertollanera, por lo que dejaremos tan sólo apuntado en este momento que ha experimentado muchas vicisitudes a lo largo de la historia, y que ha sufrido dos grandes “colapsos” en su fábrica, concretamente con ocasión de dos hundimientos totales, que tuvieron lugar en el mes de enero de 1627 y el 21 de mayo de 1838, durante las guerras carlistas.

Con una simple ojeada al exterior del edificio, podremos comprobar que la iglesia está construida de mampostería, con piedras cuarcíticas propias de la zona dispuestas de modo irregular y unidas con la tradicional argamasa de arena y cal. Las primitivas bóvedas de piedra y la amplitud de la nave única que tiene obligaron a que se tuvieran que reforzar sus gruesas paredes, construyéndose hasta doce contrafuertes o estribos, que corresponderían a la primitiva edificación. Sin embargo, con el paso del tiempo y con el propio asentamiento del edificio, hubo que añadir otros contrafuertes para hacer más sólidas toda la zona de la cabecera y la fachada sur. Todos estos estribos tienen sus frentes construidos con piedras regulares, pero de diferente anchura y que, al contrario que en los muros, son piedras de tipo arenisco, también muy habituales en nuestra zona y que aparecen frecuentemente veteadas de hierro, como ocurre por ejemplo en la fachada de la Casa de Baños.

Pues bien: esos doce contrafuertes primitivos se ven coronados por unos florones abalaustrados que, como si fueran pináculos góticos, apoyan en bloques cúbicos de piedra que tienen aproximadamente un metro de lado. Con un examen más detenido, comprobaremos que estos florones no son de una sola pieza, sino que están hechos de diferentes fragmentos y tienen una forma que varía ligeramente, aunque todos ellos tienen aspecto de jarrón, con asas y una especie de tapadera que los cierra. Esos cubos de piedra a los que aludimos y que hay debajo de ellos, van decorados en sus caras con relieves, en los que se pueden apreciar artísticas conchas abiertas (veneras), aunque en algunos casos lo que parece que se representa son soles y, en varias ocasiones, estilizadas cruces de Calatrava.

Otro motivo decorativo de interés, y también de origen medieval como estos pináculos, son las gárgolas, que son los “canalones” que evacuan el agua de los tejados. Tienen, indudablemente, una función muy importante que cumplir, y en la zona de los pies de la iglesia son simples tubos pétreos, sin decoración alguna, pero en la zona de la cabecera se puede observar que se decoran con formas animalísticas, destacando una en la que se representa claramente la cabeza de un león, melena incluida, y que aparece concretamente sobre el escudo de España utilizado por la Casa Real de Austria, que a nuestro modo de ver indicaría el mecenazgo que Felipe II tuvo en la reconstrucción de esta iglesia en las postrimerías del siglo XVI, y que Miguel F. Gómez Vozmediano ha puesto en relación con el otorgamiento a Puertollano por Felipe II de la primera instancia judicial, civil y criminal, que se produce en 1594 y viene a significar la asunción del privilegio de villa.

En la próxima entrega comenzaremos analizando los significados de todas estas esculturas. Hasta entonces.