Edición mensual - Julio 2008 - Historia

Ojo de pez ... Ojo de pez ... Ojo de pez

Crisis y memoria histórica en la comarca

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 201 - Historia

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Crisis. Una de las palabras más temidas que podemos oír y, mucho peor aún, sufrir en nuestras propias carnes. Cuando en la actualidad aludimos a este término es para designar a una crisis nerviosa (malo), una crisis de pareja (peor), una crisis del petróleo (mal de muchos…) o una crisis económica (aviados vamos). Desde luego con poco que miremos hacia atrás en nuestro pasado hallamos reveses de importancia capital y que casi siempre comportaron el menoscabo de la calidad de vida, emigración a otros lares o pérdida de vidas humanas. Es decir, miedo, muerte, desolación y olvido.

Sin embargo, España en general y nuestra ciudad en particular ha sufrido un sinfín de peripecias de calado muy distinto y consecuencias a menudo terribles. Ciclos de malas cosechas, espoleadas por aguaceros o sequías, plagas o heladas a destiempo. Por ejemplo, una de las mil y una plagas bíblicas de langosta de mediado el siglo XVI motivaron que los vecinos de Puertollano levantasen una ermita rural en honor a San Gregorio (abogado contra esos insectos) en las afueras del casco urbano, donde hoy radica el Paseo homónimo. Así, el 25 de junio de 1546 los concejos mancomunados del Campo Calatrava, y, en concreto, Almodóvar, Puertollano, Argamasilla, Mestanza solicitaron roturar las tierras y dehesas donde había anidado la langosta ya que “en toda aquella tierra y comarca ha habido este presente año tanta langosta que los ha destruido y talado toda la mayor partes de los panes y viñas de manera que la gente necesitada queda muy perdida y fatigada”, no pudiéndose comprar pan en ninguna parte, ni siquiera a precios elevados. Es más, en pleno Siglo de las Luces ilustrado, avanzada la centuria del XVIII, la cabeza de San Gregorio recorrió toda La Mancha, procedente de Navarra, con la aquiescencia del mismísimo Arzobispo de Toledo y del rey de España, con el fin de alejar la langosta de campos y sembrados.

De pestes o epidemias, tampoco estamos faltos, como demuestra la pandemia, epidemia de alcance mundial, de peste negra o bubónica del siglo XIV, que se traducía en terribles síntomas y una muerte casi segura a quien la contraía. La tradición del Santo Voto o la devoción a la Virgen de Gracia tienen su origen directo en dos momentos terribles para nuestros antepasados, uno mediado el siglo XIV y otro a fines del XV, cuando los puertollaneros miraron a Cielos implorando protección divina ante la inminencia de su previsible destrucción.

De guerras o contiendas bélicas, ni hablemos. Tierra fronteriza con el Islam durante muchísimo tiempo, sus casas y corrales fueron saqueados por moros y cristianos. Luego asistieron inermes a la guerra civil Trastamara (la dinastía reinante en Castilla y Aragón), saqueando el ayuntamiento de Almodóvar los mercenarios franceses del Príncipe Negro a fines del siglo XIV. Décadas más tarde, una guerra banderiza entre los nobles andaluces y los maestres calatravos se tradujo en talas de bosques, quemas de cosechas y saqueos indiscriminados. Ya en el siglo XVII, docenas de soldados fueron movilizados para la Guerra de Cataluña; muchos nunca volvieron. Por su parte, el siglo XIX está atravesado por una Guerra de la Independencia, tres Contiendas Carlistas y el Desastre Colonial del 98. Las consecuencias más visibles de tanta lucha fraticida fue el incendio pavoroso del que seguramente era su edificio más emblemático: la propia iglesia de la Asunción, la única parroquia durante centurias y verdadera alma de nuestra comunidad; desastre que se reprodujo en la última Guerra Civil, donde el anticlericalismo reinante degeneró tanto en el expolio y quema pública de nuestro patrimonio religioso como en el cruel asesinato de sacerdotes. Pero es que, además, el temor a la soldadesca era casi universal; los paisanos estaban obligados a alojar a las tropas en tránsito, y teniendo en cuenta que los milicianos solían hacer de su capa un sayo, tomando lo que deseaban y maltratando a quien querían… Según algunos, parece que la Fiesta del Chorizo deriva del agasajo popular que dieron los puertollaneros, con motivo de la onomástica de San Ildefonso (Alfonso era el rey de entonces), a las tropas de maniobras por el Valle de Alcudia.

Xenofobia nunca nos ha faltado, racismo tampoco (¡que se lo digan al primer gitano que se afincó a orillas del Ojailén y cuyo chamizo de ramas fue quemado por la muchedumbre… con él dentro). Los judeoconversos hubieron de cambiar de aires y los moriscos fueron expulsados sin contemplaciones, quedando su mezquita reducida a escombros un siglo antes.

Todo esto sin aludir al clima de inseguridad generalizada motivada por el merodeo protagonizado por las cuadrillas de gitanos, partidas de bandoleros, guerrilleros o maquis que asolaron siempre estos parajes, casi despoblados y plagados de escondites en montes, barrancos o cortijos que les ofrecían amparo y cobijo, ante la impotencia de las autoridades.

Tampoco podemos minusvalorar el clima de desconfianza reinante hacia sus gobernantes más cercanos por parte de los gobernados, primero vasallos y luego ciudadanos. Cuando hojeamos la documentación de las distintas épocas alucinamos con el desparpajo con que se justifican las ventas de los bienes comunales, las usurpaciones de las tierras públicas o la imposición de impuestos arbitrarios a la menor ocasión. Por ejemplo, antiguas aldeas de Puertollano como Hinojosas de Calatrava o Cabezarrubias en cuanto pudieron se independizaron del yugo de nuestra ciudad, ya que pagaban más impuestos que los propios puertollanenses. Por desgracia, los fraudes en los caudales públicos por parte de los miembros del ayuntamiento estaban a la orden del día; pero casi peor era que se tenía por algo consustancial al oficio público, del cual antes se sirven que sirven, y cuya mala gestión se atestigua una y otra vez en las continuas multas que se ven obligados a pagar los ediles por la mala administración de las arcas consistoriales.

El miedo a algunos de sus paisanos más poderosos o violentos tampoco quedaba en saco roto. Los desarreglos de los escribanos (notarios); las vejaciones a que eran sometidos los miserables por parte de señores o señoritos; los mamporros propinados por valentones o camorristas a los más débiles o indefensos; la malversación de fondos de hospitales y santuarios, por parte de sus administradores (baste recordar aquí el famoso adagio popular “administrador que administra y enfermo que se enjuaga, quiera o no quiera, algo traga”, etc., etc. Curas insufribles siempre ha habido, más pendientes de los asuntos mundanos que espirituales, no faltando tampoco ejemplos de frailes enamorados ni de monjas ligeras de cascos (ingresaban en los conventos obligadas por sus familias, casi siempre porque sus padres no podían pagar sus dotes, permaneciendo emparedadas entre sus muros aún antes de dejar de ser niñas).

Así pues, es imposible enumerar siquiera los desastres, calamidades, infamias, miserias u ocasiones perdidas padecidas por nuestros antepasados en los últimos siglos. Por otro lado no es menos cierto que cada uno siente lo que le toca y que la subida de las hipotecas; el precio alocado de carburantes, frutas y verduras; el incremento del desempleo, el descontrol de la construcción o la tormenta financiera internacional nos afectan a todos, de una u otra forma, haciendo mella en nuestro bolsillo y nuestra moral.

Sin embargo, mirado el momento actual a vista de pájaro, con un ojo de pez, con el caleidoscopio que constituye nuestro pasado en el largo plazo, podemos apreciar que éste tal vez no será sino un contratiempo más o menos importante en la singladura de los siglos. Eso lo que tiene la historia, que nos ayuda a relativizar lo que pasa a nuestro alrededor. Desde luego, lo que nos parece más que evidente es que ahora partimos de una situación ni por asomo comparable con que tuvimos antes.