Edición mensual - Junio 2008 - Sociedad

Presentación de comer con los ojos: el membrillo

El mundo puede ser un membrillo

Eugenio Blanco

Nº 200 - Sociedad

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Antonio López, genialísimo, considera que los cocineros se deberían sentir burlados cuando se les proclamara como artistas, “para mí ser cocinero es mucho más que ser artista”, y arrastraba la “mu” de mucho Antonio López, para demostrar que de veras no mentía ni estaba utilizando la falsa modestia para dar betún absorbente a este colectivo –tan en boga en las últimas polémicas- y que estaba representando en una mesa de conferencias por el gran restaurador Manuel de la Osa.

Esta fue una de las perlas que dejó el pintor manchego en la presentación del libro Comer con los ojos: el membrillo, una compilación emocional de diversas categorías artísticas en torno al membrillo, a su rugosidad íntima y su sabor pastoso y ocre. El libro es una edición de la Diputación Provincial, que quería tener un ilustre recuerdo de la II edición de la España Original, las ferias de las denominaciones de origen que acaeció en Ciudad Real en la mitad de mayo.

Se nota la impronta de Manuel Juliá al frente del proyecto, se notan las dos almas que tiene el director de la feria, el halo del poeta, el azogue por la cultura, y la categoría del gestor, del coordinador de gentes en torno a una idea. Decimos esto porque estamos acostumbrados a que en estas ediciones de las ferias gastronómicas en Ciudad Real, ya sea Fenavin o España Original, estén hiladas por muchísimos actos culturales que luego suelen desembocar en ediciones muy evocadoras.

La evocación

Y es que Comer con los ojos: el membrillo es ante todo una publicación evocadora. A colación de la vida del membrillo se ha coordinado un resorte de diferentes disciplinas artísticas hasta constituir un libro poético que inexorablemente desemboca en la reivindicación de La Mancha a través del recuerdo original del membrillo.

El punto de partida fue El sol del membrillo, la película que el genial Víctor Erice presentó en 1992 con la intención de poetizar el proceso de creación de Antonio López. De la cinta surgió la idea de editar fragmentos interiores de diferentes artistas con el este particular hilo conductor.

El coordinador de la idea ha sido el iconoclasta Dionisio Cañas, escritor y artista incansable, que se ha pasado toda su vida reflexionando sobre la idea de conmover y de chascar los nervios de los espectadores de sus obras. Acaba de publicar con Añil su nuevo poemario Y empezó a no hablar, trabajo que lo encabeza con una puntillosa cita de Maurice Merleau-Ponty: “Hablar poéticamente del mundo es casi callarse”.

En su introducción Dionisio disecciona las diferentes aportaciones de los tres artistas a la idea del membrillo. Hace hincapié el poeta en una idea que coordina el trabajo del pintor, del cocinero y del cineasta: su sentimiento artesanal de la creación artística. Desde esta hermosa concepción Dionisio llega al siguiente reflejo: “el mundo es una sola sábana blanca del Tiempo donde el membrillo vuelve a florecer (como si fuera una rosa blanca) con cada mirada, con cada primavera”.

Nos queda, según el dictamen del libro, el empeño por observar. La obra de Antonio López, por ejemplo, está muy tocada, muy trabajada por la mirada y las yemas de los dedos. Aseguraba el artista, sin darse bola, con el jersey de agricultor y la pose cada vez más de hombre encorvado por el tiempo, que el impulso hacia la pintura “parte de la emoción”. Esa emoción, “difícilmente explicable” está representada en el libro de una manera magistral: con la trascripción velada de un sueño que tuvo el pintor.

Como los platos de Manuel de la Osa, que tiene su restaurante en Las Pedroñeras colapsado y que es un buscador de sabores. En las páginas de Comer con los ojos: el membrillo el cocinero se expresa a través de los recuerdos de los patios traseros de su infancia, sí, pero también con un catálogo mimado de recetas, algo así como un recetario literal de sus sabores de infancia. Incita así al lector a que se anime también a crear con el membrillo y sirva en su casa para cenar unos galianos de liebre con setas y membrillo, por ejemplo.

Resta comentar la aportación de Víctor Erice, que es un tanto curiosa. Del director vasco, de su visión poética y simbólica de un hecho a primera vista nimio como un membrillero, surgió la idea de esta compilación. Luego parece que Erice no ha participado en exceso y no ha cuidado artesanalmente su parte. Se ve que es la más floja del libro y no precisamente por carencia de talento, sino por descuido, por dejadez, por estar y no estar. Se palpa menos el talento telúrico de Víctor Erice en las páginas del libro, sencillamente porque se ha preocupado menos de la publicación.

Así, a la presentación del libro, que fue emitida en directo por Imás TV y lanzada para afuera por vía satélite, no acudió. Fue sustituido por otro pintor de Tomelloso, porque en parte de tomelloseros iba el juego, Pepe Carretero, dueño de la casa donde Erice rodó la película tantos años atrás que el pintor ha olvidado mucho de lo esencial, pero no el estruendo de un equipo de cineastas estresados revolviendo todos los rincones.

El arte es un universo que surge de la artesanía, que parte de la vida. Y este libro, con sus símbolos y gigantescas pequeñeces, lo demuestra. Como lo demuestra la mirada cotidiana y paciente de Antonio López, del gran Antonio López, que aún siendo Príncipe de Asturias de las Artes, portaba una bolsa de plástico de un supermercado con sus enseres. Y a última hora de la jornada se sentaba en un poyete del bar de la Feria, pensativo y cansado, justo delante de la salida de emergencia.