Edición mensual - Junio 2008 - Puertollano

Arquitectura personal de Puertollano (6)

Del Museo de la Minería al Terry

Eugenio Blanco

Nº 200 - Puertollano

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Conviene bucear en las historias antiguas para comprender la inmediatez del presente. Lo que hoy llaman la ciudad de la energía, se ha constituido en las pasarelas y en los cruceros donde habita el carbón. Es el origen, la tierra, la tierra negra, escarbada con resignación y nobleza por los hombres tiznados, por nuestros antepasados que tenían una cosa clara: que en la tierra adusta que los engendraba había que mediar con fuerza y ánimo con la naturaleza. Lo suyo no era únicamente un oficio, era una manera de estar en el mundo.

Hay una tangente geográfica que describe bien la historia última y retirada de Puertollano. Comienza en uno de los extremos del Parque Norte, lugar donde se ubica el ceremonioso Museo de la Minería, con su fachada de ladrillo que recibe el abrazo del castillete barnizado. El otro extremo de la recta es el Terry, esa montañita específica que esculpieron las minas con los restos y residuos de sus trabajos.

Entre ambos puntos se establecen dos barriadas de Puertollano muy vinculadas a la minería, muy pegadas a la historia del subsuelo de la ciudad: Libertad y Cañamares. Ambos distritos viven entre el tino irrenunciable del nuevo tiempo y la esencia muy pertinente del pasado de las vetas, muy latente y enraizada en toda la ciudad, claro, pero más en estas barriadas del sur de la ciudad que reivindican más que ninguna otra el patrimonio vehemente de la ciudad respecto a la minería.

El ruido del entorno

Estas barriadas, este espacio geográfico de la ciudad, tiene una característica esencial: el ruido ardoroso que marca el entorno, el recuerdo rumoroso de las vagonetas adentrándose en la oscuridad de los pozos. El paisaje de Puertollano, y sobre todo en esa zona, está plagado de pozos (San Esteban, Norte, Lourdes, más retirado) que no hacen otra cosa que focalizar el oficio “recio y venerable” que diría Lorenzo Díaz que ha convertido a Puertollano en una ciudad con un espasmo sufriente, pero también, y esto es lo reseñable, en una ciudad con un carácter esforzado que incluso sabe convertir en una actitud positiva el erre que erre de la queja.

Poco a poco, repetimos, poco a poco, ese entorno minero comienza a ser integrado con la actitud y con la actividad de la ciudad. De acuerdo que el castillete que abraza el Museo de la Minería sólo es un ejemplo que nos sirve para refrendar el argumento. Pero estos atributos se empiezan a observar como más acordes con el tablero de la ciudad.

Desde el Monumento al Minero se ve toda esa zona sur de Puertollano saturada de horadaciones escalonadas, de castilletes sobre los que cae pasmosa el agua de la lluvia, y, debido a alguna extraña razón, parece que toda esa actividad está coordinada con el resto de la población, como si se hubiera construido adrede un parque temático para el recuerdo.

El Parque Norte es otro de los reflejos de esta integración que la ciudad ha convenido con el pasado. Algunos rosales y algunos floripondios al lado del Museo de la Minería son regados a goteo con esos manguerones de goma, los caminos del parque se atiborran de ciudadanos amantes del fitness que sudan la gota gorda en su momento para el footing diario, pasan de vez en cuando quads con prisa, los jardineros trabajan escuchando el MP3… la modernidad se establece en el espacio donde se han asentado las piernas como alambres, los campos llenos de trigales y las plantas furtivas que convertían aquel tiempo, el de los mineros, en una época perfumada por el éxtasis de un gran jardín selvático en mitad de un lago de carbón.

Libertad

El Parque Norte se está convirtiendo en uno de los principales focos recreativos de la ciudad. Además del Museo, ya hay instaladas algunas pistas de pádel que ya están ajadas, una nueva piscina cubierta y muchos bancos para que los adolescentes se reúnan a celebrar la ebriedad, la chanza y el desconcierto.

Se ha convertido en el referente de la plácida barriada de Libertad, un lugar con sol y donde las tardes se hacen largas. Es una de la zonas más tranquilas y respirables de Puertollano. Una zona para residir en silencio y mirar el reloj pocas veces. No suele haber problema para aparcar cerca de casa, esos coches discretos y utilitarios que decoran las filas de las aceras.

Cerquita del barrio se puede coger la carretera que lleva a la pedanía de El Villar, una aldea inspirada en Puertollano, un barrio de amplio espectro con alcalde y todo.

Los coches suelen transitar con el tempo medido por las calles del barrio. Divisando siempre el entorno, utilizando el temblor del recuerdo para disfrutar de la comodidad de estos días que nos han tocado en suerte o, al menos, de esa comodidad impostada con muchos aparatos inteligentes, pero con mucha electricidad en la interiorización de los patrones vitales.

Libertad es un buen sitio para el retiro. El parque hace que el aire sea más suculento, depurado por los árboles de nueva generación de los jardines. Además en el instituto Juan de Távora se asienta la Escuela Oficial de Idiomas y por las inmediaciones, por las plazas evocadoras cerca de la iglesia de San Antonio, suelen campear adolescentes que se han saltado las clases de inglés para besarse con fervor.

También comienza a hacerse visible la población inmigrante de Puertollano, sobre todo en la pista polideportiva de la barriada. Cuando llega el buen tiempo los argentinos, rumanos y ecuatorianos celebran, conjuntamente con los lugareños, el poder del fútbol como agente integrador en las sociedades.

Cañamares

Hay una plaza en el origen de la calle Misericordia, en el corazón de Cañamares, que tiene tres picos, tres bancos desvencijados y un buzón de Correos verde, de los antiguos, y otro amarillo, de los modernos. Andando un poco más para abajo nos vamos a topar ya con el labrantío descuidado, que hace frontera con la ciudad. En las inmediaciones se ha montado un cinturón verde desde donde se puede presenciar cómo la chimenea obesa de Sevillana genera ese humo blanco e interminable. Pareciera como si la chimenea fuera un artificio creado por un loco con el objetivo de fabricar nubes en tiempo de primavera.

Cañamares es otra de las barriadas con carácter de Puertollano. Comienza en la carretera que va hasta la Dehesa Boyal, en el vértice del llamado Pilancón de los Burros, y se va a extender hasta que los coches ya pueden correr en la carretera que va hacia Córdoba, atravesando el bellísimo valle de Alcudia.

El callejero de la zona está plagado por nombre de poetas, Federico García Lorca o Antonio Machado son algunas de las referencias de las calles. Algunas placas estarán con el formato antiguo, la chapa troquelada y vieja; otras serán esa especie de pegatinas que se adhieren a los cementos de las esquinas como lapas.

El barrio tiene una pendiente suave que parece que quiere impulsar a los habitantes hacia las lomas del Terry, que se puede ver casi desde cualquier punto elevado del barrio. Desde esos conatos de distancia, el Terry va a aparecer como una montaña marciana, con suave color rojizo y unas formas de gráfico de videojuego.

En las calles que descansan por debajo de la carretera de Córdoba la vida no es agitada, pero es intensa. Por ejemplo, durante uno de los paseos, justamente en la calle Caridad, presencio cómo dos niños se pelean con desinhibición para no dejar de estar sanos. Una anciana, con bata de felpa rosa que zurce los bajos de unos pantalones en el umbral de su puerta, se levanta con pachorra y sorna para separarlos, como habituada a que los niños se calienten para quererse así mucho más.

En algunos garajes de los bloques marrones del final del barrio hay familias que amontonan sacos de ajos, “esa flor mineral”, que se dice en Las Pedroñeras. Las motocicletas pululan con estruendo por esa zona y en los parques los más mayores se miran mucho, todo el tiempo, y miran también al que acaba de llegar, lo miran mucho, hasta que se cansan. Algunos niños muy pequeños andan por las calles tranquilamente mientras chupan un biberón y ven a los mayores planeando alguna trastada.

La calle Aprisco, con su nombre escarpado, atraviesa el barrio. Casi igual que Sagasta. En las azoteas de los edificios bajos se seca la ropa, mientras el viento primaveral agita e infla las mangas de los pijamas. Da la sensación de que los días de frío huele a leña, a hoguera, no en vano muchas casas tiran de chimeneas, creando los humos de las casas esas danzas literarias.

El influjo de la actividad minera es innegable. Se podría decir que los barrios han sido recortados encima del territorio del trabajo minero, colindando con los propios pozos de extracción. Hay mucho minero retirado que desea contar su historia, que añora la mina y que cuando van al Museo son temidos por las azafatas que exponen los paneles y la recreación: suelen poner todas las explicaciones de las muchachas en cuarentena.

Ya en la carretera de Córdoba, camino del Terry, justo cuando la señal de entrada en la población aparece o se tacha, hay un manojo de casas de las que nunca nadie ha hablado. Quedan entre la carretera y la vía del tren, apartadas y melancólicas, con visos algunas de deterioro, otras recién reformadas y con macetas en las verjas. Esta porción de barriada, en tierra de nadie, es testigo de excepción de la incidencia del tiempo sobre el patrimonio minero de ciudad.

Este ha sido este recorrido: sobre ese patrimonio minero, que hemos recorrido a través de la tangente que anuda el símbolo de nueva creación (el Museo) y la imagen un tanto aberrante de la minería: el Terry.

De cerca la montaña artificial, pierde el color rojo. Los pelos vegetales que le han ido creciendo a la elevación, hirsutos e indomesticables, convierten la imagen del Terry en algo mucho más desquiciado, en un retrato donde la naturaleza demuestra que puede detonar en cualquier sitio. Las inmediaciones del Terry son tierras blandas, negrísimas, algo parecido a asfaltos sin emulsionar. A un metro de sus paredes, el sonido que emiten las cigarras para dar la bienvenida al verano es ensordecedor.