Edición mensual - Junio 2008 - Opinión

Nada por aquí, nada por allí

Enrique Buendía

Nº 200 - Opinión

Imprimir

O yo estoy equivocado, o España y la mitad al menos de los españoles está perdida. Un hombre de mi edad, nacido a mitad del siglo pasado, que creció con Franco y contra Franco buscó la libertad para hacer más grande este país, se está quedando sin libertad y sin país. Cuanto alabamos de la Constitución, forjada sobre la reconciliación nacional, está desapareciendo como en un juego de magia con los partidos “a través de los cuales se encauza la participación política”. Primero fueron los nacionalistas que por resabio del franquismo no les llamábamos separatistas, a los que se dedicó el chapucero título VIII para que se “sintieran cómodos” en el Estado de las Autonomías, pero que por las malas (terrorismo) o por las buenas (cambio de Estatutos) ya no les sirve y nos han desalojados a todos. Hoy sabemos que 15 millones de españoles no pueden estudiar en la lengua oficial del Estado en cuatro comunidades autónomas, conculcando el derecho y el deber a usarla (art. 3.1) de estudiantes y comerciantes con la connivencia de los tribunales de garantías. Hagan la prueba de leerse la parte dogmática de la Constitución desde el título preliminar hasta el título segundo de los derechos y libertades y verán lo que queda en pié. Cambiando las palabras han forzado las voluntades a renunciar a la propia soberanía nacional que ya no reside en el pueblo español, sino en el contubernio político de 17 comunidades. Citando la pluralidad cuestionaron a los disentían de la secesión, invocando la democracia negaron los derechos civiles que son siempre individuales, y mientras unos agitaban el árbol del terror, provocando desterrados y disidentes con guardaespaldas, otros recogían las nueces.

Quedaban por el suelo los mártires de nuestras libertades civiles y un pacto contra el terrorismo suscrito por los dos partidos nacionales, pero tras la masacre de Atocha que nadie ha investigado, comprendiendo el PSOE que por la ley electoral jamás podría gobernar sin sus apoyos nacionalistas, no han quedado de él ninguna sigla: pues ni partido, ni socialista, ni obrero, ni español es. La Ezquerra, que había negociado en Perpiñán un protectorado terrorista para Cataluña, le dio a ZP la bienvenida al club y el parlamento en uno de los actos que mejor definen la perversión de las instituciones democráticas le entregó una carta para vérselas con la banda. Nunca sabremos la mano que mece la cuna de este pueblo resignado con el masaje de los telediarios a su suerte, aunque sospechamos de sus beneficiarios, pero cuanto más evidente resultaba la sarta de mentiras de los gobernantes sobre la negociación, la crisis económica, los trasvases, etc. más resonaban en el apoyo de sus forofos los gritos ante el rey felón: “¡Vivan las caenas!”. Aislando con un cordón sanitario en los pactos del Tinell la derecha extrema por acompañar a las víctimas con la pancarta “Nunca caminareis solos” y por recordar que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad sólo pueden garantizarse dentro de la nación frente a los guetos totalitarios de las autonosuyas, quedó claro el papel de los medios. Las ansias infinitas de paz hicieron el resto: negociar el modelo de Estado con los que buscan su destrucción, sean agitadores o recogenueces.

Ingenuamente pensábamos que tras las elecciones del 11 M el PSOE se decantaría entre los partidarios de un estado nacional que subvencione al menos a los gorrones de su partida y los separatistas del PSC y PSE que no quieren compartir, pero bajo el signo del Zorro ingenuamente piensan haberla ganado ambos bandos. “El PSOE necesitaría 100 años para lograr que la riqueza andaluza fuera proporcional a su población”, leo en Libertad Digital. Entre tanto, el Rey contra su propio consejo alaba la honradez de ZP y dice saber adonde vamos. Que el Señor le conserve al monarca, si no el reino, la vista, porque la perspectiva que ofrece Emilio Campmany parece haberla meditado el Borbón: “Vayan pues haciéndose a la idea de que el debate ya no será entre socialistas y liberales, ni entre progresistas y conservadores, tampoco lo será entre nacionalistas y constitucionalistas, sino que acabaremos discutiendo entre federalistas y unionistas, monárquicos con la boca chica los primeros y republicanos a la fuerza los segundos”. Pero lo más grave estaba por llegar. No es lo peor perder unas elecciones por los principios sino canjear los principios para tratar de ganar las siguientes, y el partido que recomendé votar por ser el único nacional, ha abandonado su defensa por las estrategias demoscópicas del imperio mediático de PRISA. Desde el discurso de Elche, Marianico ha señalado la puerta a liberales y conservadores y escarnecido a los pocos medios que se atreven a resistirse a la empanada progre. Han dejado sin representación los valores constitucionales como la igualdad de los ciudadanos dentro de la nación y desamparado los derechos civiles como la libertad de los individuos en asuntos de conciencia, de mercado, de libre elección en la educación de nuestros hijos, cuyo único refugio pensábamos y pensamos se encuentra en España. Ya sabíamos que se avergonzaba de nosotros porque acompañábamos a las victimas y de nuestras creencias que pensamos han fundado los lemas de la revolución francesa y lo que de valor tiene esta civilización occidental, pero que llamen duros, radicales y extremistas, porque no se resignan con el paisaje de esta democracia televisada suena igual que los que califican a la COPE de incitadores del odio porque piden libertad y resisten al totalitarismo nacionalista. Todo parece listo como hace dos siglos para la abdicación y los únicos medios de prensa, radio e Internet que lo denuncian tienen ante sí, lo mismo que todos nosotros una orfandad que no puede tardar mucho en tener que ser orientada y repuesta.

Piensan los que viven de cargos públicos que sus cambalaches que han deteriorado las instituciones desde la justicia, la educación, y la representación política nos dejan indiferentes ya que los que mantenemos principios y valores somos una especie de concesionarios que pueden rotular según quien lo compre. Creen que como al otro partido supuestamente nacional nos importa ganar de cualquier modo. Es posible que Marianico crea que si no hay nación me importe mucho que gane o no el PP y ese símbolo de la renovación del partido que es Fraga y su ahijado Gallardón. Cuán ingenuos me parecen. Cualquier español nacido a mitad del siglo pasado que conociera desde el franquismo hasta la constitución se frota los ojos ante este paisaje después de la batalla en el que sólo quedan muertos y pendones. Como decía Cromwell: “Confiemos en Dios y mantengamos seca la pólvora”.

La degeneración de las instituciones explican el efecto Zapatero y no al revés, hasta liquidar la constitución de 1978 y propiciar el cambio de régimen sin consulta previa, como ha explicado Agapito Maestre. Han ido tan lejos que nadie cree que seamos una nación, ni el propio monarca, y que aspirando a la libertad y a la igualdad como sinónimos de España nos conformamos con una democracia televisada donde coincidan la mayoría de las cadenas. “La locura es rara entre los individuos pero frecuente en los pueblos”, advertía Nietzsche. No encuentro ejemplo en la teoría política moderna. Ni en Hobbes que a cambio de garantizar la vida e impedir la venganza personal armaba a Leviatán para acabar con las bandas, no para negociar. Ni en la teoría liberal de Locke y Montesquieu con la división de poderes. Es perversa la sustitución de la opinión pública por la publicada en la televisión, que es lo único que leen la mayoría de los españoles, o los programas educativos para la ciudadanía que habiendo abandonado unos contenidos comunes al Estado para edificación de 17 reinos de chiquilicuatres, nos propone en vez de nuestra conciencia impartir los prejuicios del gobierno de turno. Ignoro si el desprestigio internacional o la crisis económica que se avecina serán una piedra de toque para este sueño mediático y mediatizado, pero es grave dejar a la intemperie tanta afrenta en un sistema democrático, porque en la medida que no represente la verdadera diversidad del pueblo en esa misma medida tenderá a ser tiránico. Cuando se perciba la desigualdad en los presupuestos autonómicos, la insolidaridad dentro de los mismos territorios en una España invertebrada quizás despierten los de Vivan las caenas. “Quizá en el abismo florezca la solución”.