Edición mensual - Junio 2008 - Opinión

¿Poesía manchega?

Chema T. Fabero

Nº 200 - Opinión

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Por supuesto, al aceptar la existencia de una verdadera “poesía manchega” estamos de inmediato admitiendo, puesto que su definición adjunta el gentilicio referido, que esa poesía lleva implícita unas maneras comunes a un conjunto de poetas cuya relación se fundamenta en la observancia de La Mancha como recurso temático o, cuando menos, marcada referencia creativa. A propósito no hablaríamos aquí, por evitar confusiones, de aquellos artistas que al margen de su gusto por el verso no mantienen entre sí otro vínculo que el geográfico (y que en lo literario tal vez estén más cerca de un poeta de Pernambuco que del vecino), sino de hombres y mujeres suficientes para dar coherencia a cuanto desde esa perspectiva pudiéramos denominar “poesía manchega” justamente porque, ya sea de un modo u otro, muestran una inequívoca influencia de lo manchego convencional en sus respectivos quehaceres poéticos.

Llegados aquí pocos dudarían en aludir a Juan Alcaide a la hora de inaugurar el invento. No en vano, afianzada ya su producción lírica en las creencias religiosas, el poeta de Valdepeñas lega a sus epígonos un material que en todos ellos acabará siendo recurrente –con frecuencia también asfixiante-; desde esa hondura moral que tantas veces parece privativa de quienes habitan el espacio rural, hasta la cardencha y la llanura en sus más tautológicos loores, aun cuando resulte evidente que el empeño del paisanaje por enfatizar lo costumbrista y lo localista ha desfigurado en la obra de Alcaide su consideración universal, algo que tanto por el bien de la poesía como por el bien del poeta y por el nuestro deberemos seguir reivindicando. Pero esto es lo que hay. Y detrás de ello, tomando el mismísimo cuerpo del poeta como punto de partida (“Tierra manchega, mi cuerpo”, escribe Juan Alcaide en su “Autorretrato”) un conjunto de pretensiones y pretendientes a quienes habría que descabalgar a verso limpio.

Sin embargo, haciendo caso omiso de lo mejor de Ángel Crespo, Gallego Ripoll, Manuel Juliá, Dionisio Cañas y otras pocas magníficas excepciones, es de temer que en provecho de la menudeada “poesía manchega” sigan existiendo quienes a troche y moche se obstinen en continuar llevándonos por una era dos veces trillada sin después de tanto tiempo valorar distintos caminos, olvidando que desestimar el costumbrismo fácil y concretar el deseo de abrirse al mundo son características forzosas de toda creación artística. Y no deberían valer las razones que pudieran argüirse bajo pretexto de proteger e impulsar “nuestra” poesía precisamente porque, una de dos, o se aspira a lo universal del mismo modo que puedan hacerlo un bonaerense, un muniqués y un cairota, a destajo, sin complejos ni reticencias, o el resultado ni es “nuestro” (o sea, de todos) ni es poesía. A fin de cuentas -sólo faltaría eso- aquí nadie sugiere a nadie la idea del desarraigo, pero insistir tan cavilosamente en el terruño no puede sino revelarnos una suerte de localismo ejercido con vocación municipal y afán ventajista, burda prueba de “mancheguismo” (tanto daría si fuese de andalucismo o catalanismo ) que una y otra vez airea el vate de turno con la esperanza de obtener el reconocimiento de su corral y, si fuese dado, la vanidosa recompensa de una flor natural y unos cuantos euros de añadido.

Decir, como bienintencionadamente supo escribir Valentín Arteaga en el prólogo a su antología “4 poetas manchegos” que “lo autóctono debe universalizarse” (sin duda entonces se iniciaban tiempos propicios para reivindicar lo propio) no fue decir ayer nada nuevo ni sería nada nuevo decirlo hoy, en esencia porque eso que damos en llamar autóctono es y ha sido siempre universal de por sí, tanto como pueda serlo lo más íntimo del ser humano, sin necesidad de cataplasmas ni discursos apologéticos. Antes al contrario, lo autóctono, como todo símbolo efectivo para transitar los caminos del arte, comienza a desaprovechar su universalidad precisamente cuando, a fuerza de abundar en ello, estamos en realidad cercando y exprimiendo aquello que deseamos cortejar.

Un ejemplo: decir que Juan Alcaide (por regresar al autor paradigmático) es un gran poeta manchego es decir sólo una pequeña parte de la verdad, engañosa por tanto, que en buena medida pervierte una lectura menos subjetiva de su obra; una lectura, libre de dictámenes a priori, capaz de trascender esa simpleza definitoria donde se restringe una gran producción poética y se la circunscribe a un único paisaje. No de otro modo, suele suceder cuando se demanda la universalidad de lo autóctono que no hacemos sino reclamar reconocimiento para lo provinciano en la peor de sus acepciones y, como es el caso de los imitadores “mancheguistas” y monopolizadores de Alcaide, merodeando hasta el hartazgo la inmensa línea del horizonte, las campesinas soledades hondas y, erre que erre, la desnuda naturaleza que viste saya de penitente.