Edición mensual - Junio 2008 - Historia

Ojo de pez ... Ojo de pez ... Ojo de pez

Aguas mayores, aguas menores

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 200 - Historia

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El agua es el fermento de la vida. La civilización, todas las civilizaciones, han germinado y crecido en sus orillas y cada nuevo paso que hemos dado se ha visto regado por los nutrientes fértiles de nuestro entorno. Miles de años de desarrollo nos han conducido a la situación actual. En esta España de nuestros amores, y con las pautas de vida actuales, las necesidades de agua son infinitamente mayores que las de nuestros abuelos. Estamos instalados en la cultura del despilfarro de agua: duchas diarias, filtraciones en los sistemas de acometida de agua tenidas como algo normal, campos de golf en antiguos secarrales, maizales donde antes no crecían ni magarzas, trasvases a ninguna parte… Demasiados lujos hechos necesidad como para que no surjan los problemas, los desajustes. En este contexto, las voces que se alzan en pro de un desarrollo sostenible parten del hecho que las modas y los modos actuales son intocables y que los niveles de consumo sólo pueden seguir una curva ascendente.

Puertollano, como el resto de pueblos del mundo, nació entorno del agua. Aunque estaba cerca el río Ojailén, sus excesivos agostajes no permitían mantener una gran población, aparte de que las heladas arrasaban los cultivos hortofrutícolas de otoño e invierno. Es mas, en sus alrededores no faltaban afloramientos naturales de agua cómo el de la Rincona o las Pocitas del Prior (conocida ahora de forma popular como la Charca de los Patos). Además, en nuestro entorno geográfico más inmediato contamos con una singularidad tan especial como las lagunas de origen volcánico, en torno a las cuales nuestros antepasados desarrollaron buena parte de su vida; así como el agua ferruginosa o agria que forma parte de la cultura histórica, constituyendo una de las señas de identidad más íntimas de la mayor parte de los puertollaneros que son o han sido.

Y es que no podemos dejar de lado la vertiente simbólica del agua. De un lado su virtud purificadora, sublimada religiones y recogida en creencias populares. Por otro, el orgullo que los naturales tienen de sus manantiales, que glorifican en poemas o defienden a capa y espada en los corrillos de las plazas con naturales y forasteros.

Pero es que, además, el nivel freático donde se halla el agua en el subsuelo del casco urbano de nuestra ciudad es bastante superficial, multiplicándose las casas con pozo, aunque no todos los manantiales fuesen de agua potable. De este modo, a su valor económico se añade un plus simbólico y cultural que hace de cursos de agua, afloramientos y fuentes referentes inevitables a la hora de identificar o caracterizar a una determinada localidad con respecto al resto de lugares circunvecinos. Baste decir que a fines del siglo XIX se acuña el término aguagrieros como gentilicio de los puetollanenses.

Desde luego, en el pasado, el consumo de agua agria no era cotidiana ni muchos menos indiscriminada. Para el día a día, nuestros antepasados se abastecían en las fuentes públicas de agua dulce. Eran las mujeres las encargadas del engorroso abasto de agua, aguardando pacientemente su turno junto a uno o dos cántaros de barro que acarreaban a las tinajas o pilas de sus viviendas. En las grandes ciudades había aguadores, pobres desgraciados que malvivían vendiendo el líquido elemento por las calles o que estaban “ajustados” con los vecinos para proporcionarles agua por unas monedas. Una vieja maldición rezaba así; “aguador en Ronda seas”, recordando las pesadumbres de aquéllos que estaban obligados a bajar al tajo de dicha ciudad andaluza a por agua.

Por estos lares, los trabajos no eran tan ímprobos, aunque desde luego ese desacarreo diario de mujeres jóvenes y no tan jóvenes cargadas de ropa para lavarla a los arroyos; de hombres arreando mulas dobladas de costales de trigo camino de los molinos harineros motivos por ruedas hidráulicas o de niñas y mayores con los cántaros a la cadera.

El remoto casco histórico de Puertollano estaba vertebrado alrededor de las calles que rodeaban la plazuela de las Fuentes (Vieja y Nueva) o plaza del Pozo Dulce (actual plaza de la Tercia), que no por casualidad constituía la zona comercial tradicional por excelencia. Por lo que sabemos, parece que tales fuentes nunca se cerraban, alimentando una gran alberca propiedad del comendador de la villa con la que se regaba la mejor huerta del lugar, nombrada de las Cañas, como la calle homónima. Nada menos que en 1580, el apoderado del señor del lugar aseguraba que “era costumbre inmemorial que [el] agua que resulta de las que dicen Fuentes de la dicha villa vaya toda a parar a un albercón grande y antiguo que esta dentro de una huerta que la dicha encomienda tienen, que se llama de la Orden, con la cual agua siempre se han regado y riegan las hortalizas y legumbres que están dentro de la dicha huerta”.

Mediado el siglo XIX, el vecindario se surtía de dos manantiales de agua dulce: la llamada Fuente de la Santa, emplazada en la falta del Cerro de Santa Ana, y de otro manantial ubicado al este de la localidad. La avalancha de mineros a fines del siglo XIX hizo que se disparase la demanda de agua, construyéndose la Fuente de los Cinco Caños, que al principio sólo contaba con dos salidas de agua. En realidad hasta la década de 1960 no se palió en serio este problema endémico, y todo gracias al Pantano de Montoro que en realidad estaba destinado a proporcionar agua al Complejo Industrial, una servidumbre que se ha mantenido hasta antesdeayer.

Instalados en la precariedad durante siglos, los nuevos ricos que somos los puertollaneros de hoy hemos olvidado. El recrecimiento del pantano y las aguas de un mayo particularmente generoso en lluvias nos hacen mirar con optimismo al futuro más cercano. Es decir, a la mejora de las infraestructuras, se ha unido una buena coyuntura; bendito sea Dios. Pero por otro lado, las nuevas instalaciones industriales y una población en ligero aumento auguran nuevas cuitas en un horizonte no muy lejano.

Y sin embargo la pregunta el millón es ¿hasta dónde podemos o queremos llegar? Los recursos naturales se pueden agotar antes de lo pensamos. Baste como ejemplo el petróleo, o el resto de combustibles fósiles que están esquilmando los bolsillos de los ciudadanos y trastocan las expectativas de crecimiento mundial. Ante esta perspectiva, incluso se están elevando voces propugnando una vuelta a la energía nuclear, una fuente energética maldita en muchos países occidentales. De las centrales nucleares francesas hoy en día España compra buena parte de su electricidad y Albania ha sacado pecho a la hora de brindar suelo donde localizar los nuevos generadores atómicos. Pero ¿qué niveles seguridad tendrían las nuevas instalaciones? La cuestión está que es casi imposible, por dejar algún pequeño margen, conciliar todo; tanto es así que tampoco falta quien se queje porque los nuevos molinos afean el paisaje, cuanto la estética está sujeta a interpretaciones personales.

El precio que pagaremos necesariamente será alto. Estamos (mal)acostumbrados a un ritmo de vida y de consumo inviables a medio plazo y tampoco podemos confiar sólo en la tecnología como si de una nueva religión se tratara. Ya veremos si el raciocinio se impone en un futuro cuanto más inmediato mejor, porque si no estaremos aviados. Disfrutemos de esta fresquita primavera tardía, que los rigores del estío se acercan.