Edición mensual - Marzo 2008 - Puertollano

La doctrina del shock

J. Carlos Sanz

Nº 197 - Puertollano

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Todo cambio, es un cambio de tema. Era la primera vez que muchos contemplaban una Fuente Agria sin agua y ante una imagen inédita sobreviene una conmoción, un shock para la retina y el imaginario colectivo de los puertollanenses.

Transcurrieron varios días hasta que el agua volvió a brotar por los cuatro caños; sin embargo, la magnitud del problema, el emblema de esta ciudad precintado por la Policía Local, la incertidumbre que se rumiaba entre la población al no tener la certeza de si el agua agria volvería a su cauce y la confirmación por parte del Equipo de Gobierno de que el acuífero había sido perforado por unas obras de edificación aledañas, trastocaron la habitual percepción sobre el icono.

El shock, aunque sea a escala local, acarrea una sensación de cierto vacío, de que las cosas ya no volverán a ser como antes. Sí, es cierto, el gabinete de crisis en que se convirtió el Equipo de Gobierno esos días, con un alcalde que comparecía diariamente para detallar las operaciones que a toda prisa se estaban acometiendo para recuperar la trayectoria del agua agria y al mismo tiempo ofreciendo un discurso mayestático del tipo “haremos todo lo necesario para solucionar este problema”, se caracterizaron por la eficiencia y una resolución vertiginosa del conflicto; pero se había producido una brecha en la normalidad, en la relación cotidiana de la población para con su patrimonio estrella y del que todos presumimos.

Todos hemos sido responsables de lo sucedido

Si ya de por sí el que una centenaria fuente se quede sin agua por causas naturales provoca lamentos, el que en esta ocasión “la actividad humana” haya sido la responsable del incidente añade, si cabe, un componente extra de decepción y rabia. En los primeros días muchas personas se acercaban a la fuente para echar un vistazo, quizás para convencerse de que era cierto lo que estaban viendo y otros, convencidos de sus peores previsiones, accedían al recinto, cámara en mano, para inmortalizar la imagen impactante que suponía ver la Fuente Agria seca.

El shock produjo acaloradas discusiones, fabulaciones impensables, especulaciones, disparates dialécticos y un batiburrillo de quejas expulsadas desde el sentimiento más visceral. En esta ciudad deambula un sentir popular, si la fuente agria se queda sin agua el alcalde de turno, aparte del marrón que supone, tiene sus días contados. Es obvio que tal maldición ha sido exagerada en el transcurso de los años, de hecho en esta ocasión se ha actuado con rapidez y no ha habido ninguna sublevación popular, no se han producido levantamientos espontáneos ni manifestaciones como más de un exaltado barruntaba en los momentos iniciales de la crisis.

Aunque no llegue la sangre al río, y no sea la primera vez que en la fuente agria deja de manar agua, lo ocurrido sirve para tomar el pulso de la ciudadanía con respecto al apego que tiene a su emblema; y es bastante, lo suficiente para que el Equipo de Gobierno no escatime en recursos materiales y humanos con tal de que la falta de agua se extendiera en el tiempo lo menos posible. Cuando el propio Murillo reconocía que el Estudio Hidrogeológico debería haberse hecho antes para evitar incidentes como el acontecido, algunos ciudadanos justificaron sus denuncias de falta de previsión del gobierno local. Ocurre, sobre todo en este país, que no se toman medidas hasta que no se le ven las orejas al lobo. No se puede hablar de negligencia, de imprevisión por parte de una administración local, pues en definitiva, el símbolo que es la Fuente Agria pertenece a todos y es responsabilidad conjunta y compartida su mantenimiento y conservación. En las pasadas décadas, ya hubo avisos de deterioro y el caso más conocido fue la demolición de la plaza de toros que provocó una merma del caudal y pérdida de fuerza en el agua agria.

Es de dominio público que las obras que en estos años se han realizado en las inmediaciones han afectado, de algún modo, al venero que recorre el subsuelo. Incluso, algunos historiadores locales, caso de Miguel Gómez Vozmediano o Luis Fernando Ramírez, ya han alertado en varias ocasiones, a través de artículos, del riesgo que suponía conceder licencias de obras sin tener un conocimiento previo de la trayectoria que sigue el acuífero. El agua agria ha perdido en calidad y en fuerza; muchos recuerdan, incluido el que les escribe, de ese potente sabor a herrumbre que hacía lagrimear los ojos y provocaba cierto escozor en el paladar. Hemos de admitir que en estas décadas los habitantes de Puertollano hemos pecado de exceso de confianza y no ha habido una conciencia social firme como para exigir tomar cartas en el asunto. Ningún partido político, ninguna asociación, ningún colectivo social, ninguna fuerza vecinal, ha solicitado en todo este tiempo la ejecución de un estudio o la modificación de la normativa urbanística, o sea que aquí todos somos culpables.

Un vínculo difícil de olvidar

Ahora que desde el Ayuntamiento se custodiará el agua agria como si les fuera la vida en ello, permítanme evocar escenas cotidianas en la relación ciudadanía-fuente agria.

Concretamente, de cómo el puertollanense vivencia ese espacio octogonal, rodeado de escalinatas a las que se accede a los cuatro caños. Una fuente que cumple el requisito de lugar emblemático, de símbolo para una población, de icono exportable al resto del mundo. Del morbo que nos genera ver las caras de desconcierto que ponen aquellos que son de fuera y prueban por primera vez un agua cuyo sabor metálico causa estupor en los forasteros, “¿Cómo podéis beber esto?”, recuerdo que me dijo alguien un día.

La Fuente Agria como el mejor sitio donde concertar una cita, donde quedar con los amigos, donde iniciar la juerga nocturna. Un sitio que no tiene pérdida, que todo quisqui conoce, que a cualquier hora del día siempre tiene visitantes, ya sean personas mayores apoyados en la barandilla que se asemejan a bandadas de pájaros descansando y comentando chascarrillos, ya sea lo mal que juega el Madrid últimamente, lo mucho que mienten los políticos, qué sería del entorno de la Fuente sin esas conversaciones de besugos.

Un espacio compinche y confidente de confesiones a largas horas de la noche, un lugar donde mirar las musarañas cuando no hay nada que hacer. La Fuente Agria que en los años 80 era el caladero donde los yonkis hacían sus trapicheos, donde un montón de personas esperaban horas y horas para llenar sus carrillos repletos de botellas de La Casera o Revoltosa, esos recipientes cromados en óxido rojo que daban un aspecto repulsivo para “los de fuera”. La Fuente como espacio público, donde el que les escribe se lo pasaba bomba durante los veranos sentado en las escaleras, guardando “la vez” para llenar mis botellitas, mientras escuchaba el griterío de los demás, mientras me desternillaba cuando algún ingenuo hacía intento de echar un trago en alguno de los caños que no fuera “el de beber” y se llevaba la correspondiente bronca. Ese caño para beber sobre el que nadie nunca se ha puesto de acuerdo acerca de porqué le correspondió tal asignación. Y cómo no, la de personajes que aparecían por allí, tipos como el “Juli” que se ganaba la vida llenando botellas y llevándolas después a domicilios o el “Totas” un individuo con pinta de Sandokán que siempre iba en calzoncillos y con una libreta en la mano provocando el chismorreo general.

La Fuente coronada por el busto de algún ilustre que ha dado lugar a interminables conversaciones sobre su identidad, que si el Doctor Limón, que si un tal Mestre, que si algún pez gordo que vivió en Puertollano. La Fuente Agria que en todos estos años ha sido una suerte de corrala manchega donde aliviar los calores y rigores estivales echando un traguito con aquellos vasos de plástico circulares que se abrían emulando las serpentinas. La Fuente en ocasiones un hervidero de personal y en otras un espacio de quietud, ¿Quién no ha anhelado beber agua sin la presencia de nadie más? Como si aquello fuera un acto de irreverencia, un antojo personal, el poder beber del caño que a cada uno le plazca sin temor a recriminaciones.

En definitiva, la Fuente Agria, más que un emblema, es y seguirá siendo un espacio público donde los puertollanenses se reencuentran con su identidad. Por eso, cuando el shock se apoderó de la ciudadanía durante varios días, hubo un cambio de percepción, hubo melancolía en el ambiente al ver una fuente sin su agua agria. Como si nos hubieran extirpado algo, como si de cuajo nos hubieran arrancado esa parte que configura el contorno de lo que aquí somos. Del shock se extrae la siguiente doctrina: que lo sucedido no se vuelva a repetir y que consolide una actitud de respeto y mantenimiento ante nuestro emblema.