Edición mensual - Marzo 2008 - Puertollano

Arquitectura personal de Puertollano: 3) Las seiscientas, todo su entorno

Los márgenes se modernizan

Eugenio Blanco

Nº 197 - Puertollano

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Y la ciudad tenía que crecer. La comercialización del suelo, la arritmia innombrable de la voracidad por el suelo tenía que venir a Puertollano, también. Y a las espaldas del Hospital de Santa Bárbara quedaba hueco, y allí se ha montado algo así como las primeras hileras de casa unifamiliares.

Entonces ya todo parece más anglosajón, con sus tejados enrojecidos, con esas casas de paredes que parecen estar hechas en serie. Están hechas en serie, como una nueva gama de coches. Las Seiscientas, una de las barriadas más personales de Puertollano, ya no empiezan ni acaban con esos edificios de tres o cuatro plantas, blanco, obrerísimos, sino con una zona que parece estar sacada de una película yanqui de esas que recrean un lugar donde no pasa nada hasta que empiezan a pasar cosas.

Bien es cierto que este texto que usted ha empezado a leer es impreciso. Las Seiscientas es la pequeña barriada que se construyó a mitad del siglo pasado, secundando la calle Tomelloso, en puridad, se constituye de las seiscientas treinta viviendas que alzó La Sindical para gente obrera. Sin embargo, desde ahí, desde ese punto de inicio, se establece un origen para toda la zona norte de Puertollano.

Por eso mismo, este recorrido por esta zona excluirá el nombre de Fraternidad, no por nada, ni por desdén ni nada de eso, simplemente porque en el imaginario colectivo del puertollanense reside el nombre de Las Seiscientas para nombrar un espectro de la ciudad, un carácter propio de Puertollano, la primera frontera que tiene esta ciudad para saludar al visitante que viene de las zonas nobles de la provincia y del resto del país.

Dicho queda. Una vez establecida la precisión, se podría pensar que los nuevos PAUS que se están construyendo y que están empezando a convertir esas zonas de la localidad en decorados de telefilme desgarrador, no combinan para nada con la fisonomía del barrio. Son otra cosa.

Sin embargo, como decíamos, representan el hecho de que la ciudad establecida, como todas, empezó a rebosar y tuvo que comenzar a expandirse a espaldas del Hospital de Santa Bárbara, que parecía que se iba a quedar como un vértice de Puertollano.

Los roles sociales también cambian, entonces, puesto que los nuevos propietarios de esas casas ya no tienen la etiqueta a fuego de obrero, puede que lo sean, puede que sean los hijos de los obreros que habitan, pongamos por caso, en la calle Montesa, pero ya con la cuña de los nuevos tiempos, estos nuevos tiempos que dictan que casi todo el mundo puede tener una vivienda unifamiliar con garaje, aunque casi nadie pueda vivir lo suficiente para pagar las hipotecas pertinentes.

Además la autovía A-43 se coge entrando por las Seiscientas, por las calles que bordean el Recinto Ferial, y este hecho le confiere al barrio un aire más cosmopolita, el aire moderno que conlleva la implantación de las señalizaciones azulonas de las vías, las rotondas de amplio arco y las señas luminiscentes que dirimen los diferentes carriles que transitan el tráfico por uno de los costados de la barriada.

Actitud

Pero las Seiscientas es ante todo la imagen de un tendedero que se vierte hacia la calle. También la imagen de la señora que sigue barriendo su puerta. Las vecinas que compran el pan y se pasan media vida haciendo colas en la carnicería del Autoservicio Vigar. Los hombres sin afeitar que desayunan porras con café y anís. Los jóvenes con pelo a cepillo que tienen que mantener imagen de tipos duros porque van montados en una escúter y portan un casco en el codo.

Pero las Seiscientas también es el barrio de la familiaridad, donde se mantiene más la máxima de que el barrio pertenece a sus gentes, que las cosas son de todos, los problemas son de todos, las cuitas, las chanzas, las algaradas, los sueños, la sensación de que la ciudad queda lejos, aunque la ciudad en cuestión sea pequeña y patee en poco más de una hora.

Se convive todavía con el afán de la superación, pero cuidando las raíces con esa fortaleza propia de quien ha encontrado un hogar y sabe que eso del hogar no es cualquier cosa, no es un concepto que se pueda decir tan a la ligera como lo dice quien ha nacido con todas las burocracias sociales en regla.

Bien es cierto que ahora los pobladores de las Seiscientas, como en todos sitios, no son ya esas familias pobres que vinieron a buscar a la pequeña ciudad un futuro porque estaban hartas de sacrificar sus huesos en esas curvas sufridas que tenía el pasado. El progreso ha ido rodando para todos, no para todos del mismo modo, claro, pero sí ha ido ofreciendo oportunidades de desarrollo como si la tómbola no cesara de dar premios.

Aun así, todavía tienen los niños del barrio cierto impulso tremendista. Recuerdo, de adolescente, las historias de mi amigo y compañero de curso en el Dámaso Alonso, Alfonso Ruiz, que nos contaba que había estado jugando con los chicos del barrio al “juego del que más aguanta”. ¿En qué consistía? En que los dos participantes chocaban sus manos con fuerza y dejaban un hueco por donde otro de los chicos introducía el gas de un mechero para prender después la bolsa. Los dos participantes, entonces, tapaban los orificios y mantenían la llama en un choque nervioso y apretado y se miraban a los ojos. Quien retiraba la mano primero, perdía. Mi amigo Alfonso solía ganar casi siempre y a la mañana siguiente nos enseñaba a los chicos de la clase sus ampollas en la palma de la mano con un orgullo de marine recién regresado de alguna guerra en las inmediaciones del Golfo Pérsico.

La modernidad, la tradición

Seguramente ningún barrio de la ciudad comparece con más ahínco a su candidatura con la modernidad, a la modernidad forzada en muchas ocasiones. Lo que hablábamos antes: el ajuste con el tramo de autovía otorga ese afán de ciudad ciudad de Puertollano. Pero no sólo eso: el centro comercial o mall (como dicen los americanos) de Puertollano, la marca esa francesa donde todo el mundo va a comprar, también se inserta en esa zona de la ciudad. También se está diseñando en la calle Malagón el conato de una ciudad deportiva, con un centro de especialidades, al lado del pabellón de fútbol sala y a unos palmos del Sánchez Menor, estadio feísimo para el fútbol con su pista de atletismo y todo eso, pero estadio donde el Puertollano ha comenzado a inaugurar su futuro de club referencia del fútbol modesto.

El hospital, ya con helipuerto, también hace que el tiempo no dé consignas al anclaje. Incluso se está construyendo una plaza de toros, para bien o para mal, que es una iniciativa del alcalde, aficionadísimo a estas cosas, y que parece ser va a renombrar la afición taurina en la ciudad. Tardes de palco y puro viendo el sufrimiento de los astados, bajo el viento proclive a la vida de las Seiscientas.

Pero el barrio, como decíamos, comenzó con la construcción de las viviendas de avión allá por el año 58. Viviendas sociales que tenían que ver con el Plan Badajoz y que fueron habitadas por gente obrera, cuando Puertollano era un territorio de gentes obreras, cincuenta años antes se hicieron estas viviendas, cincuenta años antes de que Puertollano siga siendo una ciudad de 49.000 obreros y algunos pocos desclasados que se dan betún a los zapatos durante más de veinte minutos antes de salir a pasear por la calle Vélez.

Vivían muchos gitanos en las Seiscientas. Recuerdan muchos habitantes del barrio su manera peculiar de vivir, siempre con esa sensación de amontonamiento de las cosas, de convivencia con los animales y la persistencia y el azuzamiento del clan, que es seguramente la seña de identidad más arraigada de esta etnia.

Como ocurría en El Poblado, el centro, “el pueblo”, quedaba casi en otra dimensión. Y más, lógicamente, años atrás cuando la ciudad no estaba iluminada y el tránsito hacia la zona del Paseo parecía una huída por las tinieblas que se hacía eterna cuando menos.

Ahora el barrio parece tener una estructura muy bien diseñada, de calles rectas y cuadrículas medidas. Se parte siempre, ahora es así, de la glorieta del Castillete, que impone su mirada y su longitud en toda la zona de apertura de Puertollano. Desde ahí se establece el Recinto Ferial, adoquinado y con ese necesario aire infantil que tiene que componer un espacio que sirve para las borracheras del personal y para que los niños coman algodón dulce en mayo y en septiembre. La otra vía importante es la calle Tomelloso, en diagonal, que se establece como frontera y que desemboca en la carretera de Almodóvar.

En un punto medio entre los tres puntos mencionados se encuentra la plaza donde se establece el Bar J.J., con su aspecto de bar de pueblo, pero con luminoso rojo que incita a revolverse en su barra. Esa plaza es el inicio, la cercanía del barrio, donde los hermanos todavía comparten vueltas en bicicleta y los ancianos leen los diarios gratuitos en las mañanas de primavera.

En esa zona, en ese epicentro, se hallaba anteriormente la añoradísima iglesia de las Seiscientas, que se colocó en los cimientos de un bar. Muchos recuerdan todavía las bromas de los vecinos que decían que el cura iba a oficiar misa en la barra donde se servían anteriormente las viandas y los chatos de vino.

Ese entramado de calles que sale de la calle Tomelloso dirección al colegio Ángel Andrade, poseen ahora el estigma inquebrantable de la tranquilidad, el peso silencioso de la luz de las farolas, el goteo contado del tráfico, la placidez que otorga siempre los barrios constituidos en casas de techos bajos, en casas donde las macetas que se colocan en las verjas de las ventanas siempre tienen el aspecto de estar recién regadas.

Los ladrillos

Las Seiscientas es el barrio del ladrillo desnudo. Donde los edificios de la zona de Fraternidad, largos y esbeltos, también con camisas colgando por sus fachadas, se exhiben casi en su desnudez, con el anaranjado del ladrillo o con una mano de pintura rápida, tintando las paredes como la cal.

Desde la carretera de Almodóvar, viniendo, las viviendas que rodean al colegio Severo Ochoa se parecen demasiado a las viviendas de las ciudades de la periferia de Madrid. Y eso no deja de ser extraño y no deja de ser coherente al mismo tiempo. La coherencia parte de que las afueras siempre tienen ese tiente de marginalidad, o de despojamiento, mejor dicho. Pero es extraño porque ese barrio tiene su personalidad, la personalidad para no tener un reflejo mimético con ciudades dormitorio. Aunque quizás, ahí radique su personalidad, en ese carácter de la ambivalencia.

Personalidad, personalidad. Seguramente pocas cosas reflejan mejor la personalidad excelsa, vivaz, trilera, buscavidas, encantadora, verdulera y temperamental de las Seiscientas como el sonido de los puestos del Mercadillo, donde todos los sábados la vida vuelve a canalizarse en el negocio del precio de un kilo de tomates o de un par de sandalias de la talla treinta y ocho.