Edición mensual - Marzo 2008 - Comarca

Retrato de Felipe Ferreiro, regente de la Venta de la Inés

Un hombre suspendido en los tiempos inmemoriales

Eugenio Blanco

Nº 197 - Comarca

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De corrido, como un niño que la lección se la ha aprendido con gusto, con gusto porque está integrándose en el mundo, Felipe Ferreiro, don Felipe Ferreiro, cuenta el germen, la actitud, la vida de la Venta de la Inés, “antigua Venta del Alcalde, emplazada en el antiguo Camino de la Plata que conectaba Toledo con Córdoba y Sevilla, y donde a buen seguro se alojó don Miguel de Cervantes”.

Y cuando proclama la historia de la Venta de la Inés, de su hogar, se tranquiliza, se tranquiliza porque el mundo comienza de nuevo a cuadrar. Felipe Ferreiro, con la semblanza de su pasado, de su presente, reanuda la tradición de la Venta y siente que todo queda en orden en medio del Valle de Alcudia.

Conocer a Felipe Ferreiro es un privilegio. Sobre todo por esa manera de enfrentar las épocas y de mirar como si te estuviera observando muchos años atrás, pero con los ojos nuevos. Va relatar las épocas con tanta fruición que las va a ir mezclando, y en esta mezcla van a aparecer características que definen la condición humana y todo eso. Por esto, por esto mismo, la manera de hablar de Felipe Ferreiro trae la proximidad de la sabiduría.

Siempre vestido con su mono, con la cremallera un poco desabrochado, con el pelo tierno y blanco y las entradas amables. A su mujer, como buena mujer que se preocupa que su marido salga adecentado a recibir a los medios, no le gusta que Felipe Ferreiro salga en las fotos o en la televisión, con el mono. Pero él, con el mono, es con lo que se siente conforme y auténtico, “¿para qué me voy a quitar el mono yo?”

Conversación al lado de la lumbre

La lumbre siempre anda crepitando en la Venta de la Inés. Ya sea verano, ya sea invierno. El chasquido de la leña diseña un ambiente confortable en la estancia y convoca un calor familiar que describe seguramente mejor que ninguna palabra la esencia verdadera de la Venta de la Inés. Esa lumbre donde siempre suele andar cociendo alguna olla, alguna sartén que se retirará poco antes de la hora de comer. Esas imágenes, sin más, son las imágenes de la hospitalidad.

El 28 de diciembre del año pasado, justo en el Día de los Inocentes, se activó la luz en la Venta de la Inés. Y Felipe Ferreiro asegura que sus antepasados, “aquellos que habitaron esos tiempos inmemorables”, si vieran la luz dentro de la Venta no lo podrían creer y les pasaría lo mismo que le pasó a un hombre del Orcajo: que de tanta alegría que le dio cuando se enteró que le había tocado la lotería, sufrió un infarto.

Ahora, Felipe Ferreiro, su mujer enferma de parkinson y su hija –la nobleza, la alegría- paralítica pueden ver la televisión, pueden iluminar la Venta y acostarse un poquito más tarde. Siempre que llamas por teléfono a la Venta la voz difícil de entender de la hija de Felipe Ferreiro va a descolgar y va a llamar a su padre con gran iluminación.

La luz ya está en la Venta. Sobre todo por la ayuda de unos visitantes de Europa del Norte –unos de los muchos visitantes a la Venta – que pusieron dinero particular para impulsar una placa solar que está dotando de luz a la Venta. Pero el tema del agua es otra historia, es, básicamente, la representación de la historia de la injusticia.

Desde finales de los ochenta “un poderoso” (como llama Felipe Ferreiro al dueño de la finca anexa, La Cotofía) ha dejado sin agua a la Venta, “incluso llegó a romper la tubería antiquísima, de cerámica, que surtía de agua”, cuenta Felipe Ferreiro con la resignación propia de quien se siente ajado en un mundo sin mucho sentido. Son muchos los que han reclamado este dislate, los que apoyan a la familia (visitantes, amigos de la Venta de la Inés, conocedores de la historia, comunicadores, ecologistas), pero lo que no se es capaz es de entender es dónde reside la verdadera resistencia para que la Venta de la Inés siga sin agua.

El entorno

No hay hombre con la memoria tan fortalecida como Felipe Ferreiro. Asegura que tomaba más de cincuenta kilos de miel fresca todos los años y eso le ha hecho que recuerde con precisión todos los apellidos y direcciones de las personas que han ido pasando por su vida, por su Venta.

Es un narrador prodigioso que utiliza la asociación para reflejar la vitalidad de su discurso. Es un hombre joven, con casi ochenta años, que habla con una cadencia marcada por el pentagrama de los acentos auténticos. Se conoce el Valle como la palma de su mano, vive a un palmo de la Fuente del Alcornoque y lleva toda su vida sacando adelante la Venta, a su familia, con lo que la tierra le da.

La Venta representa el espíritu de Felipe Ferreiro: el compromiso por compartir todo lo que se puede sacar de ella. Unas judías a la lumbre, como las que yo comí en la Venta, son el reclamo esencial de una categoría de la humanidad que no se prodiga por los escenarios de la sociedad actual.

Si van de excursión por el Valle, apártense de la carretera que lo cruza, después de la recta enorme, y vayan a conocer la Venta. Seguro que don Felipe Ferreiro les recibe con una sonrisa tibia y honesta, un mono azul con la cremallera a medio bajar y un caudal de historias que les van a emocionar y que les van a hacer transportarse a los tiempos inmemorables que el siempre menciona. Él es el emisario de esos tiempos que describen los antepasados de todos nosotros.