Edición mensual - Enero 2008 - Puertollano

Arquitectura personal de Puertollano: 1) Zona Centro

El término de las confluencias

Eugenio Blanco

Nº 195 - Puertollano

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Había un tobogán rojo de dos piezas en un parque para niños al sur del paseo San Gregorio antes de que éste fuera remodelado. Una noche –yo tendría cuatro años y paseaba ya tarde con mis padres- vi orinando a unos muchachos desde arriba de la rampa y se creó una reguera en toda la arquitectura metálica del tobogán, siempre con escamas de arena en sus bordes. No me volví a subir en aquel tobogán y me llamaban “cobarde” los niños porque me decían que tenía miedo a las alturas. La orina había incidido en la oxidación del tobogán.

Llegaba siempre con los zapatos hasta arriba de arena y le ponía perdido el pasillo de casa a mi madre. Cuántas veces me habré pateado las callejas del Paseo con el acolchado incómodo de la arena en mis zapatos. El Paseo era el territorio a descubrir, un lugar protegido, ajardinado, con ratas esculpidas en los jardines, con una fuente prodigiosa de la cual mana un agua que deja un saborcillo extraño, parecido al que depone la sangre después de morderse la lengua.

El Paseo siempre me ha parecido un valle, la tranquilidad, el reposo que se acomoda debajo de las sombras de los edificios más altos de la ciudad.

Sigue recorriendo el tiempo con un ritmo pausado en el Paseo de San Gregorio. Lo que cambia es la temperatura: lo único que cambia en la vida es la temperatura. En invierno el Paseo es gris; en primavera, verde. En otoño escurre el suelo y se amontonan las hojas debajo del forjado de los bancos; en verano, ay, no hay quien pare mientras hay luz, pero por la noche apetece tomarse una cerveza bien fría sentado en uno de los veladores que disponen las terrazas de los bares que tienen sede en las diferentes orillas del Paseo. La palabra “velador” es una de las palabras que a uno le parece que define el centro de Puertollano, porque tiene ese resorte lúdico, ese significado de relajo y visualización de la vida que todos los habitantes de esta ciudad han interiorizado para nombrar su punto y a parte.

El Paseo es el núcleo neurálgico de Puertollano, algo así como el latido de la ciudad. El ánimo de los rostros que andan por esas callejas al borde de los jardines constatan el ánimo de la ciudad. Así son los lugares de encuentro, los lugares donde se interpelan las generaciones y donde la vida surge como si se tratase todo de una maravillosa tontería.

El Paseo era el territorio de los quiosqueros, de Sinforosa por ejemplo, que es el anciano de la cara más arrugada que jamás ha existido, un hombre menguado y con bastón que dispensaba golosinas con un cabreo tan entrañable que cuando desapareció casi nadie lo volvió a nombrar, pero todos los niños quedaron un poco extrañados porque comenzaron a intuir que la muerte existía.

El Paseo es la desembocadura, el lugar a donde van a confluir de una manera u otra todos os barrios de la ciudad. Así, bajo esta consigna que se ha hecho así misma, hay calles que se han convertido en auténticos imanes que han juntado territorios. La calle Pozo, la calle Benéfica, la calle San Gregorio, la calle Ave María, llevan sus empinados asfaltados hasta su llanura irremisible, conectando así el cerro de Santa Ana con el centro de la ciudad en tan sólo un paseo de diez minutos.

Y parecido ocurre con la otra orilla. La calle Aduana, la calle Fuente, Santa Ana y Vélez, pero con un toque chic, porque es aquí donde se ha trabajado la zona comercial de la ciudad y se ha creado cierto abolengo reposado, una zona noble, una zona noche que no se ha realizado de una manera ni pija ni exhaustiva. O eso le parece a uno.

Ahora a toda esta zona se le llama Centro Comercial Abierto y se está diseñando todo de una manera peatonal y se ha construido una farola –réplica de una que ya existía- que parece que tiene el semblante de la encina milenaria. Esto está en la plaza Villarreal, sí, en el Plazolete Patón de toda la vida, que ahora tiene un cuadrilátero en el centro de la plaza delimitado por destellos azules discotequeros.

El territorio del viandante

En la pensión Carusán duermen los actores cuando vienen a hacer teatro a Puertollano. A uno le gustaría levantarse y asomarse por el balcón y seguir la estela de la calle Aduana a partir del cuido de sus balcones. Los balcones, sus ornamentaciones, siempre son el reflejo del buen gusto de un pueblo.

En esa mirada prolongada se llegaría al Museo Municipal, hoy por hoy echado a perder, casi sin potenciación, con exposiciones que apenas se visitan y sólo hábil para alguna firma de algún convenio por parte de la Administración. Pero la sencilla fachada del Museo sigue siendo uno de las construcciones más queridas y agradables de la ciudad.

El Ayuntamiento es otra cosa. El Ayuntamiento de Puertollano parece estar hecho feo adrede. Mostrando que es el Consistorio de una ciudad industrial y, ya se sabe, las ciudades industriales siempre tienen un punto inhóspito y escarpado. El Ayuntamiento, con la saturación de grises y las vidrieras con prisas y las banderas de colores carcomidos, propone una actitud austera para toda la ciudad, una funcionalidad carente de coquetería. Las ciudades industriales...

Pero un poco más arriba, a unos pasos y siempre subiendo cuestas, se presenta el perfil de la ermita de la Asunción. Es una iglesia contundente, sin embargo, a mí me resulta muy bella, seguramente por su contumaz esmero en reflejar la sobriedad y lo inaccesible. La piedra desnuda, casi sin trabajar ni adornar, presenta esta sorprendente edificación románica. La Asunción está en una elevación y cohabita con la frontera, con el territorio de las vías, donde cada vez hay menos peatones y las calles tienen nombres menos estetas y más geométricos, como la calle del Cuadro.

Territorios

Hay tiendas y escaparates que ya forman parte del imaginario colectivo de Puertollano. El frontispicio amable del antiguo Simago, cuando Simago era una novedad, un nuevo mercado con precios fijos y productos bien colocados y estupendas mujeres que conocían el biorritmo del pueblo, los desvelos de los clientes, y aún así manejaban la caja registradora con la desenvoltura de las cajeras de El Corte Inglés. Luego esa esencia del primer supermercado, a caballo entre las técnicas de merchandising y la tienda de barrio de toda la vida, fue sustituido por la voracidad inabarcable de las empresas lejanas.

Pero los escaparates han sido otro de los caminos para conectar épocas. La refulgencia del muestrario de Rosabel, que siempre me quitaba el balón porque no hacía otra cosa que darle a los cristales cuando jugaba en la calle Vélez, es un ejemplo de familiaridad. O el instrumental Carrión o la juguetería del Tauro, justo debajo de las dos torres de ladrillo que se aposentan donde estaba la antigua plaza de toros. O el comercial Cruz, donde uno se podía perder entre miles de figuras hilarantes y extrañas, una manera de viajar a los confines del mundo sin salir de la calle Juan Bravo. O los comercios de repuestos y de sábanas y de muebles, que siempre lo regentaban familias respetadas de la ciudad que solían despachar con las gafas colgadas al pecho.

Hablábamos de la calle Vélez, con su nombre de vía de capital. Y como su nombre merecía, la calle Vélez tenía un suelo diferenciado, con sus ondas rosas sobre el fondo crema. Parecía la calle por donde transitaba el Mago de Oz. Pero ya no es igual y, para que la gente no se resbale, le han pasado un engrudo de cemento que le ha quitado esa categoría tan personal.

Y es que hay lugares que son irrenunciables. Como la plaza del Gongo donde se aposentaba el Cartero con su venta de gambas, patatas fritas y cangrejos. De cuántas broncas no se libraría mi padre al llevar un cucurucho de cangrejillos en las postrimerías de la década de los ochenta cuando llegaba un poco más tarde de lo acordado…

Roma

La combinación del Paseo de San Gregorio y el Paseo de El Bosque siempre me ha resultado arrítmica. Por una parte el jardín, por otra parte los capiteles. Siempre me ha parecido el Paseo El Bosque un desierto. Cuando miro los universos que crea amigo Jesús Cortés en sus obras siempre desembarco en algunos recodos que hay en ese Paseo, que, por otra parte, he pateado hasta el cansancio.

La Virgen de Gracia siempre ha sido una referencia, algo así como la llegada al interludio del paseo, el momento de volver. Y es que la iglesia de la Virgen de Gracia tiene ese halo de respeto para los ciudadanos, pero es una construcción sosa como ella sola. Mantiene una silueta respetable, sí, y no queda del todo mal en los platos de Puertollano que se venden como souvenir, pero es una iglesia con formas primitivas que, como la mayoría de construcciones, parecen no tener un espejo delante para adecentarse.

Roma en blanco. Un escenario donde se representa Roma. No sabemos por qué el Paseo de El Bosque registra esos símbolos. Lo que sí es grandílocuo en el mismo espacio son las dos fuentonas que anteceden a la iglesia, con su aspecto de albercas inmemoriales donde da ganas de chapotear en las noches de verano.

La valla marrón

Me queda volver a Ramón y Cajal. A la entrada a las aulas a las diez de la mañana, siempre con esa olisca a pescado que venía del mercado. Ay, el viejo mercado, que yo lo recuerdo grande y espacioso, como si fuera el graderío de un coliseo. Hay otros colegios en la zona centro de Puertollano: Tierno Galván, a unos pasos del Juzgado rosa que tenemos, Giner de los Ríos... pero Ramón y Cajal, con su escalera en medialuna a la entrada aparece como un espacio irrevocable.

El colegio Ramón y Cajal… con esa valla marrón y ancha, forjada por hombres que nos guiñaban el ojo a los niños que mirábamos atónitos como queriendo decir: “no os preocupéis que por muy alta que parezca esta valla os la vais a saltar en un momento”. Y así ha sido: casi todos los niños de la ciudad se la han saltado para jugar en su pista deportiva o para pasar las horas en el colegio.

Y siempre había que acabar en la Fuente Agria, bebiendo con la rodilla hincada sobre la rejilla herrumbrosa. Bebiendo el agua fresca que tinta de marrón las botellas de gaseosa. El secreto de una fuente prodigiosa de la cual mana un agua que deja un saborcillo extraño, parecido al que depone la sangre después de morderse la lengua.