Edición mensual - Navidad 2007 - Colaboraciones

Otro cuento de Navidad

Eduardo Egido

Nº 194A - Colaboraciones

Imprimir

Cierto día de noviembre trajo un aire racheado y frío, propio de pleno invierno. Ese día la ropa de abrigo que aún permanecía en los armarios protegida por grandes bolsas de plástico y bolas de naftalina fue liberada de su clausura y volvió a cumplir el papel de preservar a sus propietarios de los rigores del invierno. Ese fue precisamente el día en que pensó por primera vez que las Fiestas de Navidad, aunque pareciese mentira lo rápido que había transcurrido el año, se encontraban a la vuelta de la esquina, como suele decirse.

En los días inmediatos fue registrando diversas señales que indicaban también la proximidad de la celebración. En el escaparate de una tienda de ropa ya lucían las pequeñas bombillas que adornaban un esquemático y artificial árbol de Navidad (la sequía no permitía alegrías mayores) y una tira de letras anunciaba una felicitación en inglés. En su domicilio recibió un paquete de tarjetas navideñas realizadas por los miembros de la asociación de pintores con la boca y con el pie con el que recababan su colaboración. Visitó una exposición de objetos realizados por los componentes de otro colectivo necesitado de ayuda donde también los motivos navideños tenían una notable presencia. Así pues, efectivamente la Navidad se aproximaba a ojos vista y dentro de pocos días todos los negocios que se lucraban con la conmemoración desplegarían sus armas más sugerentes para no dejar a nadie insensible ante la avalancha de ofertas que se presentaban de obligada adquisición para estar a la altura de lo que las fiestas exigían.

Desde años atrás notaba que la celebración de las Fiestas de Navidad cada vez le producía menos entusiasmo. Lejos quedaba el tiempo en que los recuerdos de la infancia, los villancicos y sus imágenes de nieve y armonía, los buenos propósitos que se prodigaban entre familiares y amigos, las vacaciones escolares y tantas otras buenas sensaciones conseguían mantener la ilusión año tras año por volver a revivir la confluencia armónica de esos signos positivos.

Una prueba de su creciente desinterés por el modo de celebrar las fiestas era su animadversión a entrar en esas fechas en las grandes superficies comerciales, donde buena parte de las estanterías estaban al servicio de los productos habituales de la ocasión. Tenía la impresión de que la intensidad de la iluminación y el volumen de la música se incrementaban para provocar en la clientela la idea de que había que echar la casa por la ventana en las compras si quiera fuese para que los seres queridos disfrutaran con el dispendio. La escena usual en esas fechas era ver los carritos de la compra rebosantes de productos y todos los componentes de la familia añadiendo objetos a la pesada carga.

Suele suceder que los mayores descreídos fueron antes convencidos creyentes. En su caso, confesaba que durante buena parte de su vida aguardaba con impaciencia la llegada de esas fechas si no para vivir de manera auténtica el significado de la conmemoración si al menos para dejarse llevar por los simbolismos que arropaban la esencia que latía en su fondo. Se dejaba llevar, en definitiva, por el envoltorio brillante, sugestivo y al alcance de todos con que cada uno creía responder a lo que la Navidad reclamaba.

Ahora ese envoltorio había perdido su capacidad de seducción, había perdido las atribuciones que se le asignaban de forma espontánea y sin someterlo a prueba alguna para probar su autenticidad. Ahora se presentaba como un papel de estraza o una tela de saco incapaz de despertar la codicia de poseer lo que ocultaba bajo su capa.

Realmente resultaba arduo remontar unas Fiestas tan largas y que no concedían apenas respiro para recuperar el aliento tras los sucesivos jalones que marcaban sus jornadas. Por ello, un mes antes de que dieran comienzo las Fiestas de Navidad comenzó a sopesar seriamente la posibilidad de trasladarse a cualquier lugar que no le recordase en nada los aditamentos que las acompañaban. Un lugar donde el clima fuera suave, donde la gente mantuviera sus hábitos de compra, donde resultase improbable - fuera de los medios de comunicación - escuchar un villancico. Pensaba en ello de vez en cuando, sin concederle demasiado tiempo pero en todo caso el suficiente para concluir que ese lugar quedaría bastante lejos.