Edición mensual - Navidad 2007 - Colaboraciones

Un saltamontes del revés

Mª Luisa Menchón (De la Asociación de Escritores y Artistas españoles)

Nº 194A - Colaboraciones

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Me gusta ir a misa de Once en la Virgen de Gracia. Quizá influya el ser maestra. Los primeros bancos se reservan a niños de enseñanza Primaria; el sacerdote baja del altar, se acerca a ellos, micrófono en mano, y es delicioso el diálogo entre el oficiante y los menores con el cura revestido de casulla.

Si añado que era el primer domingo de Adviento, con numerosas citas del Antiguo y Nuevo Testamento, del profeta Isaías – “no habrá guerras si las espadas se convierten en arados y las lanzas en podaderas”-; y no digamos cuando se metió de lleno en el Arca de Noé con los animales y el Diluvio Universal fuera, ahora que queremos salvar el ecosistema. Salí confortada.

En el Egido agonizaba el otoño y cubría los paseos de mortaja de oro de hojas secas llorando, caducas de los árboles, mientras se refugiaban en las perennes de pinos y setos libélulas, gusanos y mariposas, con gran algarabía de protesta de los gorriones migratorios con sus árboles desnudos. Con el cimbreo de las palmeras, cipreses y abedules y el rumor cristalino de los surtidores de las fuentes, la mañana se vestía de hermosura en ese camino de Dios, del Adviento, que teníamos que allanar. Mientras la luna se diluía como un azucarillo en el paisaje, pasito a pasito fui buscando mi café de la mañana y encontré “La Barbacoa”. Fue una experiencia inolvidable; conocí a los propietarios, Enrique y Lourdes, que me atendieron muy bien: café con leche y churritos. Pero lo bueno fue que llegó Pedro, un segoviano, venía de Fuencaliente y le sirvieron tórtolas estofadas con patatas. Como soy “metijona”, le hablé de la “Cañada Real Segoviana”, precisamente la acera izquierda de este Bosque hacia el Valle de Alcudia.

En la mesa removí recuerdos y papeles, y quise relatar como cuento de Navidad “Un saltamontes al revés”, dedicarlo al pequeño Rodrigo, enfermito en un hospital de Sevilla:

Había nevado; los árboles del Paseo de San Gregorio, en Puertollano, con plumas blancas lloraban tirabuzones de agua. Desde un abeto revoloteaban pájaros, buscando camadas para sus nidos; una diminuta pareja de gorriones se posó en mi cabeza y asustados emprendieron el vuelo. Llegué a casa; había comprado “garbanzos tostados”, destinados a mi nuevo libro “Alonsito Quijano”. Esa noche, puse los garbanzos en bandeja, junto a mi cena, con platos, vasos, cubertería y recordé mi niñez en Sorbas (Almería), con los abuelos, junto al calor de la chimenea encendida. Jugábamos a los “cartones”, con garbanzos tostados ¡claro está!, que los nietos previamente habíamos intercambiado por garbanzos gruesos, en la fonda “La perdiz”, del pueblo.

Por no ser menos que la abuela Meria, caminaba siempre a oscuras. A medianoche, con la bandeja, no encendí luces del pasillo; osciló la bandeja, resbalé y de bruces, un batacazo, cayendo al suelo bocabajo a medianoche, con la casa vacía, en un pasillo largo, largo…

Perdida en la negritud de aquel pasillo, algo había que hacer. Sin asideros, no había más solución que ponerme boca arriba y arrastrando el culo, reptar y reptar por el suelo, pues ¡manos a la obra!. El suelo lleno de trastos y garbanzos, rodando y rodando. Cuando lo conseguí a duras penas, reí entre carcajadas: me había convertido en un saltamontes del revés. Pedí auxilio: al Señor tan cercano ¡Ayúdame que estoy sola!, entonces mis garbanzos desparramados, hicieron como diminutas ruedas, el rodaje de mi cuerpo y ¡oh sorpresa! Por los bordes ví crecerles alitas ¡eran mis ángeles de la guarda! Y repetí a gritos en la oscuridad, asida al sillón de mi madre, hoy en el cielo, aquella canción que me enseñó de niña:

“Ángel de mi guarda,

dulce compañía,

no me desampares

ni de noche ni de día.

¡No me dejes sola

que me moriría!

Después, en Sevilla, hemos vuelto a comer estupendos garbanzos, en ropa sucia, del cocido y a mi lado Sofía, protagonista de mi libro “Patasdealambre”, enfrente José Ángel, creciendo y creciendo, y los dos pequeños: Álvaro, que andaba y chapurreaba, y el chiquitín Rodrigo, en un moisés, con un biberón, como un polizón en la escotilla de un barco, que ya figuran todos en otro cuento “Alonsito Quijano”, que contiene un relato premiado de Carmen María Solís. Por si fuera poco, ayer, segundo domingo de Adviento, nos hablaban de Juan Bautista, en el desierto; se cubría con piel de camello y se alimentaba de ¡saltamontes! y miel. Ya es casualidad ¿no?. Termino con el villancico “Un nazarito en Belén”

Sigue a la estrella que guía;

luna, asómate al camino,

que habrá un pan de trigo fino

para esta noche tan fría.

Belén siente la alegría

del nacimiento divino;

de Canáa, trajeron vino,

y está de parto María.

Fue tu hora, Gratia Plena;

José, para el nazarito

trajo candil y patena.

Qué niño Jesús, chiquito,

alumbró la Nochebuena de Paz

y amor infinito!

Con todo mi cariño, ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!, y la salud completa para los enfermos y el pequeño Rodrigo, en Puertollano, Adviento del 2007.