Edición mensual - Navidad 2007 - Colaboraciones

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Víctor Morujo

Nº 194A - Colaboraciones

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Habrán notado, de un tiempo a esta parte (y ya llevamos así varios años), el constante regreso de viejas glorias, principalmente musicales, y el gran atractivo que parecen ejercer, no sólo entre sus talludos fans de entonces, sino también entre aficionados mucho más jóvenes; y no sólo me refiero al elenco nacional, principalmente ochentero, que ha vuelto a los escenarios, cuando no también a los estudios de grabación, de los cuales los más exitosos ejemplos son los Hombres G y los Héroes del Silencio, y los más recientes Nacha Pop (en unas condiciones lamentables) o Barón Rojo; en el extranjero la fiebre del regreso es similar, y aquí podemos citar a The Police, The Eagles, Genesis, The Human League, The Who, Status Quo e incluso Led Zeppelín, que anuncian un único concierto en Londres.

La lista no es interminable, pero sí alarmante, y en ella no hemos incluido a aquellas leyendas que han encontrado la gallina de los huevos de oro volviendo sin volver, esto es, fabricando musicales para el teatro, trufados de sus grandes éxitos pero cantados por otros, lo cual es mucho más cómodo porque ni siquiera es necesario subirse al escenario. En la escena internacional muy sonados son “We Will Rock You”, de Queen, o “Mamma Mia!”, de Abba; y en la escena nacional “Hoy No Me Puedo Levantar”, de Mecano, o el musical basado en los éxitos del Dúo Dinámico cuyo título ahora no recuerdo.

No, no tengan en cuenta en este desfile de carrozas a viejas glorias como The Rolling Stones o Bruce Springsteen, o a no tan viejas, pero no por ello menos legendarias, como Depeche Mode, pues ellos no se han retirado nunca de los escenarios, ni esfuerzos patrios como los del achacoso Sabina compinchado con Serrat, en busca de jugosos dividendos, primero en gira y después con sus correspondientes discos y DVDs. Si a toda esta cohorte le añadimos la avalancha, según parece inevitable, de discos de grandes éxitos que publican hasta quienes jamás tuvieron más de una o dos canciones sonadas, que invaden las estanterías de las tiendas y las mochilas de los chinos en navidades, tendremos como resultado una acumulación de revival que no sólo puede resultar estomagante para quienes, como yo, gustamos también de paladear los nuevos sabores y aromas de hoy en día, sino que eclipsan, pues los comerciantes tienden de natural a lo fácil, casi todas las nuevas sensaciones. Y esto no puede, no debería, seguir así. ¡Si incluso las únicas atracciones internacionales que han tocado estos últimos tiempos en Puertollano han sido artistas no menores de cincuenta años, ya saben a quienes me refiero!

El Rock and Roll ha cumplido ya más de sesenta añitos de nada desde que aquellos jovenzuelos con tupé como Eddie Cochram o Gene Vincent removieran las coletas de las niñas ante el escándalo de sus papás, quienes creían que, después del jazz, no podría surgir nada más provocador y desmelenado. Existen ya, por lo tanto, sobre la faz de este planeta, nietos del movimiento y, muy pronto y a buen seguro, biznietos, porque sigue tan vivo como entonces, dispuestos a encontrar en él una identidad. Y es que, como le leí a algún crítico no hace mucho, para que el rock sea rock, su principal virtud es que no le tiene que gustar a tus padres. Por eso, y sólo por eso, se me antoja peligroso el aluvión de artistas que perdieron su chispa tiempo ha, y no queda de ellos sino una inofensiva colección de canciones estupendas que, un día, le cambiaron la vida a muchos que, no obstante, han acabado con una vida muy poco cambiada, habida cuenta de las expectativas.

Peligroso, porque me suena a plan maquinado por el espíritu neocón que todo lo invade: “démosles rock domesticado, efluvios de un mayo del 68 que ya sabemos fracasó, aventuras sicodélicas sin pizca de ácido, himnos de los 80 que han perdido toda la frescura de una época convulsa y en crisis en la que, como el descorche de una botella de champán, estalló una efervescencia chisporroteante que sólo pudo compararse, porque a él pertenecía, al indómito movimiento pop de los sesenta, aún hoy vigente y no superado por intento alguno de nueva revolución. Démosles, incluso, pizcas de los nihilistas noventas, acolchadas por quienes ya tienen una posición en el mecanismo del Sistema, y tendremos a varias generaciones conformes, prudentemente alejadas del peligroso y verdadero rock”.

Llegados a este punto del artículo conviene recurrir al matiz, pues no todo es blanco o negro, aunque ejemplos de estos dos extremos los tenemos día a día en las noticias. Hay regresos clásicos, como el de The Police, regresos patéticos, como el de las Spice Girls o los Backstreet Boys (que bien poco tienen ya de Girls ni de Boys), regresos suplicados a lo largo de las décadas, como el de Led Zeppelín, regresos necesarios como los de Siouxsie o The Human League (una banda mucho más subversiva de lo que aparenta y, por tanto, muy poco entendida por la mayoría), regresos innecesarios como los de Status Quo, Smashing Pumpkins o The Pixies, e incluso regresos inesperados, como los de Laurie Anderson o Kraftwerk, pero todos ellos se pueden reunir en dos grandes grupos: los que molan y los que no.

Por ser más explícitos, se puede decir que hay regresos provocados por los jóvenes inquietos de hoy, y regresos invocados por quienes se quedaron atrás hace años, en el estanque lleno de nenúfares imposibles de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. En ambos casos, los que regresan lo hacen porque ven suculentos cheques mensuales de sus discográficas sin tener que trabajar, o como mucho haciendo esporádicas apariciones en algún festival y, en ambos casos, deberían procurar que no se note. Pongo por ejemplos de uno y otro bando a The Police y The Sisters Of Mercy. Es evidente que la banda de Sting, Copeland y Summers, ya no mola ¿Por qué? Pues porque es como oír toser a un tenor; los tres son músicos demasiado importantes, han desarrollado, cada uno en lo suyo, sendas carreras apabullantes, exquisitas y virtuosas, y ponerse a tocar ahora de nuevo los sincopados y facilones acordes con los que comenzaron no hace justicia a sus inmensas categorías y, por mucho que lo intenten, es imposible que sus educados talentos retengan siquiera un ápice de la escasa frescura de antaño, una frescura que sólo les duró los dos primeros discos. También es evidente que la música de The Sisters Of Mercy sí mola, porque en estos tiempos en que los nietos del Rock And Roll vuelven a poner una nota siniestra y rabiosa a su existencialismo, se han mirado en ellos en más de una ocasión, y sus canciones siguen sonando tan corrosivas como entonces; lo que ha sucedido en este caso, es que los Sisters no han tenido un solo ápice de respeto por sus nuevos fans, y se les ha notado demasiado que miran el cheque de refilón mientras permanecen sin demasiadas ganas sobre el escenario, como se pudo comprobar en Madrid y Barcelona durante el pasado Summercase: los chavales lo notaron, pues no son nada tontos, y a los mayores nos pareció una solemne estafa.

Como el lector habrá podido comprobar, aunque esta aclaración es para aquellos que, llegados a este párrafo, no se hayan molestado en hacerlo, en ningún momento de estas líneas se ha puesto en solfa la calidad de todos estos desempolvados clásicos, pues no es de calidad de lo que intento hablar, sino de oportunidad, y no de una oportunidad económica, que es la que a buen seguro resulta más suculenta a quienes se aprovechan de la fácil nostalgia, sino espiritual. Es evidente que en este mundo de mileuristas, los chicos con flequillo del mal llamado “pop independiente” español, pop de derechas, me atrevería a añadir, están perdiendo la batalla con sus colorines y su frivolidad, en muchos casos forzada por la pose, ténganlo por seguro, frente a los que, en la pérfida Albión, en los convulsos barrios de París, o en los callejones de la administración Bush, han optado por hablar de su tiempo, por subirse al escenario sin disfrazarse, con la misma ropa con la que van al trabajo, y por seguir diciendo que lo que ven no les gusta, que a ellos les vendieron otro cuento, que las chicas van tras quien tiene dinero y no en pos del repartidor de comida a domicilio, que hay demasiados millones cambiando de manos en los parqués bursátiles y pocos centavos en los barrios de viviendas sociales. Eso es lo que diferencia unos regresos de otros aunque, si hemos de ser sinceros, el regreso más anhelado, el de Joy Division, es totalmente imposible, y no sólo porque el padre de esta generación, Ian Curtis, esté muerto, sino porque la magia de la leyenda se quebraría como la frágil alma del verdadero hijo de Jim Morrison que fue, no sólo en su destino, sino también en su poesía, pues compuso la canción de amor más válida del último siglo: “El Amor nos Destrozará”.

Así las cosas, si quieren, tanto si son veinteañeros como si no, pueden intentar asomarse al nuevo abismo del mundo de hoy, en el que también caben las risas, la juerga y la camaradería, pero les advierto que, como decía Niestzche, cuando uno mira al abismo, el abismo le mira a él. Y el rock está vivo en el 2007, como lo estará en el 2008. Es cierto que no se enseña en las escuelas ni institutos, y que eso puede tener que ver con la desorientación general que vivimos, pero sería una asignatura inútil, porque el verdadero rock sólo se aprende en la calle. Se fragua en los garages y estalla y lo buscan quienes quieren encontrarlo. Está ahí, el rock puede estar mirándole ahora mismo, y devolverle aquello tan vivificante, tan benignamente tóxico, que sintió su joven corazón al descubrir a sus ahora viejas glorias, así que no se conforme con mirar en las estanterías del Carrefour. Si es usted padre, es posible que no le guste lo que escuchan sus hijos.