Edición mensual - Octubre 2007 - Sociedad

La hora del indulto para nuestro patrimonio industrial

J. Carlos Sanz

Nº 192 - Sociedad

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Cuando en marzo de 2003, profesionales de diversas disciplinas como la Historia del Arte, el Turismo, la Geología, la Arquitectura y la Geografía, participaron en un curso sobre la Defensa, Conservación y Uso del Patrimonio Industrial, que se celebró en el CEU de Puertollano, ya advirtieron que en el municipio tenía que fermentar un proyecto de gran envergadura donde la conservación, dinamización y reconversión del patrimonio industrial existente actuará como piedra filosofal para convertir a Puertollano en un motor de difusión y desarrollo en esta materia.

Entonces, en la mente de todos estaba la idea de materializar un espacio museístico vinculado a las actividades mineras así como la activación de medidas encaminadas a la recuperación y preservación del patrimonio industrial. El Ayuntamiento inició una serie de negociaciones con empresas, caso de ENCASUR, con afán de recuperar elementos singulares de la minería de interior (locomotoras, vagones, rozadoras de interior, volcadores de vagones, etc.) o la preservación de elementos vinculados a la actividad minera a cielo abierto (excavadoras y maquinaria de taller).

Incluso se recuperaron algunos castilletes emblemáticos como el “Pozo Norte” o “Santa María” pero en el imaginario colectivo de los ciudadanos gravitaba lo siguiente: ¿Y qué pasa con los Talleres Calatrava? En Puertollano, debido a la falta de interés, de una inadecuada conciencia política sobre el tema o bien porque existían otras prioridades en la gestión del gobierno municipal, no se ha podido evitar el deterioro o desaparición de buena parte de su patrimonio industrial. Es el caso de los edificios que componían la Fundición La Paz o la Sociedad Eléctrica de Puertollano. De igual forma cuando la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya (SMMP) desaparece, vende gran parte de sus propiedades que pasan a manos de particulares. El ejemplo más significativo lo tenemos con los “Talleres Calatrava” donde se procedía a la destilación de pizarra bituminosa.

Durante décadas las edificaciones de este entorno han sufrido un proceso de languidecimiento; quién no ha pasado por la carretera Córdoba y al echar un vistazo al margen derecho ha contemplado la degradación paulatina de estas infraestructuras, sometidas a un cautiverio indefinido debido a que en su día, el gobierno municipal de turno no estuvo fino para poseer la titularidad pública de unos terrenos que cayeron en manos de empresarios avispados. Desde un plano metafórico, el abandono tanto de los Talleres Calatrava como de la escombrera del Terri venían a encarnar el lastre del pasado, en concreto la crisis vírica que infectó a la ciudad cuando se produjo el cierre de las explotaciones mineras. Esa joroba urbana que es el Terri, o la imagen presidiaria que se desprendía de los Talleres Calatrava, simbolizaba el estancamiento socioeconómico de la ciudad.

El Terri, una escombrera repleta de historia

Cadáveres arquitectónicos y geológicos que ahora resucitan gracias al ambicioso proyecto de recuperación de estas zonas que por fin comienza y que tanto ha costado concretar. “Es el gran reto para la conservación del Patrimonio Industrial de Puertollano”, señalaba en aquel marzo de 2003, el que fuera portavoz del Equipo de Gobierno, Luis Pizarro.

Recuerdo a un profesor de Antropología Urbana quien dijo una vez que “las ruinas dan que pensar”; es obvio que el Terri y la Central Termoeléctrica de Peñarroya no se encuentran en estado ruinoso pero sí estaban criando malvas. Y la verdad, al mirar ambos elementos dan que pensar. Vinculados a una sociedad, a un periodo histórico, el Terri y la Central Termoeléctrica fueron testigos del devenir industrial de aquellos años. El paso de tiempo ha sido como un pícaro taxidermista con los dos elementos que ahora serán reconvertidos.

Luis Fernando Ramírez, historiador local y autor de “Historia de la minería en Puertollano” prefiere abordar la génesis y evolución de ambos elementos desde una perspectiva social. Asegura que pese a su tamaño y popularidad, el Terri no ha sido la única escombrera de la cuenca minera de Puertollano; “la mayoría de las explotaciones mineras, en su labor de extracción y clasificación del carbón, contaron con escombreras donde depositar las impurezas del mineral”. La calidad del carbón extraído de Puertollano dejaba mucho que desear, “demasiadas impurezas”, incide Ramírez lo que quizás fue un detonante para el descomunal tamaño que adquirió el Terri.

Surgido en plena Primera Guerra Mundial, unos años en los que Puertollano atravesó un auge económico sin parangón además de duplicar su población hasta los 20.000 habitantes, la escombrera creció al amparo de la frenética actividad industrial que desarrolló la SMMP (Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya), “la que mejor tratamiento daba al carbón en comparación con otras sociedades mineras de Puertollano”, puntualiza Ramírez.

Y si la escombrera adquirió tales dimensiones fue debido a un sistema mecanizado por el que las vagonetas, cargadas de escoria, partían desde una estación situada en el apartadero Calatrava y de ahí, mediante una especie de funicular, realizaban un recorrido hasta que alcanzaban el cenit del Terri, momento en el que las vagonetas abrían sus compuertas y volcaban los residuos. “Así llegó a alcanzar los más de 70 metros de altura que tiene”, asegura Ramírez.

Popularmente conocido por “Terri”, a la montaña de escoria se la llamó así por influencia foránea. Según Ramírez, se trata de un anglicismo que viene a significar terraplén y que fue acuñado por “ingenieros extranjeros que explotaban muchas minas de Puertollano”. Como una suerte de monstruo geológico, el Terri fue engullendo escoria hasta mediados de los 60 cuando Peñarroya echó el cerrojo definitivo.

Aunque ha llovido, aún es posible en ciertos días apreciar cómo desde la cúspide del Terri emanan fumarolas humeantes lo que da una idea de que por dentro el carbón residual sigue activo. Además si uno se atreve a subir, cosa que en una ocasión hizo un servidor, el olor a huevos podridos es notorio.

La paradójica relación del Terri con la ciudadanía

El crecimiento poblacional que experimenta la ciudad al albur del boom minero se dejó notar en el propio Terri. Luis Fernando Ramírez recuerda casos de familias que ante la escasez de recursos económicos deciden utilizar el material de la escombrera para edificar los muros de viviendas rudimentarias. Claro que hablar de expolio sería pasarse tres pueblos pero lo cierto, si nos atenemos a las afirmaciones de Ramírez, es que “en un lado de la escombrera se puede apreciar un bocado. Algunos emplearon restos del Terri para levantar casas y otros los vendían como carbonilla”. Como cabría pensar la calidad y consistencia de un material residual deja mucho que desear pero algunos se las ingeniaban para aglutinarlo con cal “que tampoco ofrecía muchas garantías”.

No hay que olvidar que al tratarse de una montaña de escoria, existía un riesgo evidente de toxicidad. Según Ramírez Madrid hubo varias muertes de personas por inhalación de los vapores que desprendía el Terri; “sucedió durante la Primera Guerra Mundial en plena gestación de la escombrera. Se crecía de una manera tan disparatada que los mineros levantaban casas en cualquier sitio y con materiales poco adecuados”. Hay constancia de varias muertes por asfixia y como dato curioso, sacado a la palestra en esta conversación con Ramírez, hubo fallecimientos de pajareros que instalaban sus trampas alrededor del Terri. “Fueron muertes por ignorancia, se desconocían los riesgos de inhalar los vapores. Estamos hablando de hace 90 años y pese a que el Terri contaba con un vigilante, el recinto no estaba acotado ni se impedía el acceso”.

Históricamente la ciudadanía ha tenido una percepción un tanto prejuiciosa de la escombrera. “Siempre se ha visto como un bulto en la morfología urbana, no había una conciencia de preservación ni nada parecido”, destaca Ramírez. Durante algún tiempo los gobernantes de los designios municipales pensaron en eliminarlo; tal y como revela Ramírez “a principios de los 70 circuló un proyecto para quitar el Terri pero no llegó a materializarse”. Ahora que el actual Equipo de Gobierno ha dado luz verde para la recuperación de la escombrera, Ramírez se posiciona a favor de mantener este elemento patrimonial “y si de paso se embellece, mejor que mejor”.

Talleres Calatrava: fin de un agravio

La Central Termoeléctrica de Peñarroya, futuro pabellón de congresos y exposiciones, siempre se ha visto desde la óptica conservacionista como una reliquia del patrimonio industrial; de ahí que la demanda para su restauración haya sido insistente “pero no sólo por parte de los historiadores, creo que todos los habitantes de Puertollano vinculados a la minería tienen respeto por el patrimonio industrial”, asegura Ramírez quien a lo largo de su trabajo de investigación que llevó a cabo para elaborar su “Historia de la minería en Puertollano” comprobó que las mayoría de sus fuentes consultadas se mostraban partidarias de la conservación del tejido patrimonial “en una ciudad donde no hemos sido capaces de conservar elementos urbanos emblemáticos como el Casino o el Gran Teatro. Un gobernante tiene que pensar en la preservación del patrimonio y lo cierto es que en los 60 desaparecieron muchas cosas”, sentencia con tinte desconcertante Ramírez.

En referencia al apartadero Calatrava, donde se ubica la Central de Peñarroya, en dos ocasiones se ha solicitado a la Junta de Comunidades la declaración del entorno como Bien de Interés Cultural, sin que hasta ahora haya habido algún dictamen. Esther Almarcha, Directora del Departamento de Historia del Arte de la UCLM, pone el dedo en la llaga al afirmar que existe una lentitud administrativa a la hora de canalizar expedientes de declaración de Bien de Interés Cultural “porque no existe en nuestra región un marco legal sólido para la protección del Patrimonio Industrial. De hecho en Castilla-La Mancha ningún elemento industrial está declarado Bien de Interés Cultural”. Almarcha considera que la situación puede mejorar desde la puesta en marcha del Plan Nacional de Conservación de Patrimonio Industrial.

Entre el desdén normativo y la nula conciencia de preservación de los anteriores gobiernos municipales, el panorama para recuperar el apartadero Calatrava era sombrío. Fiel a su vertiente de vincular sociedad y devenir histórico, Luis Fernando Ramírez incide en que la causa hay que buscarla en la enorme crisis socioeconómica que se cierne en Puertollano tras el cierre de las minas. “Un problema de órdago que hasta hoy no se ha superado. De manera fulminante 5.000 personas se quedan sin empleo, muchos se ven obligados a marcharse y la ciudad entra en un proceso de decadencia”. Una tesitura de crisis con la que tuvo que cargar la primera corporación democrática de Puertollano, allá por 1979, cuya prioridad era mejorar las infraestructuras básicas de un municipio “necesitado de servicios y de pavimentación de sus calles. Ramón Fernández Espinosa tuvo que acometer una empresa ardua, además el presupuesto municipal era pírrico”. Tal caudal de problemas que soterró cualquier iniciativa por recuperar los Talleres Calatrava. Peñarroya tenía que quitarse el marrón de encima y empresarios particulares se hicieron con el entorno a precio de risa.

¿No se podía haber conseguido antes una titularidad pública de estos terrenos? “No era fácil, primero había que materializar la idea y tener posibilidades de llevarla a cabo. Las distintas corporaciones no gestionaron adecuadamente este problema, la conservación del patrimonio”, destaca Ramírez. El caso es que hasta hace poco no ha habido un afán por adquirir instalaciones y elementos de un patrimonio industrial diezmado por la degradación y la venta indiscriminada por parte de particulares. “Tenemos lo que tenemos porque nuestros predecesores no se lo han montado bien. El Museo de la Minería, por ejemplo, podría tener una colección patrimonial más rica”, asegura Ramírez.

Lo cierto es que “agua pasada no mueve molino” y dado que a medio plazo el Terri y la Central Termoeléctrica de Peñarroya recuperarán su esplendor perdido, constituyendo la avanzadilla de esta apuesta por reconvertir y hacer visitable el escaso patrimonio industrial de la ciudad, Ramírez piensa que conservar sin más “no es rentable para un gobierno municipal. Es necesario darle un uso a ese patrimonio, ya sea como parte de un recorrido museístico o bien para albergar otro tipo de actividades”. Si encima, como ocurrirá con la Central de Peñarroya, ese patrimonio se transforma en icono arquitectónico de esta proyección de futuro que se vislumbra en Puertollano, acogiendo eventos y exposiciones de gran relieve, ya nos estamos poniendo a la altura de ciudades europeas de raigambre industrial y que vieron en la reconversión del patrimonio industrial una veta para consolidar su desarrollo.