Edición mensual - Septiembre 2007 - Puertollano

Nacido un 24 de junio

Confieso que no me ha resultado cómodo escribir este artículo como tampoco lo fue para José Carlos Pereiro concederme la entrevista. El caso es que él y yo nos conocemos desde hace varios años pero había que hacer de tripas corazón; yo necesitaba husmear en sus sentimientos y él quería estar de pasada. Formó parte del convoy militar español que fue objeto de atentado el pasado 24 de junio en la ciudad libanesa de Marjayún. Suceso en el que murieron seis militares españoles, compañeros y amigos de Pereiro. Él encarnaba aquella imagen que dio la vuelta al mundo: la de cuatro militares, Pereiro en primera fila y con expresión de llanto, que arrastran el cuerpo yacente de uno de los afectados por el atentado. Este artículo no hiede a morbo, no está trufado de detalles sobre lo que pasó. Tenía que acceder a las candilejas de la mente de Carlos, a esa parte de atrás para saber como mi amigo está encajando todo esto. Sólo puedo agradecerle su esfuerzo, su entereza por hablar de algo tan jodido.

J. Carlos Sanz

Nº 191 - Puertollano

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Había tomado la decisión de desvincularse del ejército el 17 de julio, ese día Carlos regresaría a España tras completar una misión de varios meses en la ciudad libanesa de Marjayún. Formaba parte del contingente español destinado en la base “Miguel de Cervantes”, que bajo el auspicio de las fuerzas de pacificación de la ONU, tenía como objetivo realizar una labor de ayuda humanitaria en Líbano, país masacrado tras el conflicto bélico con Israel del año 2006. Lo tenía todo planeado, con el dinero extra que recibiría por estar destinado en una misión de este tipo, Carlos se marcharía con su novia a vivir en Estados Unidos.

Los acontecimientos se precipitaron el 24 de junio. “Era un día de lo más normal, un día cualquiera” comenta Carlos lanzándome una mirada congelada, en realidad no me mira a mí está visualizando aquel instante. “Íbamos de camino a la base Cervantes tras realizar operaciones logísticas y durante el trayecto estalló la bomba”. Lo menciona y en mi interior siento un estremecimiento, como si sus palabras fueran una onda expansiva. El convoy que sufrió el atentado terrorista estaba formado por dos vehículos blindados, uno ocupado por diez militares y el otro por ocho, a cuyo paso explotó el coche-bomba matando de inmediato a seis militares españoles. Un ruido seco, un sonido de reventón metálico, la banda sonora del drama. “No me dio tiempo a pensar, te lo juro, sólo se me pasaba por la cabeza un pensamiento, qué coño está pasando”, rememora, y a partir de ese momento una densificación de comportamientos instintivos en medio de una vorágine de gritos, humo, restos metálicos. Los momentos iniciales de un atentado están revestidos de una percepción de irrealidad hasta que transcurrido un intervalo “tomas conciencia de lo que ha pasado”.

Durante la entrevista, Carlos forcejea una y otra vez con los recuerdos, no se permite que alcancen demasiada magnitud. Tras lo sucedido, el destacamento afectado por el atentado permanece en Marjayún hasta el 9 de julio. Ese día, alguien del Ministerio de Defensa toma la decisión de enviar a estos chicos a casa. “Los primeros días fueron durísimos. Sabes que han muerto compañeros tuyos y tienes que seguir trabajando. Te lo tienes que tragar todo, es muy duro tener que patrullar después de eso”, evoca Carlos con esa mirada neutra que a mí me empequeñece. La misión que Carlos integraba estaba programada hasta el 17 de julio, en condiciones normales pero no tras un atentado terrorista. “No sé de quien fue la idea de sacarnos antes pero no estábamos al 100%. Todos estábamos muy afectados porque habíamos estado conviviendo durante dos años con los fallecidos”.

Un regreso teñido de luces y sombras

Carlos deseando ver a su madre, a su novia, a sentir el confort de reunirse con ellas. Y al mismo tiempo, un avispero en forma de revuelo mediático. La politización del atentado, los unos justificándose y los otros criticando la inexistencia del inhibidor de frecuencias en los vehículos blindados. Carlos se muerde la lengua, no puede hablar más de la cuenta, el caso está bajo secreto de sumario en la Audiencia Nacional pero intuyo en su silencio una mastodóntica decepción. “O sea que no tenemos ni puñetera idea” le digo y asiente con la cabeza.

Nada más poner pie en el aeropuerto a Carlos le invade una sensación de extrañeza. “Allí sólo estaban los familiares directos. Claro que te alegras de ver a tu madre, a tu novia pero notaba el peso de la ausencia”; lo que Carlos trata de decir es que entre la sociedad española no existe un sentimiento de gratitud por la labor de los militares españoles “me sentí decepcionado, pensé que aquí no se apoya al ejército español”, comenta con desencanto. Una borrachera de abrazos, besos, lágrimas compartidas con su madre y su novia, rendido al afecto y nada más salir a la calle, un aluvión de luces, tráfico ingente, coches sin abolladuras “pensaba que estaba en otro planeta. Me sentía raro, es como volver a acostumbrarte a tu familia, a un modo de vida que habías dejado durante meses”.

En todo este tiempo, ni él ni sus compañeros han recibido llamada alguna de algún alto cargo del Ministerio de Defensa. Pareciera que todo se hace de cara a la galería, los peces gordos reciben a los féretros en la base aérea de Torrejón de Ardoz, muestran su rictus compungido en la ceremonia religiosa, consuelan a las familias de los militares fallecidos y fin del protocolo. Como contraste Carlos y sus compañeros, los outsiders de esta historia, vidas anónimas tambaleadas por un atentado y ahí te las apañes.

Volver a empezar

Días antes de esta entrevista, Carlos estuvo en Sevilla para encontrarse con la madre de Portas “uno de mis compañeros que murió”. Tenía que cumplir una promesa “le dije textualmente a su madre lo que Portas me dijo”, explica con tal grado de profundidad que se me enrevesan los ojos. “Pensaba que me iba a costar muchísimo estar con la madre de Portas pero me ha servido bastante. Es una mujer con una fuerza mental increíble, tiene otro hijo y se portó fenomenal con nosotros”. Ya digo, el backstage de esta historia está repleto de reflexiones, de encuentros inolvidables, de últimas palabras de alguien que está a punto de morir y que encomienda a uno de sus compañeros para que se les haga llegar al familiar más querido. “Lo único que aprendes de un atentado es a valorar, a querer más a tus compañeros, tanto los que están como los que se han ido”, me revela Carlos.

De nada sirve hablar de causas, escarbar en posibles advertencias de peligro, del estado de los cadáveres, de cómo se portó el Ministerio de Defensa, de la ayuda psicológica recibida. Todo eso es superficial, aquí lo que cuenta es la cotidianeidad del que ha sobrevivido a un atentado, cómo asimila lo ocurrido y de qué manera se enfrenta al día a día. Desde su regreso Carlos se ha impuesto una actitud economizadora, expresar con cuentagotas a los más allegados y procurar pensar lo menos posible. Para un psicólogo, el comportamiento de Carlos sería contraproducente, daría lugar a contraindicaciones “nos aconsejaron expresar lo que sentíamos a los familiares, a los amigos porque eso nos ayudaría. Sin embargo, me he encontrado con gente que te pregunta en plan morboso y a mí eso me produce repulsión”, sentencia.

Lo que los psicólogos no pueden medir es la fuerza de voluntad, el afán de superación y en Carlos está muy patente. “Yo soy como mi madre, cuando me derrumbo me levanto enseguida, estoy muy bien gracias a Dios. Ya no lo paso tan mal pero sí, esto te cambia la vida, dudo mucho de que pueda olvidar algo así pero tienes que seguir adelante porque de lo contrario el que muere en vida eres tú”. Pocas veces, y hablo por mí, unas palabras contenían tanta sabiduría. El sufrimiento como catapulta de crecimiento personal.

Sin rencor hacia el pueblo libanés

Existe un riesgo en aquellas personas que han vivido experiencias traumáticas como es la sensación de vacío posterior, de que su trabajo no ha servido de nada. Por el momento, en Carlos no despunta indicio alguno de inutilidad. “Las misiones humanitarias son importantes para ayudar a países en conflicto. La presencia del ejército es disuasoria, calma posibles enfrentamientos aunque está claro que nunca se sabe lo que te puedes encontrar”. Pese a todo, Carlos no guarda ningún tipo de rencor hacia el pueblo libanés “porque los que atentaron contra nosotros ni siquiera eran de allí”, matiza con sarcasmo. “En Líbano nos querían mucho, siempre nos decían spanish good, spanish good. Cuando estábamos en un sitio se empeñaban en que tomáramos café con ellos, existía cierta hospitalidad. A raíz del atentado, todo el mundo se volcó con nosotros y eso que nuestra actitud era más distante, estábamos en alerta máxima pero nos entendían”. Sin embargo, reconoce que tras lo ocurrido “siempre que me encuentro con alguien de rasgos árabes me vuelvo más sensible, me condiciono de algún modo, es normal supongo”.

El terrorismo islamista, la sombra de la difusa Yihad, todas esas cosas que antes sonaban a chino en la vida de Carlos ahora adquieren cuerpo y forma en su sistema de creencias. “Insisto, no guardo rencor a la población libanesa, sólo a los autores del atentado, los que se dedican a poner bombas en nombre de Dios pero que interpretan el Corán a su bola. Que yo sepa este texto sagrado prohíbe el asesinato. La gente de Líbano no tiene la culpa de nada”, recalca esto último como si él mismo también necesitara repetírselo a menudo para convencerse.

Mientras ustedes leen esto, Carlos ya está viviendo en Estados Unidos. Me comentaba que su intención es aprender inglés, que no descarta ingresar en el ejército norteamericano “porque la vida militar me gusta, no sé hacer otra cosa. En el ejército aprendes cosas buenas, como el compañerismo, el compartir”. Si todo sale como él espera, en diciembre regresará a Puertollano para estar unos días con su madre. “Es mi país, aquí vive ella y en esta ciudad tengo amigos que se han preocupado por mí desde lo ocurrido. Me hubiera gustado irme bajo otras circunstancias, pero lo que importa es que estoy con mi novia, que procuro a diario mirar hacia delante a sabiendas de que no podré olvidar nunca esto”. No importa Carlos, de verdad. Chapó por cómo lo estás llevando.