Edición mensual - Julio 2007 - Puertollano

Retrato de Millán Aguilar

Las dulces maneras de la derecha

Eugenio Blanco

Nº 189 - Puertollano

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Digamos una perogrullada para comenzar: Millán Aguilar es un hombre de derechas de los de toda la vida. Lo demuestran sus ademanes enérgicos al explicarse, su tono de voz distante, pero engarzado en unas maneras representadas en un timbre monacal. Recibe al firmante en su piso del Paseo de San Gregorio, con un traje bien dispuesto y con la parte de atrás de la corbata más larga que la parte ancha de adelante.

Su piso ocupa una planta entera de un bloque de edificios que da a los entramados romanos del Paseo del Bosque y está decorado con cierto recargo, en un intento por reunir muchos bienes que adornan un espacio habitado por una familia pudiente. Destacan la nobleza de la madera de los muebles, aseadísimos, y con tallas muy hondas y bien trabajadas. Da la sensación de que uno solo de su muebles pesa más que diez o quince mesas sin montar del Ikea.

Su despacho está ventilado por un gran ventanal, saturado de luz. Preside su mesa de trabajo, con muchas cosas encima, incluso una calculadora de esas que se utilizan para hacer cuentas e imprimir los tickets, las calculadoras que usan los contables cuando se ponen los lapiceros en el cerco de la oreja.

Receptivo y con ganas de hacerse entender, deja claro que todo se le puede preguntar, pero que también él decidirá a qué quiere contestar y a qué no. No hay problema. La conversación luego indica ciertos puntos blandos en los que él no quiere incidir. Esto denota cierta reticencia a la hora de expresarse y hace que después de pronunciar muchas de sus impresiones dedique un arrebato sutil de queja.

Farmacéutico de profesión, Millán Aguilar gusta de evocar su época de estudiante en Madrid, “donde lo que a mí me interesaba era sacar mi carrera e ir a bailar los fines de semana”, dice para dar a ver que sus afiliaciones políticas carecían del ímpetu vocacional que siempre describe la adhesión a idearios políticos en los años donde uno es joven. “Yo, en esa época, respecto al Régimen he de decir que no tenía sentimiento ni en contra ni a favor”, advierte con su voz prominente, como depurada en una caja de resonancia antes de salir al exterior.

El ex alcalde no recuerda con certeza qué edad tenía cuando terminó su carrera y regresó a Puertollano, “veintisiete o veintiocho”, declara haciendo memoria, como si estuviera desafiando al tiempo. Y, como en todo buen retrato memorial de alguien que estudió en la Ciudad Universitaria de Madrid en los años de Franco, pone de relieve alguna anécdota con los grises “que solían ir por allí para atizarnos”. A Millán Aguilar, que luego sería alcalde de Puertollano desde 1965 hasta 1979, le “atizaron” los grises en su época de estudiante. Eso cuenta él con desdén.

Su época en Madrid… cómo se nota que son días que el ex alcalde recuerda con la nostalgia de quien ha disfrutado de la juventud. Cuenta también que pasó “cierta hambre” en esos años, en esos años de estudiante donde se hospedaba en el colegio ‘Apóstol Santiago’.

Como decíamos, Millán Aguilar, se ha pasado la mitad de su vida en su farmacia. Todavía sigue en la avenida Primero de Mayo. Después de abandonar la Alcaldía fue nombrado presidente de la Asociación de Farmacéuticos de la provincia de Ciudad Real. Nombramientos nunca le han faltado al octogenario Millán Aguilar, que tiene una memoria como de efecto dominó: no puede recordar una cosa hasta que no ha recordado justamente el momento precedente.

Millán Aguilar no posee la misma profusión verbal que poseía el anterior alcalde entrevistado, su predecesor, Emilio Caballero, quien ahondaba en sus reflexiones sin demasiados pudores. Es mucho más engatusador Emilio Caballero que Millán Aguilar, que posee la cualidad del pragmatismo y que no se atreve a ofrecer ningún planteamiento hasta que no está seguro de que va a pisar en firme.

Esta manera de ser hace que no dé demasiados detalles sobre sí mismo para poder trazar un retrato con más matices. No sabemos qué libros lee, pero sabemos que las estanterías de su despacho están atestadas de volúmenes. Libros de historia, en una ojeada rápida, no faltan.

Muy creyente, el ex alcalde asiste con asiduidad a las misas. Cuando le recordamos que Emilio Caballero, según sus propias palabras, fue el único alcalde que ha hablado desde el púlpito de la ‘Virgen de Gracia’, una muesca de celillos le asoma, “sí, es cierto”, dice y añade una frase para dejar bien claro que esa situación partió exclusivamente de la casualidad.

Madridista acérrimo, el ex alcalde está de enhorabuena. Está contento por el triunfo liguero del Real Madrid, pero lo disimula gracias al aplomo al que le someten sus buenas maneras, sus tonos melifluos, su saber estar. Tranquilidad y paso del tiempo, dualidad que siempre ofrece relativismo y una actitud desapasionada.

Millán Aguilar ya supera los ochenta años, tiene cuatro hijos y cuatro nietos, una trayectoria dilatadísima como farmacéutico, una juventud dorada en Madrid de la que le gusta hablar, una foto en la pared de su despacho donde se saluda con el general Franco, catorce años en la Alcaldía de Puertollano, una estética clásica e impecable y una voz profunda, grave y honda, muy parecida a la que tenía el fallecido Camilo José Cela.