Edición mensual - Junio 2007 - Sociedad

La banda alemana demostró que continúan en primera línea del rock mundial

Scorpions con cuerda para rato

J. Carlos Sanz

Nº 188 - Sociedad

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“A la vejez viruelas”; eso pensaron los más de 4.000 enfervorizados asistentes que se dieron cita en el campo municipal del Cerrú para ver a Scorpions. La arcana banda alemana aguijoneó al personal a base de contundencia y un sonido nítido como pocas veces se ha podido ver en estos lares. Puertollano fue la primera parada de su “Humanity World Tour”, una gira con la que recorrerán numerosos países.

Tan frescos como el primer día

Con su rotundo directo, Scorpions desvelaron que el secreto para seguir siendo estrellas del rock and roll no es otro que la entrega incondicional. Más de dos horas, en la que Klaus Meine y compañía dinamitaron los prejuicios que más de uno pudiera albergar acerca de unos tipos que rondan los 60 años. No sólo estuvieron a la altura si no que además demostraron una capacidad de resistencia y frescura impropias para esas edades.

¿Cómo lo hacen? Era la pregunta que gravitaba en la cabeza de todos. Lo cierto es que Klaus Meine, Rudolf Schenker, James Kottak y el bajista Mathius Jab, de reciente incorporación, dejaron claro que se puede llevar más de 40 años en la élite del rock y seguir deleitando como el primer día. Scorpions intercalaron sus temas más conocidos con los de su nuevo disco, vertebrados por un sonido endiablado que destilaba tintes oscuros, lo que hizo recordar a bandas como Marilyn Mason.

Más de dos horas de concierto

No hubo tregua en un repertorio encadenado -23 temas que se dice pronto- magníficamente hilvanado por la voz de Kleine a la que acompañaban en una perfecta sincronización el resto del grupo. Los escorpiones teutones sacaron sus mejores armas en ese círculo de fuego que es el directo, defendiéndose con una maestría que dejó sin palabras al personal.

Claro que Scorpions, sabedores del tirón que generan sus conocidas baladas, dejaron para el final temas mayestáticos como “Still loving you” y la archiconocida “Wind of change”. Fue entonces cuando los mecheros hicieron acto de aparición, el público comenzó a mecerse de un lado a otro como si fueran barcazas que se mueven ante el vaivén de un oleaje sonoro. Las emociones viscerales emergieron en la profundidad de la noche y a más de uno se le apreciaba un riachuelo de lágrimas descendiendo por su rostro.

Y eso fue todo. Scorpions se fundieron en un caluroso abrazo, dieron las gracias a Puertollano y se volatilizaron. Según nos cuentan aquellos que pululaban por el backstage, a Meine y compañía nada más abandonar el escenario, los envolvieron en toallas y como si de frágiles obras de importante valor artístico se trataran, fueron introducidos en cuatro flamantes Mercedes para irse a toda pastilla a Toledo. Allí les esperaba un hotel de cinco estrellas, alquilado a ex profeso para ellos solitos, donde descansaron, regeneraron su cuerpo en lujosos jacuzzis y demás balneoterapia. Después, imaginamos, masajitos varios, baños de oxígeno para rejuvenecer la piel y eliminar radicales libres y a la cama. Porque la mañana siguiente era otro día, y unos tipos que rondan los 60 años se tienen que cuidar para seguir dando el callo. Y Scorpions lo hace. Son las cosas de las estrellas de rock.