Edición mensual - Junio 2007 - Puertollano

Orificios

Lifting urbano

José Rivero

Nº 188 - Puertollano

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Tras la campaña electoral, las ciudades quedan despanzurradas y abiertas en canal; un poco desmayadas o un poco desvanecidas. Tal como si hubiera acontecido una batalla incruenta entre rivales amistosos. Tal como las reses sacrificadas y aún humeantes en el desolladero, colgadas de ganchos rígidos de brillo cromado. Abiertas, despiezadas, sangrantes, descoyuntadas y con la intimidad de vísceras y órganos bien visibles. Tras la campaña electoral, las ciudades quedan en atenta espera de lo irremediable o de los pactos del día siguiente, en un juego numérico de sillones ocupables y de méritos verificados. Tal como si hubiera acontecido una batalla de papeletas signadas y de votos contabilizados. Tú más, yo menos; todos a la vez, pero nunca juntos, jamás. Pese a algunas declaraciones oblicuas de dirigentes rectos: No somos el florero de ningún salón, ni la peineta de ningún peinado, hemos podido escuchar en campaña. Metaforizando la campaña electoral, la política en suma, con decoraciones de interior y con posiciones de peluquería avanzada. Ya ha habido intentos madrileños de ‘haute couture’ en las listas de Miguel Sebastián: candidatas aderezadas con las mejores galas, no sólo para lucir empalmito, sino para apuntalar otras posibilidades no relatadas en el programa buzoneado o sorteado en los spots radiofónicos. Pero no sólo estos juegos cruzados de la edad tardía; también se adivinan otras posibilidades exploratorias de la Política en tiempo de elecciones. Y mucho más en los tiempos posteriores al recuento y a la configuración de mayorías. Cábalas misteriosas sobre el designio de lo prometido. No es que lo prometido sea deuda; es que lo prometido, en conjunto, es imposible de llevar a cabo. Por ello la otra contabilidad, del dicho al hecho, de donde dije digo, digo diego.

Tras la campaña electoral, las ciudades quedan despanzurradas y abiertas en canal; un poco desmayadas o un poco desvanecidas. Tal como si hubiera acontecido una batalla incruenta entre rivales amistosos: esquinas levantadas, inmuebles derruidos o desaparecidos, nuevas avenidas dibujadas con el lápiz tembloroso de los mejores deseos, grupos de ciudadanos montados en columpios luminosos y coloridos y periferias adornadas con pequeños tiestos de pensamientos y de romero aromático. Y no me refiero, al paisaje mutado de una posguerra verbal. Me refiero, claro está, a la visualización consecuente de la parafernalia desplegada en toda la intendencia electoral pasada. De casetas de partido, altoparlantes atiplados, tinglados informativos, mesas redondas, celebraciones en grupo, inauguraciones trepidantes, autobuses parlanchines, estrados descomunales, carteles descoloridos, banderolas desprendidas de las farolas como los árboles tras la última oleada de tormentas.

No, me refiero a la situación virtual en que queda una ciudad tras las promesas derivadas de los diferentes programas en liza. Ciertamente, ciudades nuevas, rejuvenecidas, doblemente aromatizadas y un punto irreconocibles. Como si de súbito, hubieran sufrido un ‘lifting’ urbano, que ha estirado la piel de las avenidas, ha suprimido la grasa de los arrabales, ha desescamado el cutis de las fachadas de un ladrillo viejo, ha colocado el pecho de los impuestos en sus sitio exacto: un poco hacía arriba y menos centrados; ha terminado con las cartucheras de las viejas instalaciones deportivas para ofrecer unas nalgas esplendorosas. En suma una realidad imposible de verificar y que ahora deberemos de asimilar con una enorme melancolía.

Melancolía de la algazara ida y prometida, y vuelta a la normalidad más tediosa de los días posteriores. Pese al lifting reverenciado, las viejas imágenes irán ocupando el lugar de las ensoñaciones.