Edición mensual - Junio 2007 - Puertollano

El Puertollano de Emilio Caballero, 1952-1965

“Siempre digo que ser alcalde actualmente es una canonjía”

Eugenio Blanco

Nº 188 - Puertollano

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Modesto Arias, que publicó el pasado año un libro sobre el franquismo en Puertollano, dice más o menos que a Emilio Caballero, quien fue alcalde de Puertollano desde 1952 hasta 1965, le tocó vivir la “época del cambio” en Puertollano. Caballero afirma, cuando se le traslada esta reflexión, que sí, que durante el periodo que estuvo en la Alcaldía se hicieron cosas suficientes para hablar de “época del cambio”. Y, añade, didáctico: “reseñar que todo lo que hicimos lo hicimos con muy pocos fondos, apretándose mucho el cinturón”.

Recuerda esos tiempos revisando los antiguos archivos del Ayuntamiento, las viejas fotos. “Siempre digo que ser alcalde hoy es una canonjía, en mi época había que ingeniárselas de muchas maneras para poder seguir haciendo proyectos”, dice Caballero con la sensación de que el tiempo pasa rápido, casi solapando las épocas.

Hay un dato muy grandílocuo que muestra el cambio brutal que vivió la ciudad en esa época: la demografía. En 1952, cuando Caballero llega a la Alcaldía, la ciudad tiene 36.000 habitantes, población que ha alcanzado su máximo histórico durante su mandato, en 1964, cuando superó con creces los 57.000 habitantes… “Conocí el dato de que durante mi periodo de Alcaldía Puertollano llegó a su población más alta hace relativamente poco. La verdad es que me causó orgullo. Fue un tiempo donde Puertollano tomó mucha población, donde poco a poco la población iba despertando al trabajo”.

El contumaz aumento de población propició que en esa época hubiera un gran problema de vivienda. Recuerda Emilio Caballero que todavía vivían familias en cuevas. Evoca, entornado los ojos, el capítulo de las crecidas del Ojailén, “la Embajada de Estados Unidos, a través de un agregado cultural, nos tuvo que facilitar tiendas de campaña para poder a alojar a los perjudicados por la crecida”.

Tiempos duros, sí, tiempos donde la ciudad se iba haciendo a su propio carácter, a sus nuevos condicionantes y coyunturas. Emilio Caballero recalca de nuevo las dificultades económicas: “íbamos arañando de donde podíamos”, dice, “yo tenía buenas relaciones con todo el mundo, con altos cargos, viajaba mucho a Madrid, eso nos ayudó a la hora de recibir diferentes ayudas”.

Sin duda, la apertura de la ENCASO, los primeros inicios del complejo petroquímico actual, el 19 de mayo de 1952, fue el gran empuje que inició el desarrollo de la ciudad. Franco fue el encargado de inaugurar las instalaciones, el día que dijo: “… Y si esto no es democracia, venid a buscar el bien común, venid a recoger las palpitaciones de los pueblos y convertirlos en realidad de roca y cemento, en unos emporios industriales…”

Emilio Caballero dice que la ENCASO “aseguró el futuro de Puertollano”. Cree el antiguo alcalde que la puesta en marcha de la fábrica respondía también a un intento por asegurar el abastecimiento de combustibles de las regiones centrales en una época de autarquía.

Pero hay una muesca de queja en sus palabras. Asegura que en el inicio la ENCASO funcionó como “una isla independiente”. Recuerda cómo construyeron el Poblado, “delimitando, eso sí, perfectamente los espacios para las diferentes clases sociales”. Caballero asegura que la relación entre la fábrica y el Ayuntamiento no fue fácil, porque ellos querían “estar sin estar”.

Sonríe un poco antes de relatar cómo consiguió mitigar en parte esa actitud de la ENCASO: “nombré concejales a altos cargos de la fábrica para conseguir más apoyo y más integración por parte de ellos, y funcionó”.

Uno de los grandes problemas que tuvo la rapidísima puesta en marcha del complejo petroquímico de la ENCASO en Puertollano fue el hecho de que las infraestructuras de la ciudad no se pudieron acoplar al mismo ritmo que la producción de la fábrica marcaba, “creando los desbarajustes lógicos”.

Emilio Caballero, en este capítulo, echa la mirada atrás y recuerda cómo la ayuda de los vecinos fue “inestimable” para que las infraestructuras fueran poco a poco cuajando en la ciudad. Recuerda cómo en muchas barriadas los habitantes de la ciudad arrimaban el hombro para ayudar a construir colectores y demás obras urbanística que poco a poco fueron llevando todos los servicios a las casas.

Alcalde con 30 años

Emilio Caballero tomó la Alcaldía con sólo treinta años. El 26 de noviembre de 1952 el alcalde saliente, José León Gascón, “cuya labor había sido positiva”, en palabras del historiador Modesto Arias, cedía el bastón de mando a Emilio Caballero, al que definió en el discurso de cambio de poderes como un hombre “joven, inteligente, de actitud acrisolada, injerto en la verticalidad de la Falange”.

Nacido en Peñarroya en 1922, Emilio Caballero vivió desde los cinco años en Puertollano. Ingresó en la Falange, en parte impulsado por Eugenio Cabañero, “el único civil en España que tiene la Medalla de la Aureola”, según comenta el propio ex alcalde. “Él me decía, ‘Emilio, si tú supieras que España está en peligro, ¿no harías nada?’, eso es lo que él me decía…”

Delineante en la SMMP y jefe local del Movimiento tomó posesión de la Alcaldía “con mucha gente que desconfiaba de mí”. Asegura Emilio Caballero que el hecho de no ser “ni rico ni tener experiencia” causaba muchas reticencias en muchos cargos locales a la hora de cederle el puesto de la Alcaldía.

Su vida en Puertollano

Como símbolo, una de las primeras cosas que hizo el ex alcalde, fue poner su bastón de mando debajo del manto de la Virgen de Gracia, “lo hice para que me ayudara a cumplir bien mi cometido como alcalde, para que ayudara a toda la ciudad a que las cosas fueran bien”.

“En esos tiempos yo era muy creyente, mucho”, dice y desvela una mueca, “luego uno se hace viejo y tiene más tiempo para pensar…” Y ahí, en ese enigma corta su frase. Sin embargo, luego vuelve a empaquetar sus palabras de ilusión para asegurar que “he sido el único alcalde que he hablado desde el púlpito de la Virgen de Gracia”.

Emilio Caballero tiene gratísimos recuerdos de esa época, “que me conformó el carácter para lo que yo sería posteriormente”. Vivió cerca de la ermita de San José, “en una casa que hacía esquina”.

Tiene un hermano todavía en Puertollano, pero reconoce que ya “hace mucho tiempo” que no viene por aquí. Sin embargo, durante muchos años ha estado frecuentando una tertulia con gente de Puertollano en Madrid, “pero hace tiempo que no voy, aunque lo pasaba genial recordando tantas cosas…” Asegura que no está muy al tanto de la política local, pero que no le extraña en absoluto que el PSOE siga en el gobierno, “yo siempre decía que Puertollano era de izquierdas y que en cuanto acabara nuestra época iba a gobernar la izquierda”. Le pregunto si tuvo en cuenta esta certeza a la hora de llevar el timón del Ayuntamiento y responde un “sí” contundente.

Recuerda todos sus proyectos, ayudándose de los boletines anuales que editaba el Ayuntamiento, ‘Al correr de un año’, pero, sobre todo, tiene interiorizada la forma de ser de ciertos personajes que conformaban la ciudad y que parecen convertir ese tiempo en Puertollano en un escenario literario, donde personajes de lo más variopintos satinaban de ingenio las calles de la ciudad.

En homenaje a todos esos personajes, Emilio Caballero tiene varias cuartillas de papel donde tiene escrito, uno por uno, los motes que ha ido recordando de casi todos esos personajes que ahora evoca con displicencia y cierta ternura, “ahora todo el mundo es igual, antes había gente diferente, con su personalidad”. Así recuerda al Cura Pringue, que tenía siempre la sotana hasta arriba de manchas o al Cojo Anarquista, “un hombre al que yo vi de joven dando palos a un crucifijo en el altar de la Virgen de Gracia; me caía muy bien ese hombre”, dice para retomar otro recuerdo, otro contrapunto, “curiosamente, años después, yo fui quien restituí ese crucifijo que el Cojo Anarquista había roto”.

Barniz cultural

Emilio Caballero, durante toda la conversación, insiste que una de los objetivos donde más ímpetu puso durante sus años de Alcaldía fue la de intentar “barnizar” culturalmente a Puertollano, “que era una población de gente obrera, tosca y ruda, con muy poca cultura”.

Así, uno de los proyectos de los que más orgulloso se muestra es de llevar Puertollano los Festivales de España, “que sólo solían ir a capitales y ciudades importantes”. Recuerda muchas obras y destaca cuando vino a Puertollano una jovencísima Nuria Espert interpretando una obra de Eugene O’ Neill.

Asegura que los precios eran muy asequibles y que incluso muchos obreros podían permitirse ir a ver “espectáculos de mi primer orden”. Hasta el gobernador de la época, José Utrera, llegó a decir que Puertollano “estaba viviendo una época lírica”.

Además, asegura el ex alcalde que durante su mandato hubo un gran esfuerzo para intentar escolarizar a todos los niños de la ciudad, “no sé si cuando me dejé la Alcaldía había algún niño todavía que no tuviera la posibilidad de ir a la escuela”, dice con ímpetu nuevo, sacudido por unas manos viejas.

Al correr de muchos años

Emilio Caballero pasa las hojas de los diferentes boletines con mesura, rescatando así su propio tiempo. “La inevitable foto de Franco”, encabezan todos los boletines, “también algún articulillo que escribía yo cada año para informar sobre lo más destacado que había hecho”.

Se declara un alcalde ecologista, “ahora que está tan de moda”, puesto que en todos sitios donde se podía yo plantaba un árbol. Muestra una foto del parque de la Rincona, otra de la repoblación de pinos que tuvo lugar en la Dehesa Boyal. También se denomina como feminista: “tengo cinco hijas, ¿cómo no iba a ser yo feminista?”. Además asegura, que Manolita (no recuerda el apellido) fue la primera concejala del Ayuntamiento, concejala a la que él mismo le dio el cargo.

Coge aire, tose de vez en cuando de una manera honda, y recuerda a todo su equipo de concejales con cariño, “tengo que decir honestamente que me sentí muy honrado con su ayuda, me ayudaron mucho”.

Como proyectos más significativos resalta la construcción de las Seiscientas Viviendas, “que todavía siguen ahí”. Se declara así mismo como un alcalde que estuvo al servicio de las personas, “yo fui el único alcalde que me reunía con cualquiera que quisiera verme”. “Muchos me achacaron que no desplegara más el urbanismo, pero Puertollano no estaba en ese momento, era más importante las personas que el desarrollo urbanístico de la ciudad”. Aún así en 1958 se elaboró el primer mapa de la ciudad y al año siguiente se tomaron instantáneas aéreas que ulteriormente servirían para el Plan de Ordenación de la ciudad.

Recuerda las visitas de Franco con frialdad. Asegura que él no era los que idolatraban al Caudillo, “hablé con él tres veces y me pareció un hombre gélido, ausente, que siempre miraba con desdén”.

Los peores momentos de la Alcaldía de Emilio Caballero vinieron desde el interior de las minas. Hubo tres catástrofes “horribles que provocaron muertos”. En homenajes a esos muertos, Emilio Caballero mandó construir el Monumento a los Caídos que estuvo muchos años frente al Mercado de Abastos y hace unos años fue trasladado al Poblado.

Asegura con cierta sorna distante que “por entonces se tenía mucha autoridad”, pero que esto no fue óbice para que hubieran movilizaciones. Y recuerda el capítulo de las mujeres de los mineros que querían llevarles la comida al interior de la mina y la llamada del capitán de la Guardia Civil diciendo: “alcalde estas mujeres están muy nerviosas, tenemos orden de no dejarlas bajar… aquí puede pasar algo muy gordo… nosotros no tenemos porras para defendernos, sólo fusiles…” Eso le dijo el capitán de la Guardia Civil. Emilio Caballero las citó en el Ayuntamiento y, según sus palabras, pudo solucionar lo que hubiera sido un “drama”.

Así se representa, años después, Emilio Caballero, trece años de Alcaldía en Puertollano. Un hombre del Régimen, pero con un cierto compromiso social que le ayudó para lidiar con un Puertollano enfrascado en una intensa época de cambio. De las medallas que le impuso el Gobierno del Movimiento, no quiere hablar, dice no darles importancia, “no las tengo a la vista como ves, estarán por ahí, guardadas…”