Edición mensual - Mayo 2007 - Historia

Cartas desde Toledo

La escultura urbana en Puertollano (XXVIII)

José D. Delgado Bedmar

Nº 187 - Historia

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Como probablemente se recordará, significábamos al finalizar la entrega anterior de nuestras “Cartas desde Toledo”, que Pepe Noja, el escultor a quien la Comisión creada al efecto encargó la realización del “Monumento al Minero” de Puertollano, no era un desconocido en los ámbitos artísticos nacionales, sobre todo en el apartado de escultura urbana monumental, aunque ya dijimos que su primera formación (y también su primer trabajo estable) fue el de piloto de aviación.

Una vez hubo recibido el encargo del monumento puertollanero, Pepe Noja se tuvo que plantear que, lógicamente, estaba obligado a representar la figura de un minero, tal y como todos en la ciudad la tenían en su cabeza, pero desde el primer momento tuvo claro que quería huir del realismo que desde algunos sectores se le demandaba y que, dicho sea de paso, era el estilo predominante entre las esculturas presentes hasta entonces en la localidad. La necesidad de conciliar ese realismo que pedía el comitente y la carga simbólica que pretendía introducir dio lugar a más de un problema, que supo sortear con gran habilidad.

Así, a finales del verano de 1982, el artista entregó al Ayuntamiento una maqueta de la figura, de unos dos metros de altura y realizada en escayola, que a partir de entonces fue expuesta en la planta baja del consistorio para que todos pudieran empezar a conocer la obra y opinar sobre la misma. En el jurado “popular” que integraron todos los ciudadanos que se acercaron a contemplarla, se achacó que era demasiado “abstracta” y que no representaba bien la figura que todos tenían in mente: que un minero no podía tener una “presunta” barba, que era demasiado viejo, que apenas si llevaba alguna de las prendas o de los utensilios propios del trabajo, que podía ser confundido con un trabajador de cualquier otra actividad...

Ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, Noja se vio en la obligación de dar lo que posiblemente fueron demasiadas explicaciones para hacer entender los aspectos más controvertidos de su obra. Al margen de otras intervenciones en prensa y radio, en una entrevista concedida a la revista “Puertollano”, que fue publicada en el número de septiembre de ese mismo año, explicaba la significación que había querido introducir con el ostensible hueco presente en el pecho de la figura, una de las críticas formales más recurrentes para todos los que habían visto la maqueta: “Yo creo que es la parte más emotiva por dos razones: la primera, porque es la que menos realismo tiene, por lo que hay que darle un contenido muy interesante, muy profundo, para que, sin tener realismo, signifique algo. Esta bóveda, esta oquedad en la parte del corazón, no significa que el minero sea un hombre sin corazón, sino todo lo contrario. El homenaje al minero, este hombre que hizo la realidad de que disfruta el pueblo de Puertollano, es porque este hombre con su trabajo dejó su corazón en la mina, dejó su corazón que es su vida para que hoy día Puertollano pueda tener esta realidad, esta vivencia de la cual podéis disfrutar. Digo podéis disfrutar porque yo estoy viviendo en Madrid, por lo tanto he querido dejarle ese vacío, porque ese vacío que falta en el bronce de la obra está andando constantemente en cada uno de los ciudadanos de este pueblo”.

La propia configuración global de la obra –compuesta a base de grandes bloques- había sido objeto también de numerosos comentarios y críticas, porque para todos se podía apreciar bien la cabeza del personaje, pero ciertamente no podía identificarse con nitidez la forma del cuerpo humano. En este caso, Noja explicó su concepción reconociendo las influencias que había recibido de algunos de los grandes maestros de la escultura contemporánea: “Los bloques tienen dos significados: uno primario, que es el de que yo trabajo mi estilo propio con bloques, como lo hace Henry Moore o como lo hace Pablo Serrano, mis dos grandes profesores. Ese es el primero y quizá el más directo; y después, el haberlos exagerado en cierta manera y haber acoplado algunos más en la parte superior de la escultura, debido a ese gran arranque que supone el rostro”.

Precisamente en ese rostro, y a pesar de su realismo, tampoco habían gustado determinados detalles a algunos de los que opinaban. Noja se veía obligado también a salir al paso de estos comentarios, y los explicaba así: “Yo creo que el rostro del minero expresa bondad, trabajo y lucha. El surco, la dureza la ha marcado su trabajo, su tiempo. No he querido poner una persona joven porque creo que sería un gran error hacer un homenaje al minero con la cara de una persona joven. Creo que además los jóvenes, desgraciadamente, marcan en surcos su cara haciéndose viejos en esas minas. He querido hacer el homenaje al minero, al que hizo posible esta realidad, el pueblo de Puertollano, y ese minero es ya mayor, ese es un minero que se tiene que ver reflejado en su tiempo, por eso no he querido poner un rostro joven que indudablemente hubiera contrastado de forma casi un poco grosera con una cara que no hubiera reflejado la lucha, los surcos del trabajo”.

Pasaba Noja a continuación a explicar la absoluta necesidad de ubicar la figura en el lugar finalmente elegido, en un balcón natural en la falda del cerro de Santa Ana y no en el Paseo de San Gregorio como estaba previsto en un principio, porque debía realizarse a un gran tamaño, dado que entonces se tenía la idea de situar detrás de ella al Pozo “Santa María”, opción que, como se sabe, finalmente se descartó.

También, Noja explicaba la introducción en su obra de un importante elemento realista y el simbolismo que le había dado: “Bueno, yo he querido, evidentemente, eliminar símbolos que tampoco eran símbolos genéricos o uniformes que los llevaran todos. Unos llevaban picos, otros botas, otros zapatillas, otros pantalón corto, otros largos. Lo sabemos por fotografías, y he querido eliminar todo preciosismo de este tipo. No me interesa al pico, no me interesa nada de eso. La carbura la he puesto porque creo que es lo que más unifica a todos los mineros en este alarde no interesante. Pero yo me he ido a lo que creo que es mucho más importante y profundo, que por supuesto es la persona en sí: el minero como hombre, el minero como ciudadano, como hijo del pueblo, trabajando para el pueblo y creador del pueblo. Por eso no he querido poner el pico, y sin embargo le he puesto una expresión fuerte, una expresión dulce, pero dura, altanera”.

Finalmente, anunciaba que el mármol que en un primer momento fue el material elegido para dar forma al monumento, había dado paso ya al bronce en la nueva concepción que tenía del mismo: “Creo que debe ir en bronce, en contraste con el mármol blanco que en su día se habló, pero como se cambió el concepto de principio, ahora hay que cambiar la materia. Cuando se hacía un relieve sí tenía lógica, pero ahora, cuando se hace una obra en mármol blanco, todas las entradas y los perfiles se pierden en ese material y hay que ir al bronce, porque el bronce es dureza, porque el bronce da una sensación de fuerza, de estabilidad no rompible, aunque por supuesto el vandalismo puede aparecer en cualquier momento. Pero esa sensación que nos da este material y, por supuesto, las calidades que a nosotros plásticamente nos ofrece son mucho más positivas que cualquier otra materia”.

La labor “didáctica” que tuvo que desarrollar el escultor rindió finalmente sus frutos, y la obra que a la postre se llevó al bronce apenas si varió a partir de su concepción inicial. Involucrado totalmente con esta pieza, y consciente del elevado coste que supondría realizarla en esta nueva materia, optó por ofrecer sus servicios gratuitamente a la Comisión. Apenas unos meses después, el “Monumento al Minero” de Puertollano estaba listo para ser inaugurado.

Recordando estas circunstancias comenzaremos nuestra próxima “Carta desde Toledo”. Hasta entonces.