Edición mensual - La Pasión 2007 - Colaboradores

Cristo: Resplandor de vida

(Palabras para una Semana Santa de Pasión, Dolor y Gloria)

Luis García Pérez

Nº 186A - Colaboradores

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En el cíclico discurrir de las estaciones, nos encontramos en el pórtico de la Semana Santa en la que el mundo cristiano conmemora los acontecimientos más trascendentes de la salvación humana: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que se inmola en la Cruz para redimir al género humano. Dios se humilla hasta el extremo de ofrecer su vida para el perdón de los pecados, uniendo de este modo, definitivamente, a los hombres con Dios.

Los acontecimientos que tuvieron lugar en Jerusalén, desde el Domingo de Ramos con la entrada triunfal de Jesús a lomos de una borriquilla, hasta el Domingo de Resurrección, pasando por su pasión y su cruenta muerte en la Cruz, son hechos fundamentales para el cristiano que a través de la liturgia de estos días rememora y actualiza después de más de veinte siglos. A través de una rica y artística imaginería que va a desfilar por las calles de nuestros pueblos y ciudades durante la Semana Santa, los cristianos vamos a representar esa Pasión salvadora acompañando a Jesús hasta el Calvario con los desfiles procesionales, para, finalmente, participar también en el gozo de la triunfal Resurrección. Todos los iconos e imágenes religiosas de estos días nos ayudan a comprender mejor el sufrimiento del Salvador que acepta voluntariamente por amor el suplicio, sin perder en ningún momento su majestad y actitud de entrega. Y el pueblo creyente le acompaña con fervor, unos como penitentes, otros como espectadores o interpretando desde los balcones saetas llenas de fervor y sentimiento. La música adecuada para cada momento, el profundo silencio y la solemnidad de las procesiones intentan trasladarnos a una realidad que marcó un hito histórico de extraordinaria importancia para los creyentes y para el mundo de la cultura y el arte.

Las bellas imágenes de Salzillo, Mariano Benlliure y otros grandes imagineros recorrerán las calles para revivir el gran drama de la Pasión, dejando en nuestra retina el asombro luminoso del arte que ha esculpido la más honda religiosidad, el dolor más profundo. El paso de Jesús Nazareno escarnecido y doliente es como un río transparente que nos deja en el alma las huellas del dolor divino, el lenguaje exquisito del arte sacro que penetra en los bosques interiores del espíritu y nos conmueve con las lágrimas de esta arcilla nuestra que resquebraja con el frío de nuestra soledad atribulada. Cristo pasa cribando el sol con su mirada, arrullando la Tierra con sus manos.

Durante la Semana Santa tienen los miradores de la tarde el color morado de la pena, pero se respira en los atardeceres un color de esperanza rediviva, cuando las manos del Redentor pulsan las cítaras solemnes en el desierto de esta vida humana, donde parece que el dolor tiende sus credenciales abismales heridas sin sutura. Es la música solemne de los desfiles procesionales como una melodía que invade los sentidos y penetra en el alma adentro, desde los atardeceres al corazón profundo de la noche.

Y el recogimiento y el dolor del Viernes Santo se transforman en regocijo el Sábado de Gloria, como un clamor de azucenas que resplandece en nuestros ojos entre alegres repliques de campanas. La tristeza que transforma entonces en una lluvia de pétalos fragrantes o concierto de alondras que llega a destrenzar el silencio igual que un arco iris de promesas cumplidas.

Es la Resurrección del Domingo de Pascua la llegada del regocijo de la luz, porque cuando el alba de Dios nos ilumina/ esta frente de arcilla prisionera/ un fulgor de fecunda primavera/ resplandece en el mar de la retina/ Cuando Dios se hace alondra matutina/ y ensaya su canción a nuestra vera/ un clamor de inefable sementera/ se apodera del alma peregrina/ este rayo de Dios cuando amanece/ nos traspasa el umbral de la conciencia/ y el corazón, gozoso, se estremece/ El alma, perfumada de inocencia/ al tiempo que en la tierra nos florece/ sólo busca el amor de su presencia.