Edición mensual - Abril 2007 - Historia

Cartas desde Toledo

La escultura urbana en Puertollano (XXVII)

José D. Delgado Bedmar

Nº 186 - Historia

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Como muchos lectores probablemente recordarán, dedicábamos las últimas líneas de nuestra entrega anterior a relatar las primeras vicisitudes por las que pasó la construcción del “Monumento al Minero”, que vino a suponer un auténtico reto colectivo para toda la sociedad de Puertollano en virtud del elevadísimo presupuesto que, para la época de la que estamos hablando, suponían los diecisiete millones de pesetas que se estimaban necesarios para levantarlo fuera del centro del pueblo.

Como quedó dicho en nuestro escrito del pasado mes, fue realmente admirable la respuesta ciudadana, pero las aportaciones realizadas en los programas radiofónicos nocturnos (en muchos casos suponiendo verdaderos sacrificios para quienes las ofrecían) apenas si llegaban a suponer poco más del diez por ciento del presupuesto. La prensa escrita también se reveló como una herramienta de gran importancia para conseguir aportaciones, sobre todo el boletín municipal “Puertollano” que mensualmente llegaba a la población, en el que se ofrecía cumplida información de las aportaciones y de las novedades que había en torno al monumento.

En el del mes de septiembre de 1982, el de las fiestas patronales, se informaba del pleno desarrollado en el ayuntamiento el mes de junio anterior, destacando que en el décimo punto del orden del día se tomaron decisiones trascendentes para la definitiva configuración del monumento. Así, en primer lugar, el Presidente de la Comisión pro-monumento –que no era otro que el alcalde de la ciudad- informó que se habían obtenido hasta entonces un total de 2.945 llamadas, recaudándose 1.722.397 pesetas, dato que nos demuestra lo “popular” de la convocatoria: apenas 585 pesetas de media por llamada. Igualmente, el alcalde informó que el escultor elegido para llevar a cabo el monumento, Pepe Noja, había manifestado por escrito a la Comisión que si definitivamente se situaba en un espacio abierto, fuera de la zona central de la ciudad que se preveía en un principio, la figura no podría tener menos de diez metros de altura, lo que supondría un coste aproximado de diecisiete millones de pesetas, más de cuatro veces los cuatro millones inicialmente previstos.

Con estos nuevos datos, el alcalde planteó seguidamente la aprobación de la propuesta de la Comisión en el sentido de que se acordase que el monumento tuviera grandes dimensiones y se ubicase fuera del centro de la localidad, con el objetivo de no romper el “esquema urbanístico” de la misma. Por ello, la Comisión decidió que se propusiera su ubicación en un “balcón” natural existente entre la variante al complejo industrial y el complejo de piscinas municipales, sobre una gran roca allí existente. A continuación propuso que la corporación municipal asumiera la obligación de solicitar oficialmente todas las ayudas posibles, desde empresas particulares hasta organismos oficiales, y que si con todo esto no se conseguía reunir la cantidad presupuestada, el resto fuera asumido con cargo a las arcas municipales. Por último, el alcalde propuso que, ante el magnífico ejemplo cívico y solidario que se estaba dando, se expusiesen públicamente las listas de donantes.

El representante de Unión de Centro Democrático planteó la posición de su grupo, que no estaba de acuerdo con el segundo punto en concreto, dada la delicada situación por la que pasaban las finanzas municipales; mientras que el representante del grupo comunista manifestó su pleno apoyo a todas las gestiones y propuestas llevadas a cabo por la Comisión. El portavoz socialista, por su parte, resaltó el extraordinario apoyo popular obtenido por el proyecto de construcción del monumento, señalando su absoluta confianza en que, una vez acabada la multitudinaria aportación de los particulares, con seguridad se obtendrían grandes aportaciones que harían menos gravoso el problema que pudiera plantearse para el ayuntamiento.

Como es lógico, el alcalde coincidió con este último planteamiento, poniendo el acento y su confianza en que había grandes posibilidades de que la situación económica municipal comenzase a mejorar en los meses siguientes, aunque, en el peor de los casos, la aportación del consistorio siempre se podría llevar a los presupuestos del año siguiente, porque estaba convenido que el ayuntamiento no debería dar ningún dinero hasta después de la inauguración del monumento, que estaba prevista, según dijo, y si no ocurría ninguna novedad que lo evitase, en diciembre de ese mismo año 1982, posiblemente en torno al día 4, coincidiendo con la celebración de Santa Bárbara, patrona de los mineros.

Llevada a votación la propuesta de que el ayuntamiento aceptase formalmente el compromiso económico que pudiera derivarse de la construcción del monumento al minero, los representantes del partido socialista y del comunista, así como Florentina Bueno Martínez, de UCD (que rompió la disciplina de voto impuesta por su partido), votaron a favor, mientras que el resto de representantes centristas se abstuvieron.

Conviene en este punto centrar nuestra atención en el escultor que había sido elegido por la Comisión pro-monumento para llevar a cabo la obra: Pepe Noja. No es muy conocido que este artista, nacido en la localidad onubense de Aracena en 1938, comenzó a interesarse por el mundo de la pintura (en la que llegó a iniciar estudios) y la escultura a la temprana edad de 16 años, participando desde 1955 en varias exposiciones colectivas en Madrid. Sin embargo, en 1957, a los diecinueve años, ingresará en la Escuela del Aire, graduándose tres años después como piloto de aviación.

Poco tiempo después abandona la aviación militar, pasando como piloto a la aviación civil, trabajando en la compañía holandesa KLM, lo que provoca que pase a residir durante largas temporadas en Amsterdam, ciudad en la que ya había expuesto su obra a los 20 años, concretamente en la Galería “Simone De Haags”. Su nueva residencia facilita sus contactos artísticos y en ese mismo año de 1960 en el que comienza su actividad como piloto comercial, lo tenemos exponiendo su obra en galerías y museos de Londres, Stuttgart, Milán, Estocolmo y en las ciudades holandesas de Harlem y Arnherm, haciéndolo en los dos años siguientes en Bruselas, Rotterdam, París, Londres, Bergen, Berlín y de nuevo en Amsterdam, hasta en dos ocasiones.

En 1963, a los veinticinco años, un problema de salud hace que se vea obligado a dejar su trabajo como piloto, obteniendo entonces una beca del estado holandés para estudiar en la prestigiosa Famous Arts School of California. A su vuelta de tierras americanas, afianza su carrera artística y desde entonces vive por y para el arte, exponiendo de forma continuada en salas de toda Europa, por lo que estará produciendo obra de forma frenética y abriendo una nueva exposición cada dos o tres meses hasta finales de los años setenta.

Será sin embargo una nueva faceta artística la que fue determinante para su selección para realizar el monumento de Puertollano: la escultura urbana. De 1976 es su primera obra en este ámbito: el monumento al Abuelo de Alcobendas (Madrid), al que siguen el monumento a Manuel Azaña de Madrid y el de Baldomero Lozano en Villaseca (León), ambos de 1979. Serán sin embargo las siguientes obras las que marcan el inicio de su fama: el monumento a Fernando de los Ríos, en Granada (1980); el de Pablo Neruda, en Madrid (1981); el de los niños de Ortuella, en esta localidad vasca (1981); y el monumento a la Libertad, en Laguna de Duero (Valladolid), de 1982.

Con todo esto, parece claro que Pepe Noja no era un desconocido en los ámbitos artísticos internacionales a principios de los años ochenta, pero nunca había hecho nada tan ambicioso como el monumento planteado en Puertollano. A él seguiremos dedicando nuestra próxima “Carta desde Toledo”.