Edición mensual - Diciembre 2006 - Puertollano

Orificios

Historias del lujo

José Rivero

Nº 181 - Puertollano

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Antes se parodiaba el exceso del lujo con la calificación de “asiático”, como si lo asiático fuera equivalente con ese incremento raro de tenencia de prendas y prebendas; más tarde se habló del lujo de los jeques árabes, hinchado por la bonanza de los petrodólares y luego, se orientó tal selección lujosa, a las plusvalías negras obtenidas en la ex URRS con las privatizaciones de petroleras y empresas gasísticas, por hombres con apellidos terminados en “ukov”. Toda una historia del Lujo que no es, pese a todo, una historia de la civilización o una historia (que las hay) de la Comodidad, aunque todas tengan cierta deriva Oriental: Oriente, Arabia, Rusia, no dejan de ser posiciones orientales, que son por las que sale el sol.

Todo ello, todo ese discurso brillante y perecedero de acumulación de objetos brillantes, rutilantes y deseados, lo cuenta y se encuentra en Forbes, revista del grupo donde desfilan millonarios texanos un poco hoscos, ejecutivos enriquecidos por fusiones invisibles y magnates de mercados tecnológicos en ascenso con una cotización bursátil que espanta. Ya ni siquiera testas coronadas o apellidos de rancio abolengo en la vieja Europa. Nombres ilustres, o no tanto, con objetos ilustres o muy lustrados componen la ecuación del lujo: perfumes de alto calado, marroquinería artesana, champagne oculto, alta costura de precios altísimos, obras de arte falsificadas de apariencia auténtica, vehículos con muchísimos caballos, joyas que harían palidecer al Topkapi, viviendas en la playa que quitan el hipo y apartamentos desde los que tutear a la Torre Eiffel. Como todo lo que ofrecía El País Semanal del 12 de noviembre. ¿Un sueño? o ¿una pesadilla?

Pero al fin todo vuelve a su enclave originario, que siempre ha sido el parisino, con alguna impronta milanesa o londinense. ¡Ah la ‘grandeur’ francesa!, que bien luce y pasea su palmito por estos mercados fascinados y fascinadores. Mercados fascinados que desacreditan la democracia, en palabras recientes de Vidal-Beneyto.

Cierta moda y su tendencia terminan últimamente, pues, en Nault, como un enigma oculto de las realidades galas con ese sufijo que ya tuvo el ciclista Hinault, ganador de algún Tour. Ahora, es Renault campeona del mundo de marcas en el circo de la Formula 1, y mañana puede aparecer otro apellido acabado en esas cinco letras de fonética gala: no Pernaud sino Pernault. Pero sigan la pista de los nombres terminado en Nault y descubrirán el estrago de los mareos que proporciona el lujo. Un lujo que nace, paradójicamente, de ciertas privatizaciones de empresas públicas a precio de saldo.

Los Nault, son además el sufijo de dos ilustres empresarios franceses, François Pinault y Bernard Arnault, que pleitean por muchas firmas de empresas de prestigio y enclaves de lujo. ¿Se puede ser un empresario del lujo sin participar de él? Rara vez encontraremos a un lotero que no sea un ludópata oculto; de igual forma que rara vez encontraremos a un estanquero que no fume. Pues eso, rara vez los empresarios del lujo no serán aficionados a sus creaciones y excrecencias. Acaparan, entre ellos, buena parte de lo que ya se llama industria de lujo, que crece y produce cada día más beneficios. No en balde, París arrojó el pasado año un enorme saldo de beneficiarios de stock-options, por encima de un millón de euros. Y estos privilegiados componen la clientela favorita de esos fabricantes de sueños con muchos ceros en el precio final del producto. Todo es posible en ese enclave, como cita Octavi Martí. Así: “Comprar una botella de añada de una gran marca, un traje de firma, un reloj hecho a mano o colgar en la pared del apartamento un degradado suicida de colores Rothko acaba siendo la misma cosa”. Transitividad del lujo y continuidad de sus creaciones. ¿Qué más da un Rollex que un Barceló?, ¿no es lo mismo un Armani que un Ferrari Testarrosa exclusivo?

Pinault, propietario de Saint Laurent, Boucheron, Christie´s o la Botegga Veneta. Arnault, dueño del consorcio LVHM (Vuitton, Moët, Henessy), de Dior, Fendi y Kenzo. Ambos pleitean por cierta primacía en el mundo del arte. Lo hicieron con Gucci o con alguna pieza pictórica sobrevalorada. Y lo hacen ahora con las antigüedades y pugnan por cierta primacía visible con sus colecciones de arte. Pinault, propietario del veneciano Palazzo Grassi, reformado por el arquitecto japonés Ando se queda a un lado. Mientras Arnault proyecta mostrar su colección de arte en el Bois Boulogne, con un trabajo del afamado Frank Ghery. Vinos, revistas de lujo, perfumes de ensueño, moda de Haut-couture, almacenes como Printemps o la Samaritaine, pueblan un universo adobado por miles de millones de euros. Arnault, 14.300 y Pinault, 5.000. Aunque generados “casi desde la nada, gracias a la generosidad de los gobiernos y al dinero de los ciudadanos” según cuenta Vidal-Beneyto en “La corrupción blanca”. Pues eso, del lujo asiático al lujo blanco de cierta corrupción consentida.