Edición mensual - Diciembre 2006 - Historia

Érase una vez... Érase una vez... Érase una vez...

Érase una vez... diciembre

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 181 - Historia

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HACE QUINIENTOS AÑOS... 23 DE DICIEMBRE DE 1506.- Pelea de unos serranos en el Valle de Alcudia. Se trata de pastores trashumantes procedentes de dos comarcas diferentes: unos procedían de tierras de Cuenca y otros de la cuadrilla de Soria. Parece que se enzarzan a tortas en una dehesa de Mestanza al disputar por unos conejos que habían atrapado en unas losas (trampas hechas con lajas de piedra, puesta de forma que al entrar en ellas caía la piedra sobre el confiado gazapo). Unos gañanes habían puesto las trampas, pero otros las encuentran antes, sorprendiéndolos con las manos en la masa. No obstante, la situación empeora cuando de las manos pasan a los palos, quedando cuatro pastores descalabrados y otros tantos tullidos de los garrotazos.

En los pueblos se miraba con cierta desconfianza a estos forasteros que parecían cada temporada conduciendo enorme rebaños de ovejas desde Castilla la Vieja, La Rioja o el Bajo Aragón. La juventud de muchos de ellos y el permanecer tanto tiempo lejos de sus familias propician algunos excesos, entre los que no faltan daños a fincas, pequeños hurtos, furtiveo de caza y pesca e incluso violaciones de mozas en despoblado. Sin embargo no es menos cierto que poblaban, siquiera durante unos meses, un área semidesértica, potenciando los intercambios económicos (sobre todo el trueque) pero también culturales (cuentos, leyendas, cultos religiosos, supersticiones...) y humanos (muchos terminan casándose y afincándose entre nosotros). Valga como muestra mi propio apellido Vozmediano, procedente de un remoto pueblecido a las faldas del Moncayo, cerca de Ágreda (Soria), que trajo por aquí algún pastor a fines del siglo XVI o principios del XVII.

HACE CUATROCIENTOS CINCUENTA AÑOS... 12 DE DICIEMBRE DE 1556.- Malestar en Puertollano, por la actitud despótica de su comendador, don Pedro de Velasco, y el bachiller Pedro de Illescas, mayordomo-administrador de la encomienda. Tampoco contribuye a mejorar las relaciones entre señor y vasallos el que algunos vecinos apalean al hijo del apoderado del comendador por impedirles arar un barbecho.

Los comendadores puestos por la Orden de Calatrava, a estas alturas de la historia, son caballeros pertenecientes a la nobleza cortesana, segundones de las grandes Casas aristocráticas castellanas y miembros cualificados de la milicia triunfantes en los tercios de Italia, Flandes o América. Encumbrados con tales dignidades y sus rentas, algunos de ellos pretenden comportarse como los antiguos nobles feudales, reclamando añejos derechos como los que le permitían comprar los primeros en el mercado o recibir gallinas de regalo por Navidad. Además, se daba la circunstancia que su absentismo hacía inevitable el que algún vecino o forastero debiera administrar la casa del comendador y sus posesiones (huertas, viñedos, tierras cerealeras, montes y ríos), por lo general dispersas por el término municipal.

HACE DOSCIENTOS CINCUENTA AÑOS... 24 DE DICIEMBRE DE 1756.- En vísperas de Pascuas pasan unos alojeros por Puertollano. Se llamaba con este curioso nombre a quienes confeccionaban y vendían por los pueblo una bebida bastante popular de la época denominada aloja.

De origen posiblemente musulmán, algunos la hacen derivan del vocablo árabe al-halwa’, el dulzor. Por su parte, un buen amigo nuestro, Manolo Pradillo de la Santa, encontró en su día un vetusto libro donde aparece la fórmula magistral de dicho bebedizo:

“Se toman dos azumbres [casi 4 litros y medio] del mejor vino blanco, dos azumbres de agua tibia, cuatro libras [casi 2 kilos] de miel, una de levadura de pan, que después de mezcladas se ponen en una olla o tinaja vidriada; luego se han de tomar seis onzas [unos 180 gramos] de canela, jengibre, clavos de especie, nuez de especia y pimienta longa una onza [30 gramos] de cada una; y quebrantado todo a medio moler, y metido en un taleguillo de angeo o de lienzo limpio [para tamizarlo], se pone la infusión dentro de una tinaja, cubriéndola con su tapa de madera, y dejando en infusión tres días. Al cabo de los cuales se añade media libra [cuarto de kilo] de miel desleída con medio azumbre [un chorreón] de agua tibia, y se revuelve la mezcla con un palo, repitiendo la misma diligencia cada tercer día por espacio de doce seguidos que debe durar la infusión en tiempo de verano, y diez y seis en invierno; y pasado este tiempo se guarda aparte en una tinaja dicha aloja, de manera que siempre esté fresca”.

Esta aloja de vino, miel y especias varias era, junto con el agua de limón y con la leche helada, la bebida por excelencia en las fiestas y celebraciones de nuestros antepasados: bodas, Navidades, Carnestolendas (Carnavales) y otros grandes eventos públicos o privados.

Todavía en la actualidad puede tomarse aloja en ferias medievales o con motivo de las Jornadas de Teatro Clásico de Almagro, si bien se siguen recetas por lo general mucho menos bravías que la antes mencionada para gustar más a los paladares de hoy.

No olvidemos que antaño el vino era considerado un alimento insustituible en la dieta de nuestros antepasados, de tal modo que en tiempo de Felipe II se dice en algunos pueblos manchegos que hasta los niños y los viejos ingieren vino como bebida habitual, prefiriéndola al agua de los manantiales. O que hasta el agua agria era rebajada (por decir algo) con vino blanco por los bañistas de Puertollano cuando venían los veranos a tomar las aguas del Ejido de San Gregorio. Esos eran los consejos de los médicos de entonces, auténticos matasanos de los que había que huir si se querían cumplir años. Por suerte, todo esto ha cambiado ¿o no?

HACE DOSCIENTOS AÑOS... 13 DE DICIEMBRE DE 1806.- Interceptada una partida de tabaco de contrabando en las inmediaciones de Brazatortas.

La historia del tabaco es apasionante. Procedente de Indias, los primeros fumadores fueron los frailes franciscanos que fueron como misioneros a América. En los fardos de los galeones de retorno a la Metrópoli empiezan a venir tabaco en picadura medido el siglo XVI, debiéndose de enfrentar los primeros fumadores en España al Santo Oficio de la Inquisición, pues se pensaba que solo un endemoniado podía expulsar humo por boca y narices. Hacia el siglo XVII, los estadistas hispanos controlaron su venta y distribución a través del monopolio (estanco le llamaron, de ahí el nombre el nombre actual de tales expendedurías), aunque siempre hubo un contrabando intenso de este producto. En un Diccionario de fines del siglo XVI se dice que esta hierba la descubrió el demonio para embaucar y perder a los sacerdotes. La animadversión hacia los fumadores llevó a tal punto que el obispo de Jaén llegó a prohibir su consumo en su diócesis en 1640, con pretexto que enfermaba a los files y enviciaba a jóvenes y viejos.

Su consumo estaba restringido a los hombres, como la visita a la taberna, y las pocas mujeres que lo fumaron eran las damas o bien consideradas meretrices y gente de mal vivir.

A comienzos del siglo XVIII el tabaco se consumía de múltiples formas. Si se fumaba mezclado con barro oloroso era propio de la grandes damas; el llamado grosso formaba una masilla con agua de olores y se consumía en polvo; el de somonte o Havano se fabricaba en Sevilla y es el antecedente de los puros; por último, el rapé era un invento francés traído por la nueva dinastía borbónica recientemente instalada en el trono español. Como era previsible, el vicio fue en aumento. Ya veremos lo que nos depara el futuro.