Edición mensual - Julio 2006 - Sociedad

El Auditorio acogió una exposición fotográfica de Susana Domínguez, que ha estudiado el impacto climático en la flora de nuestro país

Las especies vegetales se están adaptando como pueden al cambio climático

J. Carlos Sanz

Nº 176 - Sociedad

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Mientras la humanidad continúa pensándose qué hacer con la sostenibilidad, ese concepto advenedizo que se ha convertido en cliché mediático antes de ser asimilado por los gobiernos y la sociedad, el emergente cambio climático está haciendo de las suyas aprovechando el desconcierto reinante. Mientras los medios de comunicación siguen confundiendo churras con merinas al presentar el calentamiento global, el efecto invernadero y el cambio climático como patas de un mismo problema, diversos grupos de científicos y expertos se han puesto manos a la obra realizando trabajos de campo para demostrar que el clima está dejando de ser tan benigno como se pensaban y que efectivamente presenta un preocupante cuadro de infección provocado por la actividad humana, principal agente patógeno.

Y mientras la humanidad sigue dividiéndose en dos bandos, entre aquellos que alertan del peligro al que nos enfrentamos como no hagamos algo pronto y entre otros que edulcoran el cambio climático, movidos por no se sabe qué oscuras intenciones económicas, los seres vivos que pueblan buena parte de nuestro planeta ya se han puesto las pilas.

Una cuestión de adaptabilidad o muerte

“O te adaptas a lo que viene o no lo cuentas” parece decirnos la naturaleza y antes de que sea demasiado tarde, las especies vegetales han tomado buena nota y están intensificando programas de adaptabilidad.

Esta es la principal conclusión que se desprende del exhaustivo proyecto de investigación que durante tres años ha llevado a cabo un equipo de investigadores españoles, financiados por el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Un proyecto al que denominaron ECOFIARB y que a modo de radar ha tratado de buscar en las especies vegetales de nuestro país, las secuelas del cambio climático que estamos sufriendo y como está afectando el mismo a la naturaleza y estructura de estos seres vivos.

Así, durante tres años, la ingeniera forestal y fotógrafa Susana Domínguez ha realizado un seguimiento detallado del proyecto en todas sus fases, materializando su colaboración en diversas fotografías, exponentes visuales del cambio climático, y recopilando información documental con la idea de divulgarla a través del montaje de una exposición itinerante. Parte de este trabajo de divulgación de Susana Domínguez pudo contemplarse durante el mes de junio en la sala de exposiciones del Auditorio Municipal de Puertollano. Y lo que allí se mostraba puso a más de uno la carne de gallina.

Numerosas especies desaparecerán

Para abrir boca, Susana Domínguez asegura que las especies vegetales más delicadas en su fructificación o germinación pueden llegar a desaparecer. Una posible extinción que no sería sólo el resultado del manido cambio climático sino también de prácticas humanas que se han venido realizando de forma impune durante las últimas décadas y que han actuado como el más mortífero de los venenos en la pervivencia de las especies vegetales. Nos referimos a prácticas descabelladas como la tala indiscriminada de bosques, la adulteración de hábitats naturales o la esquilmación y abandono actual del medio rural. A lo largo de los tres años de amplia investigación, “el equipo del proyecto ECOFIARB ha confirmado que determinadas especies vegetales están en serio peligro de desaparición debido a los efectos del cambio climático”, advierte Susana Domínguez. Daños colaterales, algunos ya de carácter irreversible, y provocados por esa hueste que acompaña al cambio climático, y que se está cebando de sobremanera en nuestro territorio, como la aridificación de los suelos, el incremento de temperatura media o la escasez de precipitaciones.

Primeros efectos de la extinción

Estas particulares “bombas atómicas” del clima han provocado daños visibles. “La disminución de la capa freática en el suelo, debido en gran parte al aumento de temperatura, hace que muchas plantas tengan menos capacidad de reproducción”, señala con preocupación Susana Domínguez. Un riesgo de infertilidad que está asolando a especies tan emblemáticas como el fresno, el olmo y las especies vegetales de ribera. Y claro es tal la mella que la mayoría de las especies vegetales están atravesando su particular vía crucis, el dilema de responder o no, es decir, la capacidad de respuesta ante estímulos y efectos imprevistos. Es lo que Susana Domínguez llama plasticidad, la condición creativa que poseen algunas plantas para cambiar su estructura genética y adaptarse lo antes posible a las nuevas condiciones climáticas. “Estos cambios morfogenéticos en las plantas se tienen que comprobar con el tiempo pero sí es cierto que algunas especies ya se están adaptando al cambio climático”, explica con alivio Domínguez.

La plasticidad sería por tanto, una respuesta intuitiva de estos seres vivos, que de alguna manera presienten que van a pasarlas canutas. Lo malo es que esta capacidad de adaptación está siendo dispar, pues hay especies vegetales que al menor signo de cambio en ese termómetro que es la benignidad del clima, deciden acometer reformas internas en forma de crecimiento distinto y otras que están aquejadas de una carencia de reacción. “Una de las cosas que hemos visto en el estudio es que a medida que la especie vegetal es más grande, más problemas presenta para mantenerse y evitar los efectos de la sequía, por ejemplo”, indica Susana Domínguez quien además vaticina un futuro en donde los paisajes naturales estarán dominados “por plantas más pequeñas y con gran capacidad de resistencia”.

Ante el cambio, las plantas se arriesgan

Otro de los problemas que acarrea el cambio climático es su imprevisibilidad, “por lo que aquellas plantas qué mejor logren adaptarse a los cambios repentinos serán las que sobrevivan”. O sea que aparte de adaptabilidad, los investigadores del ECOFIARB han visto que otra característica efectiva que presentan algunas plantas para sobrevivir en el cambio climático es su manera de arriesgarse. “Ante los cambios drásticos que está experimentando el clima, ya sea en sucesivas olas de calor o frío, hemos comprobado que algunas especies se ponen a crecer como locas, adelantan o retrasan su ritmo natural de crecimiento en función del tipo de clima que estén soportando”, concluye Domínguez.

Lejos de ser pájaro de mal agüero, se nos avecina un futuro muy incierto. Tanto que ya podemos empezar a despedirnos de la mayoría de las especies vegetales de hoja caduca pues según Susana Domínguez, “los caducifolios serán sustituidos por las especies perennes, ya que presentan el inconveniente de no adaptarse con facilidad”. Lo que está claro es que las plantas han pasado a la acción, no puede decirse lo mismo de los humanos, y que ante el desafío que supone el cambio climático la clave es lograr un cambio creativo. Como consuelo podemos asegurar que especies de nuestra zona como la encina tiene todas las papeletas para seguir existiendo. Algo es algo.

Por fin un libro que analiza el cambio climático

Tomen nota. Un libro de cabecera e imprescindible para comprender todo este tinglado del cambio climático es el del científico Tim Flannery. Responde al título de “La amenaza del cambio climático; historia y futuro” y está publicado por la Editorial Taurus. Escrito con una prosa directa y atractiva, Flannery trata de hacernos comprender el dilema al que nos enfrentamos, pues si seguimos quemando combustibles fósiles, aumentarán los niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera y esto provocará un calentamiento del planeta aún mayor.

Además, Flannery da un tirón de orejas a aquellos que han hecho del concepto cambio climático una especie de eslogan. “Uno de los mayores obstáculos para abordar el cambio climático es que se ha convertido en un cliché antes de haber sido comprendido. Lo que ahora necesitamos es información fidedigna y atenta reflexión, pues en los años venideros este tema eclipsará a todos los demás juntos. Se convertirá en el único tema”, señala en el prólogo el autor.

Uno de los grandes aportes de esta obra es su carácter didáctico y esclarecedor ya que trata por separado aspectos que, por ignorancia, se han metido en una misma coctelera como son el cambio climático, el calentamiento global y los gases invernaderos. “Los gases invernaderos son un tipo de gases capaces de retener el calor cerca de la superficie terrestre. A medida que aumentan en la atmósfera, el calor extra que retienen conduce al calentamiento global. Este calentamiento, a su vez, influye en el sistema climático de la Tierra y puede llevar al cambio climático”.

Junto a estos factores de riesgo, principales cabezas visibles de esta gorgona llamada cambio climático, Flannery explica con detalle y gran atinamiento otros de carácter complementario como es el oscurecimiento global, “un fenómeno que reduce la cantidad de luz solar que llega a la superficie de la Tierra. Ha provocado un enfriamiento de los océanos que llegan a Europa, lo que ha debilitado el monzón. El oscurecimiento global se debe en gran parte a las partículas arrojadas al aire por las centrales eléctricas de carbón, los coches y las fábricas”. Otro de los apartados inquietantes de este magnífico libro es el de “las puertas del tiempo”. Aquí, Flannery advierte de que estamos a punto de terminar una era geológica y dar paso a una nueva. “La Tierra de hoy en día tiene mucho más que perder a causa de un rápido calentamiento que el mundo de hace 55 millones de años. En aquella ocasión el calentamiento cerró un periodo geológico, mientras que nosotros, a causa de nuestras actividades, podríamos poner punto final a toda una Era”, advierte el autor.

El acelerado derretimiento de los polos, fenómenos alocados como “El niño” y “la niña”, la pertinaz sequía que se cebará con Europa, son otros temas que se tratan en este apasionante libro. Así hasta llegar al capítulo final, “la batalla de Kyoto”, en donde Flanney deposita todas sus esperanzas de actuar a tiempo. “El 16 de febrero de 2005, el protocolo ha entrado en vigor. Estados Unidos, Australia, Mónaco y Liechtenstein siguen fuera de él, y al igual que sucede con la creación de cualquier bloque comercial, la presión para que acaben formando parte será cada vez mayor. Kyoto es aún un bebé delicado, pero ya no hay duda de que influirá en todas las naciones durante las próximas décadas”, sentencia Flannery. Por el bien de todos, esperemos que así sea.