Edición mensual - Julio 2006 - Sociedad

Josito y la Verbena de San Antonio

Historia de una promesa (I)

Luis F. Ramírez Madrid

Nº 176 - Sociedad

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En Puertollano, sin la necesidad de realizar tales caminatas, comenzaron a celebrarse a principios de los años cuarenta una serie de actos religiosos y profanos que denotan la devoción que nuestra ciudad ha sentido por San Antonio, eventos que con el paso de los años fueron consiguiendo un mayor lucimiento.

Un vecino de la calle Aprisco, José Aguilar Fernández, en cumplimiento de una promesa realizada al Santo inició una serie de actos para adorar al «Taumaturgo de Padua» en su día, al tiempo que daba de comer a unos pocos necesitados con sus ahorros. “Josito”, minero de profesión y desde siempre devoto de San Antonio, con su iniciativa (digna de reseñar por su fuerte atracción religiosa y caritativa) con la que se solidarizaron rápidamente los vecinos del entorno (principalmente de las calles Aprisco, Olivo, Cañerías y Soledad), contribuyó a extender la veneración del Santo en la ciudad y a institucionalizar y engrandecer una de las principales verbenas que la localidad tuvo en el último siglo. Anteriormente a la realización de su promesa «Josito», venía instalando cada 13 de Junio desde 1940 un humilde altar con la imagen de San Antonio en la fachada de su casa (número 18 de la calle Aprisco) durante todo el día.

La pequeña fiesta fue engrandeciéndose año tras año debido a la simpatía con que fue acogida por todo Puertollano. Es inexcusable reconocer la valiosa ayuda y protección que dispensó a estos actos el cura Arcipreste de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, don José María Gómez, persona con enorme influencia en toda la ciudad en aquellos momentos. La duración de las fiestas era de tres días, uniéndose al fin de semana más cercano. Los trabajos de preparación de la verbena comenzaban unos días antes, transformando el lugar en un fantástico escenario de fiesta. Colgadas las luces y arreglado el piso para la celebración de los bailes, las casas del barrio se engalanaban con macetas, flores y guirnaldas sobre sus fachadas recién encaladas.

Preparadas las fiestas, el día de la víspera de San Antonio se levantaba en la fachada de la casa de «Josito» un altar, donde las flores y la luz rendían pleitesía al Santo. Ese mismo día a la diez de la mañana, en la Ermita de la Soledad (también tuvo lugar en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y en la Iglesia de la Cruz Roja) se celebraba una Misa, a la que asistían las modistillas, denominada desde finales de los años cincuenta «Hermandad de Santa Lucía y San Antonio de Padua», por haberlo acordado así en una reunión previa.

Después tenía lugar la procesión con San Antonio llevado a hombros por los feligreses por el siguiente itinerario: partía de la Ermita de la Soledad y continuaba por las calles Aprisco, Córdoba, Vía Crucis, Ricardo Cabañero, Aduana, Plaza Pública, Tercia y Cañerías para volver al lugar de origen. A la procesión acudían las jóvenes ataviadas con pañuelos blancos y flores que ofrecían al Santo, por ser el Patrón de las novias. Terminada la procesión se podía venerar la imagen en su altar, que estaba en casa de los hermanos Aguilar.

A pesar de los recelos y la incomprensión de algunos “puristas» que veían «poco respeto» en los actos religiosos que se celebraban, la fiesta fue creciendo y para demostrar lo erróneo de esos juicios, el Sr. Obispo, Don Juan Hervás Benet, acompañado de Don José María Gómez y las autoridades locales, estuvo presente en la misa, la procesión y la comida dada a los pobres el 13 de Junio de 1960.

La verbena

Por la tarde se inauguraba la Verbena a las ocho. Se arreglaba el piso de las calles y no cesaba la música a la que se entregaban los jóvenes con fervor, acercándose de vez en cuando a comprar las cosas propias de verbena en repostería. Esa misma noche, grupos de jóvenes ataviadas de flamencas y chulaponas ofrecían claveles y objetos de regalo a los numerosos visitantes.

Velar al Santo era ineludible: los beatos y l@s que deseaban novio no faltaban. Aquellas reuniones, animadas por el vocabulario de «la bocarrayos», no se hacían muy largas porque, en muchos casos, se tenía la confianza de que la espera no se realizaba en vano. Una constante en el discurrir de estos tres días es el repique de la campana, que se convirtió por deseo propio y expreso de los mozos y mozas en la estrella de toda la fiesta al ser el lugar más frecuentado y desde luego el que más anécdotas aporta. Se decía que a quien hace sonar tres veces la campana de San Antonio (deseando novio o novia) se le cumplía el deseo, de ahí los afanes y empeños de tantos mozos y mozas que tiraban con fuerza de la cuerda ocasionando un persistente repiqueteo que se escuchaba a varias manzanas de distancia. Se utilizaron dos campanas en la festividad de San Antonio: la primera, donada por el entonces Presidente del «Calvo Sotelo», D. Pedro Muñoz; y la segunda, que fue la que estuvo instalada en el taller del Pozo del Norte hasta que cesó su actividad en junio de 1972.

Son incontables las anécdotas que pueden citarse teniendo como protagonista a la campana, sin embargo vamos a dejar plasmada sólo una que, particularmente, nos ha llamado poderosamente la atención por lo inusual del caso. Sucedió en los cincuenta, fue una joven enfermera la que, después de hacer sonar en varias ocasiones la campana, se llevó el badajo de la misma, hecho éste que movió a su organizador a fijarle una tuerca al nuevo (badajo) para evitar que se repitiera el lance.

Ya el día de la festividad de San Antonio a las 9 de la mañana nuevamente tenía lugar en la ermita de la Soledad, una Misa que se ofrecía al Santo pidiendo protección para todos los que asisten y toman parte en esta festividad.