Edición mensual - Feria de Mayo 2006 - Colaboraciones

El laberinto de cristal

Eduardo Egido

Nº 174A - Colaboraciones

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Tenían las atracciones de feria, en su mayoría, dos partes diferenciadas: la fachada y la zona que quedaba oculta a los paseantes del Real. Para ver la segunda había que rascarse el bolsillo cuando lo cierto es que rara vez estaba a la altura de lo que prometían las pinturas multicolores del reclamo, las pinturas que anunciaban un espectáculo nunca visto “que iba en contra de las leyes de la naturaleza”, como repetía sin desmayo la voz misteriosa que atronaba por el altavoz. No digo yo que aún reinaran los tablones carcomidos como soporte de las fachadas. Los años sesenta habían incorporado otros materiales y tengo la impresión de que el cartón-piedra y los aglomerados habían hecho acto de presencia. De cualquier modo, semejante disquisición no distraía el embeleso con que el niño recorría incansable el recinto ferial del Bosque hasta estar seguro de que su retina había registrado todas las atracciones, las que se repetían invariablemente año tras año y las que constituían alborozada novedad. Quedamos, entonces, que las fachadas – fueran de tablones, cartón-piedra o aglomerado – formaban un largo y ancho pasillo desde el cruce de la calle del Pozo hasta las proximidades de la glorieta de la Virgen de Gracia por donde iba y venía un público municipal y espeso.

Hasta que un año apareció como una aparición -no podía ser de otra manera- el laberinto de cristal. Tela marinera, el laberinto de cristal. Para echarle de comer aparte, como suele decirse. El laberinto de cristal no tenía fachada reclamo ni falta que le hacía. Tampoco tenía una zona oculta a los ojos del paseante del Real. Todo quedaba a la vista en aquel entramado transparente donde una multitud desnortada transitaba en todas las direcciones buscando la salida. El propósito infantil en aquel ingenio consistía en localizar la salida pero no utilizarla demasiado pronto sino adentrarse de nuevo por los intrincados pasillos para estirar en lo posible la diversión. Para hacer rentable, dicho de otro modo, el precio de la entrada, más elevado que el precio general. La novedad y la modernidad, como es de razón, se cobraban su tributo. El laberinto de cristal contaba con un empleado que patrullaba su geometría con una doble misión: facilitar la salida a quienes no lograban dar con ella y forzar la salida de los que se resistían a culminar su hallazgo.

Sin embargo, el laberinto de cristal contaba con un atractivo mayor que su novedad, su transparencia o la resolución de su enigma. Hay que decir que sus pasillos medían escasamente un metro de ancho. Lo justo para permitir el cruce de dos personas. En tan escasa distancia la proximidad con otra gente resultaba extraña en una época poco proclive al contacto físico. Esta extrañeza se trocaba en delicia cuando la otra persona era una mujer, una mocita, una niña que caminaba hacia nosotros con una sonrisa de complicidad (ambos buscábamos lo mismo) y por un momento se encontraban las miradas al tiempo que la fragancia de su olor nos penetraba y tal vez un roce unía alguna parte de nuestros cuerpos durante un instante interminable.