Edición mensual - Feria de Mayo 2006 - Colaboraciones

Jugando al yoyó con el tutú

Francisco Correal

Nº 174A - Colaboraciones

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Cuando voy al trabajo, sólo cojo el autobús si pasa junto a la parada en el momento que paso por ella. En caso contrario, carretera y manta atravesando la Alameda de Hércules. El otro día iba con algo de prisa, miraba hacia atrás por si venía el autobús salvador. Nada. Apreté el ritmo, recorrí la calle Trajano y justo cuando llegué a la plaza del Duque coronada por la estatua de Diego Velásquez, apareció el autobús. Pensé que no habría merecido la pena esperarlo, que más provechoso fue el paseo, que entre otras cosas me permitió hilar los puntales de esta historia. Imaginé que mi yo imaginado sí había cogido ese autobús, y que me bajaba segundos antes de que mi yo real pasara por la parada fin de destino, donde mueren las líneas 13 y 14 que pasan por la puerta de mi casa. Y decidí seguir mis propios pasos, saber algo más de mí, qué haría sin mis designios. Paco, ahí tienes una novela. Habrá tres mil con este argumento. El otro día, sin ir más lejos, ponían en la tele una película en la que a Bruce Willis se le aparecía un niño que era él mismo de niño. Pero aquí no eran dos generaciones, era el mismo, como si siguiera y persiguiera a un hermano gemelo del que nunca hubiera tenido noticias. El sexto Correal. Caramba. Imaginé que este hermano mío, mi clon (“Papá, quiero un clon tuyo para casarme contigo”, me dijo el otro día mi hija Carmen cuando fui a darle el beso de buenas noches) nunca se había ido de Puertollano, y estaba de visita en Sevilla porque le habían hablado de que por aquí andaba un hermano exactamente igual a él.

No es ficción. Una parte de nosotros nunca viene con nosotros. Siempre se queda. Cuando nos dicen que no estamos atentos, que no estamos centrados, en realidad lo que deberían decir es que hay un segmento de nosotros que está en otra parte. Ese clon se quedó a vivir en Puertollano. Lo adoptaría alguien, se colocaría en la empresa a la que nunca me llevó mi padre (Papá, como Mamá siempre me lee, cuídate, que estáis en puertas de las bodas de oro), habría triunfado en el Calvo Sotelo, donde igual coincidió en el regreso de Manolo Serrano, el hijo de la señora María, desde el Villarreal. Gloria levantina al primer futbolista de carne y hueso que conocí, el primero cuyo apellido venía los lunes en el As de color sepia, el hijo de don Diego, con el que tantos partidos veíamos cuando sólo televisaban un único partido en tiempos del partido único.

En algún baile de la Feria le habría dicho alguna gansada a una chica, le habría hecho gracia. Una novia en Puertollano, coño, como Fernando Muela, que aunque supiera que yo no era yo me habría convertido en uno de sus mejores amigos. A aquella chica que también será el tú imaginario de un tú real que se marchó pero dejó una fotocopia compulsada le divertiría muchísimo cómo me ponía de pringue al coger una de esas berenjenas de la Feria, maracas de Machín, mojadas en vino de bota y esparcidas con la servilleta del común. Yo le pediría la mano, ella me pediría el pie de futbolista, aunque si ese yo no era un gran rematador de cabeza no era yo, era un farsante que un día se coló sin pagar en el autobús que atraviesa la Alameda de Hércules, un tontódromo de reminiscencias romanas y modernos de guardarropía.

Buena Feria. Y aprovechen los bailes. Nunca se sabe.