Edición mensual - Feria de Mayo 2006 - Colaboraciones

Cuac, cuac o la feria vista desde los patos

Miguel F. Gomez Vozmediano

Nº 174A - Colaboraciones

Imprimir

Estruendo. Litronas esparcidas por el suelo. Condones pisados que yacen inermes, testigos de fiestas particulares. Música pegadiza; odio el requetón (os recuerdo que los animales palmípedos no sabemos distinguirlo del reggaetón). Luces que se agitan por la noche y carcajadas de los humanos que se acercan a nuestra morada, despertando a nuestras crías. Aceras invadidas por motos y coches, cuando lo más sensato es venir andando, dando un paseo o aireando embriagueces. Aroma a fritanga (con suerte me podré llevar a la boca un pedazo de churro frío). Los muñecos del Cariñena con su incansable cabeceo. Restos de juguetes de muchachos que no han resistido la primera noche de feria. Vomitonas de jovencitas que se inician en el botellón. Voces de los atolondrados que olvidaron donde aparcaron. Ucranianos admirados del guirigay de niños y adultos cuando pasean ante las atracciones. Sudamericanas que ventean el negocio del amor mercenario y que pululan enfebrecidas entre las casetas buscando clientes. Inenarrables “papá, cómprame esto” que resuenan entre los carritos de chuches. Valentones broncos, en busca de otra pelea fácil que apuntar en su agenda de heroicidades. Feriantes de medio pelo y profesionales de toda la vida “haciendo la feria”. Berenjenas a medio comer y tragos fallidos a la bota de vino. Ulular de las sirenas de los cacharros y el siempre toca de las tómbolas, con su confeti de cartones rotos que alicatan el suelo. El Soy Minero de Antonio Molina que atruena en las casetas de las Agrupaciones Folklóricas o en la caseta de los Comunistas y sus gloriosos pinchos. Humo de tabaco que se confunde con el de las máquinas de asar pollos. Amores juveniles que se pierden entre la muchedumbre. Chavalas de ojos pintados y curvas rotundas que se cambian de ropa cuando salen de casa. Todo eso es que los ofrece la feria de mayo a los sufridos habitantes de esta laguna.

Y sin embargo, cuando cae el telón de madrugada todo este gentío se disuelve en silencio, cuando las luces comienzan a apagarse. Por la mañana, los barrenderos retiran de forma paciente y pausada la basura acumulada; los feriantes echan el cierre a las atracciones y los festejantes más intrépidos deciden echar la última al pueblo, entre cafés y porras. ¡Y eso que nos quejamos de los niños que nos tiran piedras o nos persiguen en la orilla!

Cuánto añoramos los días de lluvia en que nadie nos importuna y las noches de verano en que las estrellas guardan nuestro sueño. Sin embargo, sabemos que es un tributo que debemos pagar por hallarnos junto al recinto ferial, norte de peregrinos y guía de gentes con ganas de divertirse y gozar de estos días excepcionales en los cuales la noche se convierte en día y nada es lo que parece. Felices fiestas.