Edición mensual - Feria de Mayo 2006 - Colaboraciones

Las edades y la Feria

Eugenio Blanco

Nº 174A - Colaboraciones

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Cuando se es niño la feria sólo es un lugar extraño, lleno de sonidos y de aparatos que se mueven. La Feria es color y velocidad, lo más parecido a un mundo de fantasía, una película de dibujos animados, un no parar.

Conforme se crece ese universo que se antoja como mágico se va convirtiendo en otra cosa. Cuando se es niño la Feria es un “espacio”, un espacio de diversión, pero cuando se es joven la Feria ya es una “época”. Cuando llega la percepción de que la Feria pasa de ser un espacio a ser una época es cuando el niño se ha convertido en adolescente, y es entonces cuando reclama libertad, más horario y empieza a sentirse atraído por el arte del flirteo. La Feria cuando es “espacio” es fantasía, pero cuando es “época” se convierte en el tiempo de la iniciación.

En la Feria el adolescente se inicia en sus primeras llegadas a casa tarde, en el primer sorbo de alcohol, en sentirte mayor y chocarte con las chicas o con los chicos en los coches de “tope” para que las primeras miradas y sonrisas se transformen en los primeros besos y, con suerte, en las primeras caricias.

El joven, por su parte, hace en época de Feria lo mismo que hace siempre, pero se añade algún punto más de desinhibición, alguna copa más y una sensación de que todo vale, de que hay que quemar todos los cartuchos que sean posibles, porque estamos en fiestas y ya está, y aunque todos los fines de semana sean fiesta y ya está, éste es Feria y debe producir alguna historia especial.

El adulto, el casado, el padre, mejor que no vaya a la Feria. Si lo hace, sentirá sus primeros brotes de nostalgia juvenil, verá a las jóvenes y pensará que el tiempo ha pasado muy rápido. Sus niños le despojarán del dinero, de la paciencia y no verá el momento de escaparse a comprar tabaco y no volver jamás, o, al menos, no volver en esa noche.

Los niños se hartarán de algodón rosa y se montarán en todos los cacharritos que haya que montarse, que ya valen una pasta, y no dejarán a los sufridos padres ni un resquicio de tregua para que se tomen una caña y degusten uno de los pinchos harapientos y de extraño sabor a pasado que se sirven en chiringuitos o en las casetas atestadas.

Para los viejos la Feria es el recuerdo. El recuerdo, sobre todo, de un tiempo donde las fiestas de la ciudad significaban una tregua en el calendario del trabajo, la tregua que se le daba a la contención económica, el corto periodo del exceso. Los ancianos se sienten perdidos en ese descoque que se produce en el Recinto Ferial, donde sólo suenan los artistas y las rumbas de los 40 Principales. Añoran cierto aspecto entrañable de las Ferias, un tiempo donde tirar con una escopetilla significaba compensar semanas de madrugones, donde dar un poco de paga a los hijos era una consecución y donde las represiones de todos los días parecían deshabilitarse. La Feria era reposo en el esfuerzo permanente.

Pasean los matrimonios ahora por las calles menos transitadas del Recinto Ferial, casi nunca hablan, cada uno en su foro interno intenta recuperar la esencia íntima que la Feria les legó. Al fondo se oyen rumbas de Bisbal, hay fluorescencias multicolores y el hombre de la tómbola no para de hablar. Los niños se atontan en los cacharros y los jóvenes bajan con una buena castaña del botellón. El sufrido padre se ha sentado en un banco a fumarse un cigarro: no sabe si volver con la familia o volverse a reencontrarse con sus años mazos.