Edición mensual - Contraportada - Mayo 2006

La Rincona

Siempre la misma frontera

Eugenio Blanco

Nº 174 - Contraportada

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Llegando a Bruselas-Midi me cautivó el extraño influjo que exhalan los barrios que habitan entorno a la estación. Aquella tarde el cielo estaba espumoso y unas gotas de lluvia danzaban por las ventanas del tren: creaban meandros en el cristal y provocaba la sensación de que los edificios estaban llorando. La ciudad se presentía, manaban las azoteas caladas y las vidas de la frontera comenzaban a oírse.

En esa primera presentación, en ese primer saludo que me dio la ciudad, Bruselas me recordó a Madrid, a París, a Nápoles, a Liverpool. Caí en la cuenta, entonces, de que estaba en Madrid, en París, en Nápoles, en Liverpool: ese barrio era frontera, todas las fronteras, era el mismo de todas las ciudades del mundo. Todas las ciudades, tienen la misma puerta de entrada, la misma frontera inaudita.

Claro, pensé, los trenes siempre te llevan al mismo sitio, siempre realizan un trayecto circular, siempre te llevan al mismo barrio. Al barrio de las calles sucias, de los bloques de apartamentos solitarios, a las tiendas de ultramarinos sin existencias, donde se hieren las tapias y los atardeceres se decoloran. A las estaciones siempre les arropa una sábana añil que va cundiendo en el ánimo del viajero como lo hacen las películas antiguas.

Desde el tren la ciudad siempre es pequeña. Cuando el tren va encallando con su traqueteo pesado en la estación, la ciudad parece atontarse y se hace pequeña, cabe en la mano, parece un escenario montado con prisa, apenas unas horas antes de empezar la representación. Las ciudades que han concebido los maquinistas siempre son pequeñas. Viajar en tren es como pasear un viernes por la tarde.

La primera vez que abandoné París, desde la Gare de San Lazzare, tuve la sensación de que el barrio de todas las estaciones, esa frontera con olor a pescado, estaba habitado únicamente por personas deshabitadas. Y eso me pareció el límite de lo inexplicable, un ardor interno que se presentaba como el colmo de la soledad. Imaginé a solteros apagando la lámpara roja de la mesilla para irse a dormir, a oficinistas que vivían encima de los burdeles cuadrando cuentas y a artistas sin nombre fumando marihuana en un hostal barato.

En Madrid las antenas de los tejados conectan la ciudad con su realidad espectral. Las realidades espectrales suenan siempre a poema y a un salto sobre un charco. Los barrios de las estaciones es un secreto que alguien te dice al oído, es una esquina del mundo donde las personas están de paso y donde las parejas jóvenes encuentran su primer apartamento donde poder iniciarse en el desamor.

Se imagina uno a Paul Menard en Termini comenzando a escribir el preludio de los remedios otoñales antes de llegar a esa frontera, en un tren que sería el mismo que imaginó Julio Verne para que Filleas Fogg atravesara los países del Danubio. Sería el mismo tren, con sus bancos de madera y sus compartimentos para fantasmas ilustres. La figura del viajero siempre evoca esas fronteras, esas horas perdidas.

Cuando el tren se despega de la ciudad se quiebra algo dentro de la imaginación del viajero, ocurre un pinzamiento en el alma que llena de tendones los recuerdos y de luces las ventanas. En la estación de Amsterdam conocí a Jean, que vivía cerca de las vías porque era el hombre que más personas quería conocer. Se pasaba todo el día saludando a los pasajeros de los trenes, despidiendo a los jóvenes que se alejaban de la ciudad por el rumbo que marcaban todas las escapadas de las vías.

En los barrios de las estaciones, en esas fronteras bulliciosas como las aldeas de paso, se encuentran las primeras ediciones de los libros que nadie lee, los primeros vinilos de los Soft Machine, las monedas de nuestros antepasados, las fotos viejas y los teatros tristes. En los barrios de las estaciones follan los taxistas y olvidan su nombre los poetas. En esa frontera universal se comienzan todas las novelas y nunca acaba nada, porque siempre van a seguir las vías que penetran en la ciudad, esos caminos que traen más y más viajeros con pasado sin rasurar y con una sola maleta que tiene ya la cremallera desgarrada de tanto recuerdo por tapar y destapar.

LAS GUINDAS

La Diputación Provincial ha planteado al ayuntamiento cinco alternativas a la carretera que unirá la variante sur con la del minero. Al parecer, la principal diferencia de las propuestas está en la forma de conexión de ambas: túnel, paso elevado, rotonda o muro. Los políticos y los técnicos serán quienes decidan al final.

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Las patronales de Castilla-La Mancha, Ciudad Real y Córdoba están lanzando mensajes a las distintas administraciones para que la autopista prevista desde Toledo no se quede en Puertollano y llegue hasta Córdoba, sirviendo de enlace entre el sur y el centro de España. Un proyecto que, si se lleva a cabo, será muy importante para el desarrollo de las provincias de Ciudad Real y Córdoba.

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El mejor homenaje para nuestro paisano Santiago Arnés, actual campeón del mundo Green Cup, será el compromiso del ayuntamiento con la Green Cup para la celebración en nuestra ciudad de cuatro grandes eventos deportivos de los que, sin duda, el más importante será el del año próximo en que se celebrará aquí el campeonato de Europa. De momento ya tenemos el campeonato de España en esta feria con Santiago Arnés como diseñador del circuito.

LA GUINDILLA

Y, a propósito de homenajes y reconocimientos ahora que el tema de los nombres para las calles vuelve a la palestra con la propuesta de IU, desde los foros de La Comarca ya se han lanzado ideas para poner nombres de personas de nuestra ciudad para algunas calles, plazas o instalaciones: Santiago Arnés, Santi Cañizares, Cristina García Rodero, Rivera, Agapito Maestre, Antonio Rivilla, Lorenzo Díaz, etc. Porque seguro que se nos quedan muchos en el tintero y, por lo tanto, hay donde elegir.