Edición mensual - La Pasión 2006 - Colaboraciones

El inencontable Código da Vinci

Víctor Morujo

Nº 173A - Colaboraciones

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Si Leonardo Di Ser Piero, nacido en Vinci cuarenta años antes del descubrimiento de las américas, viviera hoy en día, probablemente contemplaría estupefacto el circo que se ha montado en torno suyo, y no me refiero solamente al éxito obtenido por el libro de Dan Brown, en el que se le hace partícipe de una serie de alborotadas implicaciones, acertijos y alambicadas conjuras de enorme calado histórico y religioso, sino a todo el catálogo de atribuciones que su controvertida figura ha inspirado.

En lo religioso, hay teorías (¿científicas?) que le implican en herejías de mayor envergadura que la de esa novela, ya que un grupo de investigadores, que han llegado incluso a poner imágenes a su tesis en un documental de Discovery Channel, aseguran que el maestro fue el verdadero autor de la Sábana Santa, por encargo de sus patrocinadores, los Medici. Este estudio va más allá, e intenta demostrar que el lienzo que se venera en Turín es, en realidad, no sólo la primera fotografía de la historia, obtenida con complicadas sales de plata, con las que Leonardo experimentó al descubrir que la luz que se colaba por una rendija de una de sus habitaciones proyectaba en la pared opuesta una imagen invertida de la plaza a la que daba la estancia, sino incluso del primer fotomontaje: estos investigadores sostienen que la cabeza y el cuerpo de la Sindone no pertenecen a la misma persona, y que la cabeza del Cristo no es sino la del propio Leonardo, dado el parecido que ofrece la famosa imagen en negativo obtenida de la misma con el único autorretrato suyo que se conserva.

Se trata sin duda de una tesis cogida por muchos alfileres, pero alfileres al cabo, si se tiene en cuenta que el genio de Florencia fue huésped durante tres años del mismísimo Papa, ocupando habitaciones en el Belvedere, por aquél entonces residencia veraniega del Sumo Pontífice, lo cual parece desacreditar los rasgos agnósticos que se atribuyen a parte de su obra, o si se considera su escasa fidelidad a sus mecenas, los Médici cuando se trasladó a Milán como embajador de ellos, ya que no dudó en ofrecer sus servicios al Duque Ludovico Sforza, convirtiéndose en una especie de agente doble artístico, porque no dejó de trabajar al mismo tiempo en encargos de los florentinos.

Si su lealtad en este campo es algo que está en entredicho, se puede decir lo mismo de su patriotismo, muy escaso si tenemos en cuenta que, tras huir de Milán con motivo de la invasión francesa, regresó allí bajo los auspicios del propio rey galo, Luis XIII. Tampoco se puede decir que cultivara mucho su propia escuela. Muchos dicen que prestó muy escaso interés a sus alumnos, basándose en que conocemos a muy pocos, como Boltrafino, Francesco Melzi, Lorenzo de Credi o Ambrogio, todos ellos bastante grises, por cierto, y que su trabajo estuvo más marcado por su obsesión por igualarse a Miguel Angel, ante cuyo talento sentía un claro complejo de inferioridad, según unos, una envidia sin límites, según otros, o un odio fermentado por su amor no correspondido por Buonarotti.

Y es que la homosexualidad es otra de las características que se atribuyen a la personalidad de Leonardo, fundamentada en una única acusación sobre este tema fechada en 1476, cuando contaba sólo veinticuatro años y trabajaba en el taller de Verrocchio. Dado que Michelangello también fue una figura que nos ha llegado con un halo bastante gay, que se conocieron en Roma, y que Leonardo se marchó abruptamente esta ciudad tras sólo tres años de estancia, aceptando condiciones menos ventajosas del rey francés Francisco I que las que le ofrecía el Vaticano, hay quien piensa que pudo tratarse de una huída emocional, y que este desengaño marcó su escasa dedicación a la pintura. En efecto, Leonardo no aceptaba de buen grado que le calificaran como pintor, y prefería que le definieran como ingeniero o arquitecto, pese a que está perfectamente demostrado que sus escasos óleos y frescos contienen profundas investigaciones y hallazgos técnicos, como el sfumato, que han marcado la pintura de todos los siglos posteriores y que, definitivamente, consiguió superar en perfección al Durero al que se considera origen de su afición por el claroscuro.

La homosexualidad de Leonardo, que nunca se casó ni tuvo descendencia, puede ser una causa determinante de la oscuridad de su biografía, silenciada bajo los auspicios de sus patrocinadores, que preferían salvarlo de la Inquisición a golpe de talonario para no perder en la hoguera a tan polifacético ingeniero. Su vida está envuelta en otras muchas imprecisiones, como su desdén por el latín y el griego. Unos dicen que era mal estudiante de estas lenguas, y otros que detestaba que el Renacimiento dedicara tal fervor a los clásicos grecolatinos (de hecho rechazó los cánones de idealización de la belleza y, pese a su famoso canon, se puede decir que fue precursor de Goya al inventar el feísmo y la caricatura), pero lo cierto es que su abundante obra está escrita en una lengua popular, el toscano, desafiando la cultura oficial de la época, y que él mismo parece haber alimentado la leyenda de que escondía mucho más de lo que mostraba, al cometer la extravagancia de escribir al revés, como reflejados en un espejo, los textos de muchos de sus documentos.

Leonardo Da Vinci puso también otros ladrillos en su propia mitología por otra característica, que unos llaman inquietud y otros inconstancia, ya que ha pasado a la Historia por ser el genio que más trabajos abandonó y que más obras dejó inacabadas. Buena parte de su legado está, simplemente, inconcluso, por razones que nadie ha conseguido certificar hasta ahora, y esto ha despertado la curiosidad y la imaginación de los aventureros que, fascinados por tan heterodoxo maestro, han intentado con denuedo llenar esas enormes lagunas sin tener casi dónde agarrarse.

En pleno siglo XXI, los historiadores siguen siendo como Isabella D´Este, una de las mujeres más influyentes de la época, que le persiguió obsesivamente durante años para intentar en vano que Leonardo le terminara su retrato. Todos seguimos persiguiendo el maestro de Vinci termine lo que empezó, cosa que es imposible por ahora. Por ello, si van al cine a ver la susodicha película, tengan en cuenta que es sólo una coctelera en la que un no europeo inculto ha mezclado sin escrúpulos muchos alfileres, para llegar a conclusiones que pueden deslumbrar a los ignorantes pero que, a la postre, no merecen otro calificativo que el de simple pasatiempo. Lo mejor que ha provocado el multimillonario libro de Dan Brown son esos otros libros en los que investigadores de verdad, de varias tendencias, analizan con el microscopio los despropósitos del escritor, porque forman un corpus sobre Leonardo, sobre el Cristianismo y las Sociedades Secretas mucho más enjundioso e interesante que la propia novela. Por eso no hemos dedicado el artículo a ellos, porque pueden ser una excelente lectura en el recogimiento de esta Semana Santa, y no nos gusta destriparlos.