Edición mensual - La Pasión 2006 - Colaboraciones

La mirada malva del Nazareno

Eugenio Blanco

Nº 173A - Colaboraciones

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Recuerdo ese olor prófugo de las calles y su luminosidad a medio tomar. Recuerdo como la gente se echaba a la calle y se disponía a llorar con ímpetu, recuerdo los naranjos tiernos que se ponían serios e ilustres, las muchachas que estrenaban mantilla y el vibrar del puente de Triana, que parecía que se caía, temblaba y se iba a derrumbar y todos hubiésemos caído al Guadalquivir y la Virgen de Triana se hubiera hundido con sus fieles. Todo eso es lo recuerdo.

Recuerdo las velas tristes y las saetas unánimes, la mirada malva del Nazareno y los niños que no dormían, nadie podía dormir: la ciudad estaba tomada por un aire cálido que enfriaba los antebrazos, estaba hundida en una luz sucia que se pegaba en las paredes, estaba tomada por los corazones enteros que se iban desnudando en los balcones.

Sevilla se pasa todo el año esperando a representarse a sí misma y los costaleros hacen pesas en los gimnasios para poder alzar el paso, “vamos por ella, al cielo”, y la escultura de las lágrimas se sube a la espalda de los siervos y la divinidad empieza a dominar el mundo, pero una divinidad casi laica, hecha de los símbolos de los hombres que se sienten solos y que esa noche, al menos esa noche, no van a ir a los discobares del centro.

Recuerdo el perfume del crisantemo, las flores blancas que calaban los asfaltos, las calles estrechas donde las personas se hacían gigantes, los ritos de un grupo, el pitido agudo de las cámaras de televisión, la llorera de los famosos, las faldas con bordados, las corbatas negras.

Recuerdo ver a Carlos Herrera fumando un puro de setenta centímetros, a los jefes de las cofradías atusándose las patillas, a los burgueses bronceados con la camisa azul planchada, a las viejas sin aire y a los fanáticos con taquicardias y la cara blanca. El sonido de las cornetas y de nuevo la mirada malva del Nazareno, de esos Nazarenos sin nombre que flanqueaban el dolor de un paso y miraban a los presentes con ese desprecio con el que miran los Nazarenos profesionales, con esa querencia por la pesadilla del niño y por el misterio de las soledades.

El acento se pausaba y la ciudad se hacía lejana, se aislaba de la civilización, como un universo propio se iba alimentando, se expandía y se elevaba, la gente no podía hablar y se recogía en el escenario que era Sevilla, Sevilla era un escenario, un escenario, el teatro era el mundo, la Semana Santa la representación, sí, recuerdo aquella “madrugá” del 98, donde aprendí a conmoverme por las cosas en las que no creo.